Mi regalo de Navidad fue un disco de Taylor Swift

Antes me gustaba Taylor Swift, después la descubrí nazi

Recuerdo que antes me juntaba con una amiga solo para cantar “Love Story”. Era yo una puberta y me gustaba pensar en la típica historia de amor en donde los dos terminan felices. Me quedé con la Taylor que cantaba country y le coqueteaba al pop. Aquella Taylor de por allá del 2008, la que aún no destapaba esa cara fría y malvada. En cambio mostraba a una cantante tierna que, ¿como todas? le cantaban al amor genuino.

Mi regreso a ella, curiosamente, fue por Ryan Adams. Quien, maestrazo de los covers, hizo una brillante transformación de 1989. “Blank Space”, “Blad blood” y “Wildest Dream” no sonaban tan frívolas en voz del genial Ryan. En ese entones, se lo mostré emocionada a una niña de 15 años, como la yo que escuchaba “Love Story”.

Evidentemente, no le gustó mi versión. Dijo que era aburrida y prefería la versión de “Bad Blood” con Kendrick Lamar. Y por su puesto, adoraba a la Taylor empoderada que comandaba a un squad de mujeres que incendiaban y hacían explotar un edificio entero. Qué brecha tan grande, pensé.

Bueno, pues entonces volví a las versiones originales de 1989. Y me encontré con una Taylor que, francamente, me gustaba. “Wildest dream” fue mi canción favorita del álbum que la cantante sacaba para celebrar su cumpleaños 25 en ese entonces, y para marcar claramente su separación del country.

Así llegó mi regalo de Navidad. Debo de confesar que es de los favoritos que me ha dado mi novio. La razón no es el disco, es porque Taylor era un secreto que yo guardaba con culpa dentro mis playlists. Y como un vidente, mi pareja lo descubrió, me tomó por sorpresa y me emocionó tener el 1989 en mis manos.

Después llegó Trump a la presidencia, y con ello toda una serie de acontecimientos que destaparon la cloaca, principalmente de Hollywood. De Taylor me decepcionó su silencio, luego su apoyo y las declaraciones que vinieron después. El rumor de su vinculación al KKK y las demandas que existieron de por medio, fueron el acabose para que Taylor Swift quedara eliminada de mis gustos musicales.

El que una cantante así se haya convertido en el estandarte de los grupos neonazis me hizo pensar sobre la responsabilidad que, nosotros los radioescuchas y consumidores activos (todo el tiempo) de música tenemos al seguir engrandeciendo a personas que, como dijera mi mamá, bajita la mano incitan al odio, a la violencia y al separatismo.

De aquel gusto quedan las canciones que se quedaron, inevitablemente, en mi memoria. Y por supuesto, aquél disco que además de mi regalo favorito, estableció un espacio en mi librero. ¿Quemarlo?, no lo creo. Quedará en mi recamara como un recordatorio de la consciencia musical que todos deberíamos de tener, al ser consumidores voraces de la industria musical.

 

Notas Relacionadas