Carta Editorial

 

En el 2008 Barack Obama ganó las elecciones presidenciales de Estados Unidos de Norteamérica. Con esa victoria, la potencia mundial envió un fuerte (e inesperado) mensaje al resto del mundo: un hombre negro cuyo apellido rima con Osama, puede ser el Comandante en Jefe de la nación más poderosa del mundo. Lo que le seguiría a este suceso es tan esperado como fascinante, una nación de por sí polarizada encontró nueva forma de extremismo. Se engendró casi espontáneamente una derecha que ni el mismo Bush podría haber imaginado, el Tea Party. De la noche a la mañana, el discurso político bajó su nivel y para ser parte de la discusión ya no era necesario tener experiencia o conocimiento (opiniones y una boca para externarlas bastaba), es más, ni siquiera se necesitaba entender la discusión; soltar frases tan básicas como “en América se habla inglés”, “la vida es sagrada” o “el matrimonio es entre un hombre y una mujer”, era más que suficiente para ganar los votos de millones de personas, que sin entender mucho (ni siquiera sus carencias) preferían darle poder a alguien que se parece a ellos. En 2010, los republicanos tomaron la mayoría de la Casa de Representantes, gracias en gran medida a los nominados del Tea Party, gente sin experiencia política o económica, candidatos que se vendían como “el americano promedio” y cuyas posturas políticas sólo podían calificarse como radicales.  Lo que siguió sólo puede ser descrito como una montaña rusa donde cada bajada representa un triunfo del nuevo oscurantismo y cada subida a logros de la democracia de primer mundo: se legaliza el matrimonio gay (en varios Estados), se prohíbe el aborto (en varios Estados), se repele la política Don’t Ask Don’t Tell del ejercito, se aprueban las leyes más rígidas de la historia a migrantes en Arizona, y un largo etcétera.

En un momento histórico donde es más fácil equiparar a la Norteamérica actual con el sinsentido de Sarah Palin y Miley Cyrus que con la lucidez de Kennedy y Bob Dylan, resulta inevitable añorar las aportaciones que la cultura estadounidense le ha dado al mundo. En estas páginas recordamos al soul de Motown y a 10 escritores gringos que retaron lo que significa ser “americano”, analizamos a través de la obra de Jack Ketchum (y sus adaptaciones al cine) lo que se esconde detrás del sueño americano, y compartimos el retrato de un sector olvidado de la sociedad, conocido como White Trash en un fotoreportaje de Daryl Peveto, además cada uno de nuestros columnistas taclea distintas caras del estilo de vida gringo, así como su influencia en el resto de globo. Por otro lado, exaltamos la belleza que existe en el la oferta cultural contemporánea gringa; hablamos con Cat Power de amor, con Luke Temple (Here We Go Magic) de las dificultades de ser un músico desconocido en Brooklyn, en ambos casos justo antes de su presentación en el Corona Capital 2012, además claro de tener a el headliner en portada: The Black Keys, banda que ejemplifica el lado más amable de la herencia gringa. Además y en un acto de idealismo justificado, nos embarcamos en el reto de buscar, encontrar y recomendar bandas propositivas  y anti-mainstream de cada Estado de EUA, todo para crear una geografía musical; un mapa donde pasado y futuro convergen en seis páginas llenas de promesas.

El panorama creado en esta revista es tan variado y polarizado como el pueblo americano, uno que vive en constante contradicción, que tira la palabra “libertad” como grito de honor, pero que no logra –o intenta– comprender su significado y cuyo destino, que se decidirá el próximo mes de noviembre –cuando se lleven a cabo las elecciones presidenciales–, nos afecta a todos. Nuestro porvenir, no sólo económico o político, sino cultural está inexorablemente atado al de los estadounidenses en algo llamado globalización, y su bien más exportable: el American way of life, por el cual intercambiamos nuestras raíces y esencia, a cambio nos vamos con un souvenir de barras y estrellas y un estúpida sonrisa en la cara, creyendo que todo va estar bien.[m]

~Jimena Gómez Alarcón

 

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