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Air en el Auditorio Nacional: Receta para un viaje al cosmos

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Air en el Auditorio Nacional: Receta para un viaje al cosmos

Hay que reconocer que la estética de Air trasciende el tiempo. Todo en el escenario —desde su moda hasta la tecnología— es coherente con lo que es actual. Solos, Nicolas Godin y Jean-Benoît Dunckel, una voz con efecto robótico y futurista, unos acordes de sintetizador melódicos y un ritmo de batería enérgico y divertido —cortesía de Louis Delorme— para producir canciones que crean una atmósfera que evoca el espacio, la ciencia ficción y el futuro. A pesar de que su música fue lanzada hace más de dos décadas, muchos de sus temas siguen sonando frescos y modernos hoy en día.

TXT:: Carlos Priego

El setlist fue una curaduría magistral. La banda llevó al público en un recorrido a través de su discografía, mezclando temas de álbumes icónicos como Moon safari, 10 000Hz legend, The virgin suicides y Talkie walkie. El orden de las canciones, con sus variaciones de tempo y ritmo, creó una narrativa que mantuvo a la audiencia atenta y cautivada. Aunque algunos temas muy populares como “Playground love” o “Surfing on a rocket” no estuvieron en la lista, la ausencia no afectó la solidez del espectáculo. La respuesta a esta economía de recursos creativa fue inmensa: un mar de gente que rozó la barrera de los diez mil rendidos al sonido vaporoso que salía por los altavoces. Estos hombres son unos visionarios.

Air cumplió en su única noche en el Auditorio Nacional. Los datos que tanto obsesionan a los promotores de conciertos dicen que lo que sucedió el pasado martes en el Coloso de Reforma supuso un éxito: una miríada de asistentes en la única cita con entradas a una media de mil 700 pesos, ya que los precios variaron entre $951.50 y $3,147.50. Aconteció ante un público que celebró cada pieza, animando y participando en cada momento del espectáculo. El habitual desfile de camisetas que se aprecia en estos conciertos se limitó al arte del álbum Moon safari y el chimpancé de “Sexy boy“. ¡Qué reconfortante! Todos reunidos para demostrar que la buena vibra solo es real si se documenta con la pose adecuada para las redes. Supongo que los drones también envejecen.

Air salió al escenario con pantalones y camisas de un blanco inmaculado. Juro que son la banda perfecta para ponerle ambiente al bar de 2001: Odisea del espacio. La elección de este vestuario contribuye a la estética general de la banda. El color claro y el diseño simple no compiten con el espectáculo visual de las luces ni con el sonido de la música. Es un vestuario que se integra con el ambiente, no un elemento que busca destacar por sí mismo.

La banda diseñó un show para llevar al público en un viaje emocional. La estructura de su álbum Moon safari no es una progresión lineal, sino una narrativa de altibajos que mantiene a la audiencia cautivada. Un ejemplo perfecto de esto se vio en el primer set: “La femme d’argent” arrancó con un tempo alto, luego “Sexy boy bajó el ritmo para dar un respiro, y, de repente, “All I need” subió drásticamente el pulso. Este dinamismo hizo que el primer set se sintiera menos como un álbum y más como una banda sonora cinematográfica con diferentes escenas que se reflejan en el ritmo cambiante de las canciones y que provocaron la exclamación colectiva del auditorio.

All I need” y “You make it easy” demandaron la mayor precisión y delicadeza técnica para que su magia no se perdiera en el escenario. La calidad de audio fue la de un verdadero experto. Desde la mezcla general hasta el control de volumen y la acústica del Auditorio Nacional, todo indicó que la experiencia auditiva fue de primer nivel. El hecho de que no hubiera errores técnicos fue un logro enorme. La buena calidad del sonido hizo que el dinero de las entradas valiera la pena.

La iluminación y los efectos visuales no solo acompañaron la música, sino que se convirtieron en un narrador visual. Con una paleta de colores coherente y una sincronización perfecta, las luces realzaron las emociones de cada canción, creando un ambiente inmersivo. Cada efecto visual fue un complemento, no un distractor, consolidando la experiencia como un espectáculo multisensorial.

La configuración del escenario consistió en una plataforma horizontal, bastante amplia, instalada de frente al público. Unas pantallas verticales rectangulares proyectaban luces de colores cálidos y fríos, creando un ambiente sutil. Además, las luces móviles del escenario y las de la banda creaban un juego de siluetas y sombras contra el fondo. La banda y sus instrumentos se mantuvieron al mismo nivel, sin plataformas que se movieran o subieran. Todo el diseño fue limpio, elegante y minimalista, enfocado en realzar la música. Visto desde el balcón, aquello lució tan bien que quizá el gobierno de la Ciudad de México debería tomar nota, de cara a buscar ideas para su festín de luces para festejar el grito de independencia el próximo año.

