#EnMisTiempos: La música de los infieles

“Insurrecto, perseguido,

ilegal y fugitivo,

tengo un sueño clandestino,

para ti.”

Francisco Barrios

Cada vez que Dominique escuchaba aquella canción, entraba en trance. Ni del título, la melodía o la letra me acuerdo, lo que no olvido es como la flaca se iba a sentar a un rincón, lejos del bullicio de la fiesta para sentarse en el piso. Triste, abrazaba sus piernas flexionadas y con los ojos cerrados, empezaba a cantar muy quedito.

Una amiga suya me dijo que aquella canción se la había dedicado un exnovio, el amor de su vida. Y que Domi decía que si él regresara a su vida, porque se había ido a vivir a otro país, se fugaría con él sin pensarlo dos veces.

Sin importarle un pito, dijera el poeta Oliverio Girondo.

Claro que George, la pareja de Dominique, no sabía nada de eso. Él seguía tomando cerveza con sus amigos, ignorante de lo que sucedía y la cornamenta simbólica que con aquella canción le asestaban. Hasta que terminaba la música y su novia volvía sonriente, como si nada.

Ojos que no ven, corazón que toma antidepresivos.

Es muy probable que muchos de nosotros hayamos sido infieles así. La música posee esa exquisita particularidad. Sus acordes dibujan un escenario ideal para escapar con la imaginación, para desplegar nuestras alas invisibles y transportarnos a otro universo… en compañía de una persona prohibida. Como dicen los Caifanes, “quiero orbitar planetas hasta ver uno vacío, que quiero irme a vivir, pero que sea contigo”.

            Infidelidad.

Cuánta incomodidad genera la palabra. Hace que nos revolvamos en la silla presos de una comezón imposible de rascar, porque pica por dentro. Por debajo de la piel.

Olvídate de revisar el celular de tu pareja o su correo en busca de una prueba incriminatoria. Porque el adulterio musical no deja huellas digitales ni rastro que se pueda perseguir. Fulmina hasta la última foto o mensaje. Y aquí, citando a Cerati, “otro crimen quedará… sin resolver”.

            Culpable me confieso.

También yo he escuchado una canción con audífonos. Alguna que me ha regresado a una noche ilícita en la que la luna sirvió como cómplice y alcahuete, para que se pronunciaran esas palabras que Otelo supuso escuchar en su cabecita loca, dichas por una “inocente” Desdémona por su amante Casio:

-¿Adónde vamos ahora?

-Adonde tú quieras…

Porque la música es un paraíso fiscal en el que se puede pecar de pensamiento, letra, ritmo y emoción.

No existe una manera inocente bailar de este ritmo, ni neuronas que no hayan fatanseado con esta línea de Bad Bunny, luego de descubrir una traición:

“Me compre una fory y a Cupido se la vacié”.

La música de los infieles es aquella que se escucha en la noche cuando todos duermen. La que te mantiene despierto añorando una piel extranjera, un aliento que no te pertenece, la caricia de un dedo proscrito. La que hace vibrar ilícitos tatuajes, a los que quisieras chupar la tinta como un vampiro hasta dejarlos secos. La de los terroristas del corazón que borran sus conversaciones en WhatsApp en un simbólico acto suicida.

La música de los infieles es la canción cuya letra le susurras al oído a la almohada para que nadie más la escuche. La que sólo tú sabes lo que significa y a quien va dedicada. La que suena como una granada que te estallará en las manos…

Me dijo una vez una secuaz a quien besé no bajo un muérdago, sino amparado por las sombras de un ciprés del Parque México, que la infidelidad es una descarga de adrenalina. Confieso que si mis ojos dejaran huellas digitales habrían quedado impresas millones en el escote de aquella esfinge. Y ella, dueña de una boca gatuna que sabía mordisquearme el mentón a hurtadillas, para que no nos descubriera ningún celoso centinela, solía repetirme la frase de una banda primordial para musicalizar encubrimientos, Los Amantes de Lola: “el hablar de ti, me puede delatar”.

El problema de jugar con fuego, es que uno tarde o temprano la lumbre hace trampa.

Te descubres beodo, subiendo con dificultad junto a otra beoda, las escaleras hasta la mazmorra erótica de un motel.

O deslizando los dedos por la superficie de un muslo firme, intentando transgredir la frontera de la ropa interior para cobijarse en la humedad que da de beber a los desamparados.

Y entonces, igual que Dominique, te sorprendes sentado en posición fetal, con los ojos cerrados y el corazón hecho un ovillo, escuchando con delectación ese track que nadie más sabe –mucho menos quien nunca, bajo ninguna circunstancia, debería enterarse– porqué te gusta tanto.

Ese, que como Simply Red dice: “I just can’t be trusted. Infidelity”.

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