'No discutamos': Juan Gabriel, Mr. Noa-Noa o el Starman de Juárez

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“Te saldré a bailar para disfrazar el drama que llevo adentro”. Enrique Cadícamo

Las “bioseries”, erróneos esfuerzos de la televisión mexicana por enfrentarse a Netflix, el gigante del streaming de Reed Hastings: horribles producciones, mal escritas y mal actuadas; óvulos de una televisión enferma, pobre y sin contenido que lanza producciones mediocres a manera de patadas de ahogado.

Tal es el caso de Hasta que te conocí (2016), que aún con cinco directores, ¡cinco!, no pudieron sacar a flote una historia tan extraordinaria como lo es la vida de Juan Gabriel. Con un Juan Román (Retratos de un mar de mentiras, 2010) como Juanga, Hasta que te conocí, trata de contar el “drama” en la vida de Alberto Aguilera Valadéz, el cual comienza con el noviazgo de sus padres (dale esta idea a algún tallerista literario de cualquier estado y escribirá mejores guiones que éste).

La vida de Juan Gabriel no es exactamente como la que TV Azteca quiere que veas; es sí, mucho más darki y mucho más guapachosa, al puro estilo del “Tropical Dark”, una combinación entre querella y baile.

Juanga nació en Parácuaro, Michoacán, un 7 de enero de 1950, y supo componer música “de chile, de dulce y de manteca”: tan sólo algunos géneros en los que se desarrolló fueron la música disco, el pop, la rumba flamenca, la música chicana, la norteña, el mariachi y hasta el punk (aquél que diga que “Querida” no es una canción a lo Sex Pistols debería ir a enjabonarse las orejas).

Traducido al inglés, portugués, griego, italiano, francés, alemán, turco y hasta al papiamento, aquella extraña lengua hablada en el reino de los países bajos, de 1971 a 2016 logró grabar cuarenta discos, dejando joyas invaluables como aquella memoria sonora y visual en el Palacio de Bellas Artes en 1990.

Todo el concepto que engloba a Juan Gabriel podría parecer un proyecto artie a lo David Byrne. El vestuario —las lentejuelas—, el performance, esa muestra escénica improvisada y cargada de estética y asombro que lo ponían al lado de artistas como Allan Kaprow, Joseph Beuys o Gina Pane… para el que lo dude, basta con recordar el detalle de la copa de vino en “¿Por qué me haces llorar?”.

Las canciones de Juan Gabriel son ensayos pragmáticos muy creativos sobre la prosperidad, la malquerencia, la melancolía y la soledad. Reminiscencias aparentemente elementales de un pasado detenido en el tiempo, una llaga y un bisturí; conceptos que deben ser solidificados, traducidos al lenguaje de la música —en ritmos trotones—, para el regodeo y la cautela del escucha. Juan Gabriel es bálsamo y es espina a la vez.

Lentejuela en movimiento, giros sobre campos minados en soledad, onomatopeyas seguidas por un slam de letras dolosas, falsetes improvisados en un performance de Ai WeiWei con sombrero, y un baile que no concluye nunca; eso es lo más sorprendente en Juan Gabriel, el baile, EL BAILE, aquella vivificante sensación en conmoción de que la vida promete experiencias sin nombre. Enormes ganas de bailar en las banquetas, de deseos de amanecer junto a las botellas vacías, sin cierta culpa, la culpa de bailar al filo del desmayo. Y si no fuera por Juan Gabriel sería un desperdicio no bailar sin saber por qué. Juanga nos enseñó a bailar, nos ha enseñado a bailar la tristeza, nos ha enseñado todo lo que vale la pena saber en este mundo.

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De 1967 a 2016, David Bowie grabó veinticinco discos de estudio, cinco menos que Juan Gabriel. Ambos fueron artistas perecederos, que pensaron en el escucha futuro y que supieron pisar fuerte este planeta para dejar huella. Juanga, al igual que Bowie, supo aunar música popular y de experimentación, para alzarse como una de las estrellas pop más importantes de todos los tiempos. Un verdadero artista camaleónico, justo como Mr. Tip Tippy-Top.

Al margen de gustos, Juan Gabriel también revolucionó el mundo de la moda y abrió la conciencia sexual reprimida del mexicanismo. Creador de la auto-entrevista, cantante excéntrico, transgresor e inconformista en todos los aspectos de su vida; y es precisamente esta manera de ser, cantar, actuar y bailar, lo que lo convierten en nuestro ‘Mr. Noa-Noa’ o el ‘Starman de Juárez’.

Como escribió Friedrich Nietzsche en El anticristo (1888): “yo sólo creería en un Dios que supiera bailar”. Es merecidamente por eso, que creemos en Juan Gabriel; algo que TV Azteca no sabe… pero “No discutamos”, “porque después de la primera discusión, hay muchas más”.

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