Aunque es la primera vez que lo veo en persona, siento que conozco a Gerardo Yépiz desde siempre. Cuando comenzó a popularizarse internet, las noticias de lo que sucedía en el universo Acamonchi llegaban regularmente. Conceptos que entonces resultaban novedosos — el neograffiti, el esténcil, el veganismo, los tatuajes, el ciclismo urbano y el arte de guerrilla — y que vistos a la distancia, treinta años después, colocan a Gerardo entre un grupo de diseñadores mexicanos pioneros que derribó la frontera académica entre el diseño gráfico y el arte.
TXT::Marco Patiño / FOT::Ana Baños
Con el pretexto de la publicación del libro La memoria es un medio. Propaganda antes del algoritmo. 1998–2002, centrado en su experiencia trabajando con Shepard Fairey, de Obey Giant / BLKMRKT, y mientras escribe un nuevo libro sobre su trayectoria artística, nos sentamos a charlar con el artista.

¿Cómo decidiste estudiar diseño gráfico? ¿Qué te influenció?
Sabía que quería dedicarme a algo creativo, así que terminé eligiendo diseño gráfico sobre pintura porque veía más claro el campo laboral. En la Ensenada de principios de los noventa las opciones eran limitadas: diseñar carteles para carreras de autos, etiquetas de productos o trabajar para la industria turística. Pero yo quería enfocarme en promover música. Todavía no sabía cómo, ni existía una escena donde el diseño estuviera ligado a causas culturales o políticas como sí ocurría en San Diego. Todo cambió cuando me mudé allá.
Antes de eso trabajaba en CICESE, un centro de investigación en Ensenada, donde empecé a diseñar páginas web cuando esa profesión ni siquiera existía. Me dieron un manual de HTML y aprendimos sobre la marcha: copiando código, desarmándolo y experimentando. Todo era muy rudimentario, las páginas tenían fondo gris, texto negro y fotografías diminutas porque las conexiones apenas podían cargarlas. Como era muy clavado, pasaba horas aprendiendo por mi cuenta, y eso terminó abriéndome un mundo completamente nuevo.
Llegué a una escena donde el veganismo era parte del modo de vida punk, de la filosofía ambientalista, humanitaria, de las causas justas; una parte muy importante de mi vida, pero no necesariamente como yo lo entendía. No estaba conectado con el punk; simplemente el punk fue el detonante

En una de las primeras versiones de tu portal, el menú de tus preguntas frecuentes indagaba, ¿qué diablos es Acamonchi? Hoy, en 2026, ¿qué dirías al respecto?
Hay varias respuestas. La genérica: es un fanzine, una revista de fotocopias. Eso es Acamonchi. Yo nunca quise ser Acamonchi; siempre soy Gerardo Yepiz, la persona detrás de Acamonchi: el website, las calcomanías, el fanzine, el estudio, la marca. Hay gente que lo quiere ver como una marca, en realidad no soy nada de eso.
Actualmente escribo Noche de déficit de atención en alta definición, un libro donde hablo de la desmitificación del artista, de que soy un cabrón de cincuenta y tantos años que se enferma, que tiene que pagar renta, recibos médicos, que a veces duerme en el suelo preguntándose qué está pasando. La imagen pública es una cosa y la vida del artista detrás del escenario es otra. Y eso me ha ayudado, porque tengo una visión más compleja, más humanitaria y, sobre todo, más aterrizada de quién soy y de lo que representa el trabajo.

Muchas veces terminaba una inauguración y, en lugar de irme a la fiesta, regresaba a trabajar. Me quedaban dos horas libres y pensaba, ¿qué puedo hacer con estas dos horas? Yo no tomo, no fumo, no me drogo. La fiesta nunca ha sido mi motor. Prefiero regresar al estudio y ponerme a trabajar. La vida bohemia no se me da. Existe un estigma alrededor del artista. Mucha gente da por hecho que todos vivimos igual, que todos estamos en el mismo ambiente, y no es así.
Por eso el libro que estoy escribiendo es probablemente lo más honesto que he hecho. Ahí hablo de cosas que nunca había contado. El último capítulo, por ejemplo, narra una crisis muy fuerte en la que estuve al borde del suicidio. Se romantiza mucho al artista atormentado. Nos fascinan historias como la de Kurt Cobain, pero casi nunca hablamos de salud mental. Y ése es el tema que realmente me interesa. Somos personas comunes: nos enfermamos, nos equivocamos, tomamos malas decisiones y cargamos con las consecuencias. Nadie está tocado por una especie de gracia divina por hacer arte.

Hay quien intenta proyectar una imagen permanente de éxito, pero la reputación no garantiza estabilidad económica. A veces pienso que es más fácil tener una vida estable siendo contador o maestro de primaria que siendo artista. Nosotros simplemente sentimos la necesidad de trabajar con imágenes. Después vienen muchas otras cosas: el activismo, el idealismo, el deseo de cambiar el mundo. Hay una pizca de glamour en todo eso, pero no es una vida sostenible. Entonces uno trata de interpretar todo eso: para lo que unos es éxito, para nosotros es una pinche migraña.