Una de las grandes sorpresas de la noche fue confirmar que, a pesar de la dependencia de la banda en sintetizadores y aparatos, la magia de Air en vivo no viene solo de las máquinas, sino de las personas. Y más allá de Nicolas Godin y Jean-Benoît Dunckel, la cereza del pastel fue el baterista, Louis Delorme. En una época en la que la mayoría de las bandas electrónicas se apoyan en secuencias y pistas pregrabadas, fue un regalo para el público ver a un ser humano dejar el alma en el instrumento. Su ritmo enérgico resonó perfecto en el auditorio, dándole al setlist un dinamismo y una energía que las versiones de estudio no tienen. Por ejemplo en “Kelly watch the stars“, cuya versión de estudio tiene una percusión robótica y cuadrada, la batería de Delorme le dio un pulso humano que la hizo más bailable. El contraste entre la voz robótica y el ritmo orgánico fue fascinante.

La batería permitió que los temas respiraran de una manera distinta, añadiendo un músculo que hace que el sonido sea más poderoso y dinámico, esencial para una experiencia en vivo. El arte de Louis no es solo añadir energía, sino también mantener la calma. En una pieza increíblemente delicada como “Ce matin-là“, sus toques sutiles con escobillas crearon un latido frágil y preciso que mantuvo la intimidad del tema, complementando perfectamente las atmósferas cinemáticas de Air.

El mejor compañero de Air fue la segunda parte de su propio setlist. Destacó por ser el punto donde la banda se alejó de la inmersión completa en Moon safari y empezó a explorar otros álbumes. Este cambio es muy positivo porque ofreció al público una visión más amplia de la discografía de la banda. El set inició con “Radian” de 10 000Hz legend, un tema largo y experimental. Este arranque mostró que la banda no se limita a sus éxitos más comerciales, sino que se atreve a tocar canciones más complejas y de culto, lo que es un gran punto a favor para los fans de hueso colorado. Luego, la inclusión de “Venus” y “Cherry blossom girl” de Talkie walkie fue excelente, ya que son canciones muy populares que conectaron de inmediato con la audiencia.

Fue un espectáculo de hora y cuarenta minutos, ligero, confortable, una experiencia completamente elegante y celestial, sin rastro de alguna sensación pegajosa o sofocante, a pesar de los miles de cuerpos presentes. Air es un proyecto cuidadosamente diseñado para lo que sucedió: sumergir a miles de personas en una atmósfera de sonidos complejos y pasajes instrumentales. A ellos no les importa el juego de los miles de millones de reproducciones en Spotify. Porque Air es audiencias que cultivan un sonido atemporal. A diferencia de otros, como The Weeknd, Billie Eilish o Taylor Swift, que suman cientos de millones de seguidores y lideran las listas de streaming globales, el valor de Air reside en la calidad y la influencia de su música.

El concierto suministró una ristra de diecinueve temas extraídos de sus cuatro discos lanzados entre 1998 y 2004, canciones que fueron coreadas a garganta crujida. Con esa desnudez instrumental en muchos de los temas, Air lo fió todo a la magia de sus sintetizadores y guitarras. Y aguantaron sin percances. Mantuvieron un sonido denso y atmosférico en las piezas más rítmicas y desplegaron sus timbres tenues y melódicos en las baladas como “Alone in Kyoto“. El dúo francés no engaña a nadie: crea canciones que apelan al lado profundo y sensorial de los sentimientos. Más allá de modas, han forjado un universo sonoro inconfundible, fusionando estilos como el pop de cámara, el lounge y los ritmos electrónicos, para entregar una música que es una obra de arte atemporal. En su recital de la Ciudad de México, la dupla solidificó su estatus como pionera del sonido cósmico, tan relevante hoy como en los 90 del siglo pasado. Para cerrar su presentación eligieron Electronic Performers, un cierre ideal por el álbum. El tema es de “10 000Hz Legend,” que representa una etapa posterior a “Moon Safari” y muestra al público que el show no solo celebra su álbum más famoso, sino toda su carrera.

La gente se fue feliz a casa, no solo por haber presenciado un concierto, sino por haber compartido un ritual colectivo. Cantaron los versos de “La Femme d’Argent“, se abrazaron al son de “All I need” y quizá se les escapó una lágrima durante “Remember“. Muchos se entregaron a los ritmos suaves de la banda, bailando con un movimiento casi etéreo y publicando un sinfín de historias en Instagram. En algún momento, tal vez algunos sintieron que la calma de la música los llevaba a un estado de contemplación casi pasiva, pero al final lo que dominó fue la satisfacción de haber sido parte de algo tan único.

El concierto demostró que para preservar el arte de la música se necesita más que un espectáculo. Se requieren recintos con una acústica impecable, como el Auditorio Nacional, capaces de honrar la sutileza sonora de Air. Se necesitan artistas que se atrevan a ofrecer canciones menos estandarizadas. Y, sobre todo, se necesita que el escenario se llene de autenticidad y emoción, no de fuegos artificiales.

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