Ruptura amorosa en 10 movimientos: Porque queremos creer que hay vida después

TXT: Marisol Sagastume

Dicen por ahí que terminar una relación es difícil, pero nadie tiene las palabras para explicar en qué medida lo es. Todo duelo (según me han contado los “expertos” en el tema) pasa por cinco etapas que van de la negación a la aceptación. Mi duelo es confuso, aunque imagino que todos lo son; que las etapas no están claramente delimitadas y que uno de pronto no sabe a ciencia cierta si está negado por completo o iracundo, si se quiere morir o si milagrosamente se ha recuperado para descubrir que la soltería es lo máximo. “¿Será que estos cambios de humor tan repentinos me suceden solamente a mí?, ¿estaré enloqueciendo?”, es probable que nos preguntemos en medio del llanto desmedido (casi ridículo), cuando dos minutos antes sonreíamos con optimismo pensando en lo que alguien nos dijo ayer a manera de consuelo: “hay vida después”.

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Yo sí quiero creer que hay vida después de lo que sea que es éste limbo extraño de angustia y alivio, de cansancio y repentino aliento. También quiero creer que todos tenemos procesos distintos y que mi duelo puede ser tan diferente al del resto del mundo, como se me dé la gana. Mi duelo es, a veces, una espiral, y a veces un bucle, nunca una línea recta. La única opción lógica que se me ocurre, es musicalizarlo, porque “las penas con música son buenas” (o, ¿son menos? O, ¿era con otra cosa?). Bueno, se me ha ocurrido proponer una lista, pero le llamo “lista” por convencionalismo puro, porque en lo práctico, no tiene una estructura inamovible. Es una lista, si bien “muy mía”, también de todo aquel que pudiera identificarse y moldearla; aumentarle o quitarle cosas para llorar “a moco tendido” con estos clásicos de melancolía, desamor y nostalgia. Esta lista no es fórmula ni hechizo, si acaso es descripción de mis particulares y complejas etapas, junto con una pizca de esperanza para todos los corazones rotos, de encontrar esa vida que, me dijeron, hay después…

Primera caída

“Dos extraños”
Monocordio

Un día, notas que algo no anda bien. Claro que amas a esa persona con la que has compartido historias, caricias y desventuras, pero ha llegado ese momento en que sientes que ya no la conoces. La vida ha dado demasiadas vueltas y la relación perdió un poco el equilibrio pero, ¿qué no darías en ese momento por recuperar el instante del primer beso? Por eso Monocordio nos ofrece, no una canción, sino un disco entero lleno de anhelo y nostalgia. Una rareza dentro de la discografía del grupo mexicano, por tratarse de un álbum construido con puro piano y voz. Una belleza cuya primera canción (de título homónimo) destroza un poco, por ser el necesario comienzo de una caída que, muy al estilo de Lewis Carroll, seguro parecerá  interminable…

El descubrimiento

“Amor se llama el juego”

Joaquín Sabina

Amor se llama el juego es la canción perfecta para ese momento en que por fin decides abrir los ojos y aceptar que tu relación… pues no está muy bien que digamos (por no decir que ya valió madres). Joaquín Sabina (que parece que sabía de lo que estaba hablando) nos regaló a principios de los noventas, como parte de su disco “Física y química”, esta tragedia de rutina y añoranza, de ese querer rescatar con las uñas un pasado que ya ni por asomo existe. ¡Y vaya que duele vernos “removiendo la cajita de cenizas”!

Pues bien, ya dimos el primer paso. Es hora de sacar los pañuelos…

El inminente desastre

“1999”

Love of lesbian

Este es el punto de no retorno, cuando las cosas estallan junto con una que otra ventana, alguna cursilería de “cuando éramos felices” y dos corazones hastiados. Love of lesbian, en una de sus canciones más densas, nos describe el momento preciso en el que (¿quién sabe de qué forma?) la relación llegó a su límite; ese momento en el que sabes de sobra que si en alguien no cabe un mínimo de cordura, cualquier cosa puede pasar. Tomas una maleta, metes toda la ropa posible y cuanta tontería (que no te va a servir para nada) te cabe y (ahora sí) te largas inundada en llanto, pensando que las cosas ya no podrían ser peores… y, como casi siempre, te equivocas…

Serie de recriminaciones patéticas

“Hey, that’s no way to say goodbye”

