Carta Editorial

 

El silencio, estricta y prácticamente, hablando, no existe. No es un estado o condición, sino que se trata más bien de una idea. Ésta, además de moverse en el plano familiar de los sonidos, es capaz de denotar en diversos ámbitos, en algunos, como la música, de manera explícita y en otros, como la plástica, la literatura y la filosofía, de modo abstracto.

Esta edición, cuyo principal motor fue plasmar las múltiples encarnaciones posibles, se enfrentó al reto de representar algo que en sí es nada (ausencia, pausa, blancos, negros, vacíos… silencio). Al hacerlo las posibilidades de contemplación se volvieron infinitas y de repente mirásemos a donde mirásemos, escuchásemos lo que escuchásemos, el silencio se hacía presente. Justo como Cage afirmó que el ruido es la máxima constante de nuestras experiencias sensoriales –si es que nos permitimos percatarnos de él–, la idea a la que le dedicamos estas páginas inundó cada rincón de nuestros pensamientos.

De repente, y como si hubiese vuelto alguna de mis aulas en CU, discusiones filosóficas, semánticas y acústicas tomaban lugar en nuestro pequeño y humilde búnker editorial. El concepto, pronto, se me reveló abrumador. ¿Cómo hacerle justicia a tan poética e inasible noción? ¿Cómo pretender dedicarle una exploración editorial, ni qué decir musical, en tan limitado espacio, con tan limitado tiempo? Sucumbir a la ansiedad me pareció la única opción lógica, afortunadamente en Marvin rara vez reaccionamos lógicamente. Así que mejor se optó por una profunda investigación, la cual –en menos tiempo de lo pensado– comenzó a arrojar los nombres de otras mentes a las que la idea del silencio enloqueció. No estábamos solos, y lo que es mejor, estábamos en muy buena compañía: Yves Klein, Toru Takemitsu, Elbert Hubbard, Rimbaud, Pound, Talk Talk y muchos más.

Fue entonces, como suele y ha de seguir sucediendo, que la revista se reveló a sí misma, debía tener hojas en blanco (éstas se las encontrarán, queridos lectores, en la sección de Marvinismo y no, no son errores de impresión); se debía hablar de Cage, pero también de otros músicos y experimentalistas que le han dedicado odas sonoras (o insonoras) al silencio; en el arte la visión de la fotógrafa Anna Bedyńska y sus retratos de personas albinas –sobre fondos blancos, usando sólo ropa blanca– documentaron lo ausente para nuestra páginas. Sin embargo, la portada permaneció como una interrogante por largo tiempo.

De nuevo, y como si el ciclo macabro del que pensé ya había salido volviese a empezar, la ansiedad se hizo presente. Sin más opciones ilógicas a la mano, me entregué a mi relajante placer de escuchar hip-hop en noches de insomnio, fue entonces –mientras el crujir de la ajuga me hacía consciente del silencio– que recordé que era noviembre. Mes de muchas cosas, y del 20 aniversario de Enter the Wu-Tang (36 Chambers), obra maestra de la historia del rap y de Wu-Tang Clan (en ese orden). También recordé que el colectivo al que el hip-hop le debe más que a nadie, tenía agendado un cese al silencio programado con la salida de A Better Tomorrow, su primer álbum de estudio en seis años. De inmediato la idea de tenerlos en portada me pareció perfecta, y segundos después, arriesgada e irreal. ¿Marvin con Wu-Tang Clan en portada? ¿Será posible pensar que en un país como el nuestro al que el hip-hop (en mayor o menor medida) le sigue siendo ajeno, una idea como ésta resultaría ser una buena estrategia de marketing? ¿Podemos ya dejar de negar, como público y medios, que el hip-hop es el género más emocionante actualmente? ¿Es momento de cesar el silencio ante la revolución musical de nuestra generación toma lugar? ¿Podrán 4 minutos y 33 segundos de silencio ser música? ¿Por qué no?

~Jimena Gómez Alarcón

 

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