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Acá ya no queda nada

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Acá ya no queda nada

Caliche se ríe cuando lo dice. Frente a él hay una pareja de gringos perdida en el río Magdalena que todavía busca una mina, un camino, una salida. “Acá ya no queda nada” tiene primero la sequedad de una información práctica. Llegaron tarde al saqueo, el oro ya había sido sacado. Pero en Todos mis viajes son viajes de regreso, ópera prima de Manuel Ponce de León presentada en Cineasti del Presente de Locarno, llegar tarde empieza a significar muchas cosas. El río conduce a unos viajeros hacia el interior de Colombia mientras el tiempo se abre a otras épocas.

TXT: Juan Carlos Lemus

En 1826, Karl Sigmund von Greiff y Petronella Faxe llegan a Colombia desde Suecia para administrar unas minas de oro. Viajan por el Magdalena en un champán —una de aquellas embarcaciones que durante décadas conectaron el Caribe con el interior—. Desde las primeras imágenes el vestuario establece la regla del mundo. Los suecos pertenecen al siglo de su llegada. Caliche viste como contemporáneo. Comparten el río sin que la convivencia entre épocas requiera explicación.

Karl mantiene la mina como horizonte. Petronella va perdiendo los vínculos que hacían posible el viaje. Las noticias de su padre dejan de llegar y el amor que la une a Karl empieza a cambiar mientras el territorio ofrece cada vez menos coordenadas. En el champán, ella lo mira desde la distancia, alguna vez busca su mano e intenta comunicarse con él por telepatía, pidiéndole que regresen al amor que los unía. Los separan cuarenta centímetros de madera. Él todavía persigue un destino. Ella empieza a medir el viaje por la distancia que la separa de aquello a lo que quisiera volver.

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A su alrededor aparecen otros extranjeros. Gaspard-Théodore Mollien, encarnado por Denis Lavant, el general mexicano Antonio López de Santa Anna y el polaco Napierski. Esos náufragos de la Historia, separados por décadas que la película reúne sin ceremonia, comen juntos bajo la lluvia y lamentan la imposibilidad de regresar a su lugar y a su tiempo. Una casa puede estar ya tomada por la maleza y un hombre puede llevar décadas extraviado sin que el río termine de expulsarlo.

El 16 mm, fotografiado por Angello Faccini, les da a los cuerpos una materia extraña. La luz diurna se vuelve porosa, los verdes parecen contener humedad incluso antes de que llueva y los rostros adquieren una textura cercana al recuerdo sin convertirse en estampas de época. Todos mis viajes son viajes de regreso sostiene desplazamientos y silencios hasta que la incomodidad empieza a instalarse dentro del paisaje. El agua, el barro y la madera del champán dejan de ofrecer un asidero. Todo puede seguir avanzando y llevar demasiado tiempo en el mismo lugar.

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Jago le da brazos al avance para que exista. Empuja el champán río arriba mientras los extranjeros buscan el oro que los llevó hasta allí. De su vida no sabemos nada. Quien hace posible materialmente el viaje ocupa un espacio mucho más breve en el relato que quienes llegaron a beneficiarse de él.

Caliche interviene de otra manera. Se ríe y les baja de golpe la solemnidad a esos viajeros varados. Él sabe que el tiempo que vinieron a buscar aquí también terminó. “Acá ya no queda nada” habla del oro y sitúa a los suecos al final de una historia de extracción que había empezado mucho antes de su llegada. Ellos creían venir al comienzo de algo; el local sabe que llegaron después. Caliche habla desde ese después. Su ropa pertenece al tiempo en que la extracción que ellos vienen a continuar ya había terminado.

Karl y Petronella dejaron una huella que puede seguirse casi dos siglos más tarde. Se quedaron en Antioquia y de esa genealogía desciende León de Greiff. En Relato de Hárald el Obscuro, el poeta escribió “Todos los viajes, todos mis viajes, son viajes de regreso”, dentro de un poema poblado por océanos, náufragos y navegaciones erráticas. Ponce de León retira las tres primeras palabras y convierte el resto en título. La cartela final reconoce la inspiración en la “galaxia poética” de De Greiff. El viaje de aquellos suecos regresa convertido en descendencia, poema y película.

Los muertos que décadas después fueron arrojados al Magdalena los traigo yo. La película no los muestra, pero la historia de esos muertos modifica lo que significa hablar de huella en ese río. Durante las violencias colombianas, el Magdalena recibió cuerpos de personas asesinadas y desaparecidas. La Comisión de la Verdad recoge a pescadores que colgaron sus atarrayas para evitar encontrarlos. Algunos sin identificar fueron enterrados y sus tumbas terminaron bajo el cuidado de habitantes que les pusieron nombres. Una comunidad construía así un vínculo con alguien cuya historia desconocía.

El movimiento tiene su reverso. Hay familias que conocen una vida entera y siguen esperando los restos. Hay comunidades que reciben un cuerpo y empiezan a construirle una vida. Porque falta el final. Qué ocurrió. Dónde quedó. La memoria dispone de una vida y sigue esperando una parte de su muerte. En el otro extremo hay unos restos y una tumba, pero falta aquello que permitiría reconstruir a la persona que llegó con la corriente. Ambas historias permanecen abiertas.

Y el champán sigue subiendo el río. Jago empuja. Petronella se aleja de su padre. Karl continúa buscando la mina. Caliche conoce desde otro siglo el resultado de esa búsqueda. La película reúne esos seres sin repartirles el mismo espesor de pasado. Karl y Petronella entran acompañados por un archivo que los precede. De Caliche y Jago sabemos lo que los planos deciden mostrarnos.

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Eso es lo que más me interesa de Todos mis viajes son viajes de regreso. La película hereda a unos personajes de la Historia y construye a otros dentro de sus propias imágenes. Esa diferencia ya está filmada. Al traer a los desaparecidos del Magdalena, la pregunta adquiere otra dimensión y pertenece a mi lectura, no a la película. Queda saber si el filme expone o reproduce esa jerarquía.

Formalmente, Ponce de León consigue que Historia, poesía y ficción compartan una temporalidad sin convertir el anacronismo en explicación. Algunas derivas, como el largo pasaje de Lavant gesticulando en silencio a la orilla del Magdalena, prolongan la suspensión más de lo que necesitan y aflojan la tensión del viaje. En sus mejores momentos, la duración se vuelve amenaza. Los personajes siguen avanzando mientras la tierra les confirma que el regreso al que aspiran pertenece cada vez más a otro tiempo.

De Karl y Petronella queda un apellido que todavía se pronuncia. De Caliche, el tiempo que tarda un plano.

“Acá ya no queda nada.”

Todos mis viajes
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Juan Carlos Lemus: Colombiano que sabe por qué Shakira y la coca dominan el top of mind nacional. Entenderlo no es aceptarlo. Papá y esposo por amor. Ingeniero por confusión. MBA por necesidad. Filósofo por terquedad. Triatleta por disciplina. Curioso en defensa propia: ese instinto lo volvió melómano, cinéfilo y lector. No colecciona gustos como credenciales. Prefiere examinarlos y comentarlos sin perder la elegancia.



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21 años hablando de cultura pop nos respaldan. También hacemos Festival Marvin.

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