Leonard Cohen

Ya en casa de mamá, del mejor amigo, el vagabundo, el amante o cualquiera que haya tenido la gentileza de recibir los pedacitos que quedaron de ti, no dejan de hacerte eco las palabras del maestro canadiense que, para acabarla de fregar, ya dejó este mundo. Así que le reclamas a Leonard Cohen por haberse muerto, te reclamas a ti por haber dejado tu vida y a tu gato en una casa que ya no te pertenece, y le reclamas a tu ex por negarse a terminar las cosas de una manera más decente, ya no digamos amistosa, porque claro que esta no es forma de decir adiós; es más, ¡no hay forma! Así que, con la plena seguridad de que, a pesar de haber sido una historia más entre miles, la tuya fue especial, te tiras al llanto (como siempre) y te preparas para la semana laboral más asquerosa de tu vida…

La fastidiosa memoria

“Ojalá fuera tu voz”

Santa Sabina

De pronto, ahogada entre los papeles llenos de mocos, la taza de té de pasiflora y la farmacia que descansa sobre tu escritorio, descubres que tu relación tenía más tiempo  muerta que (la divina) Rita Guerrero. Y otra vez se te hace un nudo en la garganta cuando escuchas su extraordinaria voz en la computadora como salida del más allá. Ojalá fuera la voz de esa persona que te tiene hecha un desastre y no la de Rita… o bueno, ya de perdida que fuera la voz de una Rita viva, en un tiempo que ya no existe, en el que tú te enamorabas como una loca mientras Santa Sabina pisaba un escenario por última vez. ¡Malditos años!

El descontrol y la pérdida total de la decencia

“La gata bajo la lluvia”

Rocío Dúrcal

“Amor, tranquilo, no te voy a molestar”. Ya siendo bien honestos, sí vas a molestar, y mucho. Así que te armas de valor para no llamarle y pedirle amablemente (suplicarle) que vuelvan, porque encima entre tanta laguna mental, medio recuerdas que fuiste tú quien decidió terminar. Ya lo único que queda después de tumbarte en el suelo a gritar a los cuatro vientos que te quieres morir (y vomitar un carro ajeno), es recordar las sabias palabras de la madrileña y seguir maullando porque, de tan borracha, ya ni hablar puedes…

Disculpas probablemente innecesarias

“In spite of all the damage”

The be good Tanyas

A pesar de todo el daño, te gustaría que las cosas terminaran de forma distinta… Llegó ese ridículo momento en que piensas que una amistad con tu ex es posible, así que le mandas algún mensajito disculpándote por ser un completo desastre y esperas que, esta vez, no te mande al demonio (o que por lo menos conteste). Ahora tu compañera fiel es una baladita de lo más deprimente, perteneciente a un grupo de folk creado en Vancouver a finales de los 90’s. In spite of all the damage es la canción perfecta para pedir perdón (aún cuando, la neta, no sepas ni por qué)

El golpe

“Please, call me baby”

Tom Waits

Y justo al fondo (ahí donde dices “¡Ah, sí se podía caer más abajo!), está Tom Waits esperándote con su voz aguardentosa como medio salida del averno, medio salida de la cantina, con una suave melodía de 1974, para que sigas sufriendo porque el pasado era mejor (aunque la verdad tú ni habías nacido en 1974). Chillas, pataleas, ruegas un poco; empiezas de nuevo, vuelves a la cuarta canción, y a la segunda, y a la sexta… Si en algún punto llegaste a creer que te estabas recuperando, esta es la parte en que descubres que (otra vez) te equivocaste…

La posibilidad

“Adiós”

Gustavo Cerati

De repente empiezas a notar que quizá sí hay vida después (o al menos ya estás tratando de convencerte). Ahora te acompaña la voz (también distante) de un Gustavo Cerati colmado de vida y genialidad. Y te sientes un poco valiente (poquito), porque tal vez el argentino tenía razón cuando escribió esta canción junto con su hijo; tal vez “poder decir adiós es crecer”…

La fortaleza

“No llora”

El Cuarteto de Nos

Entonces, llega El Cuarteto de Nos con esta maravilla que Roberto Musso dedicó a su hija como parte del disco “Habla tu espejo”, y que a ti te viene como anillo al dedo… (bueno no, porque tú sí lloras) pero tal vez, con un poco de suerte, si la canción se reproduce y se reproduce hasta el cansancio, de pronto descubras que tú (como la nena de la composición) también puedes levantarte y parar de llorar.

Este no será el final del duelo. Tal vez subas un par de escalones y después bajes otros veinte; tal vez la playlist tenga que repetirse una y otra vez. Después de todo, solo queda seguir creyendo…

 

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