Mientras Gibson suavemente llora su quiebra

#EnMisTiempos

Por Arturo J. Flores

Fui un adolescente que se impresionaba demasiado fácil. Cuando tenía 11 años, mi papá me llevó a un espectáculo de caballeros medievales. Lo más probable es que los actores fueran torpes y exhibieran una barriga enorme, que embutidos a la fuerza en armaduras de plástico que pretendían ser de hierro, montaran caballos famélicos en medio de un terreno llanero en el que levantaran nubes de polvo que nos obligaban a toser.

No importa. Lo que yo recuerdo al Rey Arturo en persona subido en el lomo de la portentosa yegua Llamrei, blandiendo una espada gigantesca capaz de cortar un árbol por la mitad.

via GIPHY

Me pasó lo mismo la primera vez que toqué una guitarra eléctrica. No me refiero a hacer música, sino a tocarla. Acariciarla, pues. Colgármela del hombro y sopesar el mástil con la mano izquierda. A sostener una plumilla entre el pulgar y el índice para rasgar con fuerza las cuerdas 6ta y 5ta. Como lo había visto en infinidad de videos musicales en MTV.

Nunca aprendí a tocarla. Ahora sí hablo de tejer un acorde, acompañar a un cantante o mucho menos, hacer un solo o un riff. Aquella primera guitarra fue una Yamaha negra que mi primo llenó de estampitas de grupos de metal. Él sí tomó clases. Yo me aficioné a escuchar discos y escribir acerca de ellos.

via GIPHY

Pero aquello que sentí esa vez que mi primo me dejó conectar la guitarra, que me ayudó a acomodar los dedos para hacer un sol y solté el primer manotazo sobre las pastillas, me acompaña hasta el día de hoy. Fue como el segundo álbum de Metallica: montar un relámpago.

Eran días en los que los adolescentes soñábamos con tener un grupo de rock. Muchos lo logramos. Inclusive los que no sabíamos nada de música.

Algunos años más tarde empecé a impartir cursos de periodismo. El primer de ellos se parecía mucho al ensayo de una banda amateur en un garage. Sólo eran 4 alumnos. Les pregunté si alguno dominaba algún instrumento. Uno de los chicos dijo que la guitarra. Quise saber si era parte de una agrupación. Su respuesta me sorprendió:

–No, todo lo grabo con pistas en mi computadora, ¡qué hueva tener que lidiar con otros güeyes y sus gustos musicales, con que quieran venir o no a ensayar!

via GIPHY

Me vinieron a la mente los días después de la primera vez que mi primo me prestó su guitarra. Me obsesioné con ser parte de su banda de rock y ellos necesitaban un cantante. Un decir solamente. Lo que requerían era alguien a quien no le diera pena washear canciones en inglés desgarrándose la garganta en el intento por sonar como Sepultura.

via GIPHY

Aquellas eran las cosas que valían la pena de pertenecer a Migraña, como se llamaba el cuarteto de San Jerónimo: discutir por nuestros gustos musicales, enojarnos si alguno no quería ensayar o emborracharnos los cuatro con media botella de Bacardí.

Pero mi alumno fue el primer millennial del que tuve conocimiento, aunque entonces no les decíamos así.

La semana pasada una noticia causó reacciones encontradas en la industria musical. La compañía fabricante de guitarras Gibson anunció su quiebra. Aunque ésta se debía a malas decisiones empresariales, como la compra de Philips con miras a desarrollar sistemas de audio para el público en general, a la noticia se le dio una segunda lectura: que las nuevas generaciones no sueñan con colgarse una guitarra eléctrica.

via GIPHY

La sentencia puede sonar exagerada. Tampoco es que la música compuesta de manera orgánica se encuentre en peligro de extinción, pero gran parte del aura mística que rodeaba la idea de la estrella de rock se ha desvanecido con el paso del tiempo. A la par, la electrónica, los beats y los samplers se han ganado terreno entre los consumidores de música. Escuelas como el SAE Institute México y El Bedroom han profesionalizado las carreras de DJ’s y productor.

via GIPHY

¿Algo habrá en sus egresados de la mentalidad de mi alumno, que no quería lidiar-negociar-ceder ante otros seres humanos? ¿Es la volatilidad del featuring una moderna interpretación de la vieja banda de rock? ¿Una que, como el sexo de ocasión, se vacunó contra el compromiso y por lo tanto, contra la monotonía y el desgaste? ¿Dónde nuestra relación dura lo que dure nuestra canción en la lista de estrenos de Spotify?

Porque los grandes productores y headliners trabajan solos. Desde David Ghetta, Calvin Harris o el recientemente finado Avicci, quien por cierto, alguna vez dijo en una entrevista: “Mozart escribió en un papel. Los DJ escribimos en computadoras”.

via GIPHY

Podemos mentar madres. Decir que no es lo mismo y que nuestros tiempos y nuestra música era mejor (nunca ha habido una generación que no se piense superior a la que surge por delante), lo cierto es que como dice Humberto Eco, todos cabemos en apocalípticos o integrados. A Gibson pudiera pasarle que nunca pensó que los niños que se impresionaban fácil, a quienes un relámpago helado les recorría desde la nuca hasta los talones cuando sonaba el distorsionador de una Les Paul, se iban a terminar.

Ahora parafraseo a The Beatles: “De cada error deberíamos aprender algo… mientras mi guitarra aún llore con suavidad”.

via GIPHY

 

Foto de portada: Hel Crosby

, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , ,

Related Posts