Parece que hoy vivimos un resurgimiento de lo analógico. ¿Qué opinas de esto, particularmente pensando en el tema de los fanzines?
Si removemos internet de alta velocidad y los dispositivos, nos queda un mundo más lento. Antes había un ritmo de vida donde, para empezar, la interacción social era más real, si hacías amigos eran amigos de verdad, gente que te seguía y con la que convivías. Ahora nos hemos vuelto más desechables, la noción del tiempo es más irreal y todo está marcado por la inmediatez.
El fanzine era vital porque te enterabas de bandas, de gente que estaba haciendo cosas, de quienes escribían poesía, relato, narrativa o comentario político. Los fanzines estaban llenos de lo que los argentinos llaman poesía mierdosa: escribir para quejarte.
Los tatuajes siempre me llamaron la atención, pero crecí viéndolos como algo ligado a las pandillas. Con el tiempo entendí que, en mi propia familia de pescadores, también eran una especie de ritual de paso. Cuando me independicé y me fui a vivir a San Diego, tatuarse era parte natural del ambiente en el que me movía
Se trata de un proceso artesanal de comunicación y ahora se está poniendo más énfasis en su dimensión táctil: cómo huele, cómo se siente, cómo está empacado. Ya no es un órgano de comunicación personal como antes, cuando lo rolabas entre tus amigos o se lo mandabas a alguien de otra ciudad o de otro país. Era un tiraje muy corto con el que distribuías ciertos puntos de vista. Lo más interesante era cuando existían distintas fuentes de comunicación dentro de una red y recibías fanzines de muchos lados; ahí era donde estaba el pedo. Me metí en la onda del intercambio de material por correo y, durante ese tiempo, recibía fanzines de todas partes. Todo eso se reflejaba en mi manera de trabajar.
La onda del fanzine existe desde la época del mimeógrafo. Los beatniks y los hippies también hacían fanzines; simplemente, con el punk, el fanzine se convirtió en su principal vehículo de comunicación.

¿Cómo fue que conociste a Shepard Fairey?
Yo ya traía la espinita desde que leí un artículo sobre Shepard en la revista Wired. Empecé a buscar todo lo que encontraba de él y, cuando comencé a ir seguido a San Diego, descubrí que vivía ahí. Un mesero de un restaurante donde se juntaban skaters, grafiteros y músicos me dijo que lo conocía y un día nos presentó. Nos caímos bien desde el principio: me regaló unas calcomanías, me invitó a su estudio y poco a poco empezamos a hacernos amigos. Después, cuando yo me quedé sin trabajo, me dijo que necesitaba ayuda porque su asistente se había ido y terminé trabajando con él durante cuatro años. Me tocó vivir justo el momento en que pasó de ser un artista que todavía batallaba a convertirse en una figura internacional. Yo hacía de todo: la página web, empaquetar obra, inventarios, mandar piezas, producir esténciles… Pude ver ese crecimiento desde adentro.

Parece que el azar y la intuición son clave en tus procesos…
La intuición siempre ha formado parte de mi manera de trabajar. Para mí es aprender a escucharte, confiar en lo que traes dentro. Eso no es algo que te enseñen en la escuela; es algo que vas construyendo desde niño. Yo nunca tuve problema con seguir mi intuición, aunque también me metió en un montón de problemas. De hecho, en el libro cuento una anécdota de cuando mi mamá dejó prendida la lavadora y pensé: ¿qué pasa si meto la escoba a la lavadora? Pues la metí. Se rompió la escoba, casi descompongo la lavadora y, además, me llevé una buena regañiza. Pero muchas cosas de mi vida han sido así, de meterle una escoba a la lavadora para ver qué pasa.
Con el tiempo entendí que esa curiosidad también tiene consecuencias. Muchos descubrimientos nacen del error o del azar, pero también pueden salir mal. Ya de adulto soy menos impulsivo. Antes me aventaba sin pensar; ahora juego una especie de ajedrez mental. Pienso: si hago esto, ¿qué va a provocar?, ¿hasta dónde se puede ramificar? Hay más reserva y más estrategia, pero la inquietud sigue ahí. La curiosidad no se ha ido.

A la distancia, ¿cuál ha sido la obra más rebelde que has hecho?, ¿la que más te ha puesto a prueba?
El simple hecho de seguir creando es ya un acto político. Nunca me ha interesado hacer obras con mensajes obvios. Prefiero dejar una zona gris para que cada quien interprete lo que quiera. La gente siempre termina viendo lo que necesita ver. Si me preguntas qué ha sido lo más difícil, te diría que sobrevivir como artista y seguir trabajando. Esa es la respuesta más honesta. Lo más radical que he hecho ha sido sobrevivir.

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