Cada quien escoge el mundo en el que quiere vivir, el dios al que le rinde tributo. Cada uno de nosotros decide la forma en la que reacciona ante el mundo y percibe el universo, aunque compartamos la misma realidad. En 2020 todos fuimos testigos y víctimas de perdidas laborales, económicas, emocionales y humanas. Todos sufrimos el mismo dolor, pero cada quien lo vivió de manera distinta.

TXT::Arturo Tranquilino

Algunos creen en el dogma de la ciencia y se apegan a la política tecnocrática aceptando, abrazando y pidiendo a gritos él estado de excepción. Otros simplemente temen ser cancelados en redes sociales y deciden seguir la corriente. Unos más deciden no creer y se cuestionan las medidas draconianas tomadas por los gobiernos. Los últimos son llevados al patíbulo por las masas y juzgados bajo el cargo de conspiracionistas, como si fuera un pecado que sólo con el fuego de la hoguera se limpiase. Hay quienes sabemos que el miedo mata mas rápido que cualquier enfermedad, bacteria o virus y decidimos seguir adelante, encontrar la belleza en el cuadro más oscuro y decidimos vivir sin miedo.

“En el camino del miedo me daré cuenta que solo quedo yo”. Y yo quiero vivir.

El filosofo Giorgio Agamben en su ensayo ¿En qué punto estamos? La epidemia como política, escribe: “Los hombres se han acostumbrado tanto a vivir en condiciones de crisis perpetua y de perpetua emergencia que no parecen darse cuenta de que su vida se ha reducido a una condición puramente biológica y han perdido todas las dimensiones, no sólo sociales y políticas, sino también humanas y afectivas. Una sociedad que vive en un estado de emergencia perpetua no puede ser una sociedad libre”. Y quizá, así como Guy Crittenden pronostica en su ensayo titulado The great bifurcation, la sociedad se dividirá en dos facciones: quienes puedan y quieran seguir encerrados y aquellos que quieran y puedan salir a vivir fuera de una pantalla, asumiendo el riesgo de vivir sin miedo a la muerte.

“Alcanzar la inmortalidad solo será posible a partir de no temerle a la muerte.”

Cada quien vivió el año pasado de una manera única, especial y distinta. Mi 2020 empezó con una migraña terrible, como nunca había sentido en mi vida. Se repitió por semanas y un día simplemente se fue. Mi año empezó con un show de noise en Guadalajara gestionado por Vyctoria, 316 Centro y la hechicera Puce Mary. Promesas de un año más acelerado que 2019 se fueron concretando y un día simplemente se fueron. Un festival Nrmal hermoso, lleno de amigos, fue la perfecta fiesta de despedida. Se sentía el miedo en el aire.

 

Días antes, en mi clase de medicina espiritual, mi maestra nos advirtió sobre los días oscuros que se avecinaban, urgiéndonos a no temer, a no bajar la guardia ante una epidemia de miedo; antes de despedirse en la ultima clase y de que cerraran el Centro Histórico de la CDMX, donde durante más de 7 años tomé clases de yoga, meditación y chi kun, nos tocó la frente prometiéndonos que no enfermaríamos. Nos abrazó y simplemente se fue. Después vendría el miedo en las calles, la paranoia social, la violencia en redes sociales y el aislamiento.

El lugar donde trabajaba colapsó ante una realidad que sus dueños no entendían y para la cual nunca se había preparado. Pero la música siguió, resistió. Como un ungüento que sirve para alivianar el dolor sin curar la herida, los streamings se convirtieron en la fiesta de todos los días. Algunos artistas compartieron conciertos de años atrás brindándonos un poco de escapismo. No olvidemos que la definición de virtual es “que solamente existe de forma aparente y no es real”. Pero la música que marcó mi año fue la que presencié en el mundo real, no el virtual.

Mint Field en un fantasmal Indie Rocks acondicionado para que sólo las cámaras, las computadoras y sus operadores fueran testigos de su ejecución y energía. Músicos callejeros de tambora que normalmente ignoramos por el ruido de la ciudad cuya música suena mas fuerte que nuestra tristeza. Una joven tocando un ukelele a la mitad de una plaza en Guadalajara. La Bruja de Texcoco en la terraza del 316, iluminada por cohetes, celebrando un distópico 15 de septiembre. La legendaria banda de punk Aparecidos, tocando para 30 personas mientras la Guardia Nacional cuidaba la sana distancia. Esa fue mi música de 2020. Lo que vi. Lo que escuché. Lo que modeló mi futuro.

Lo que viene no será fácil.

Lo que viene será una revolución.

Lo que viene sólo lo podremos vivir sin miedo.