Mi primer perreo (hagamos el reggaetón y no la guerra)

#EnMisTiempos

Por Arturo J. Flores

“¿A poco no se parece a los toquines de punk a los que ibas?”, me pregunta Ruy. Pasando por alto la manera sutil de recordarme a mis 39 parezco un anciano en este habitáculo millennial, razón no le falta.

Cada 15 segundos se rompe un casco de cerveza. Los estallidos resuenan por encima de los saturados bajos de las bocinas, igual que bombas sembradas por un terrorista. En el escenario se atiborran decenas parejas de intercambio que se perrean con ardor, en la mejor tradición judeocristiana, los unos a los otros. Emulan las etiquetas que la pornografía nos enseñó a colocar a los distintos tipos de apareamiento: HH, MM, HMH, MHM,  MHMHMHMHMH…

Me dejé arrastrar hasta el Salón Bolívar este viernes, para participar en mi primer perreo. Esa celebración subterránea del sexo musicalizado que escandaliza a muchos de mis contemporáneos. A mí la curiosidad me gobierna. Desde hace meses me pregunto: ¿Por qué el reggeatón está dominando al mundo? ¿Por qué lo odian tanto? Dice Aleks Syntek que incita a la violencia y el único belicoso ha sido él.

Pasan de las 10 cuando me apersono la puerta. Le envío un Whatsapp a mis amigos millennials, modernxs hacen llaman, que me responden como espíritus desde otra dimensión: “¿Dónde estás? ¡Ya ven!”.

Pero no contaba que adentro no cabe ni una hoja de papel. Un centinela barbón de camisa cuadriculada, cuya amabilidad echa por tierra la rudeza con la que imaginé que me trataría, anuncia que el recinto está lleno. Somos varios los nochenautas (Fernando Rivera Calderón dixit), que aguardamos por abordar el bote que nos salve de naufragar de aburrimiento.

La reja del Bolívar se abre y por las escaleras desciende una chica vestida con amplios pantalones blancos, que le reclama al de seguridad que adentro no caben 600 personas “como me dijeron”. Sin sacar las manos de los bolsillos, negocia hábilmente que dejen entrar a uno por cada otro que se retire. La suerte decide que el próximo en saltar al abismo sea yo.

Asciendo por unas escaleras de cemento hasta un salón donde se apretujan los convidados a este pegajoso banquete de carne. Me sorprende que no se nos borren los tatuajes cuando, obligados por la opresión de la multitud, nos restregamos los antebrazos.

Los reggaetoneros se reúnen en pequeñas células. Al centro de cada una se venera una botella de ron, whisky o cualquier otro licor, además de un refresco familiar que debe estar tibio. Me sumerjo a empujones entre esa marea sudorosa, donde cuesta diferenciar la frontera entre un cuerpo y otro, mientras las bocinas expelen palabras sueltas, que sin embargo podrían contar una mini historia que desenlaza siempre en una eyaculación: tu culo, mami, papi, mía, mío, éxtasis, mojada, dart(m)e por atrás…

Y me pregunto, mientras braceo en la nata, ¿acaso no los Dead Kennedys cantaban en 1981: “Eres todo lo que necesito ahora, nena, me estoy derritiendo como un helado, aunque esté demasiado borracho para cogerte”?

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¿Entonces de qué carajos nos damos golpes de pecho? Sólo hay dos tipos de personas, dijo el filósofo: “los que tienen sexo y los que están muertos”.

Hasta los teléfonos celulares conocen el momento adecuado para morir. No hay señal en este perreódromo. Sin embargo, antes de caer en el conveniente autismo que me hará ilocalizable durante las próximas dos horas, mi teléfono se trajo las últimas palabras de mis amigos: “Estamos en el VIP. Escenario a la derecha, ¿Tú dónde?”.

Me viene a la mente responder con una frase de Chisme de zorro, de Babasónicos: “Búscame hacia el final de la noche por un rio de escotes”. Porque eso es lo que tengo delante: escotes que contienen pechos morenos, pechos blancos, pechos juveniles, turgentes, de todos los tamaños. Pantalones ajustados que no son capaces de ocultar el hilo de las tangas.

¿Y cómo es que hay un VIP aquí?, me pregunto. Si el mismo calor y hacinamiento hay en cada rincón del Bolívar.

Pero el VIP se refiere a Very incestuous People.

Porque aunque seamos hijos de Dios no tenemos pudor en restregarnos. Porque los viernes después del trabajo, los esclavos del sistema nos ponemos en celo.

Entonces, tropiezo con Ruy como quien se encuentra a otro sobreviviente después del hundimiento de un barco. Me arrastra hasta la isla donde está Vania, con otros amigos. Me abrazan, me celebran que haya venido.

Detrás de una reja que no alcanza a contener los impulsos sexuales que se extienden como infección por todo el Bolívar, encuentro a Cynthia y a un compañero suyo de la prepa. Comparten cervezas tibias y se sacuden como recibieran electroshocks. En el escenario un MC pregunta, retador: “¿Dónde están los devotos de San Judas? ¿Dónde está la gente de Tepito y de la Morelos?”.

A cada interrogante viene un grito al unísono, un ejército de puños que se levantan y una nueva sacudida corporal. Este lugar es una sola pelvis que recibe los embates de una enhiesta verga invisible.

Cerca de la medianoche, Rosa Pistola, la DJ colombiana nacida como Laura Puentes, se coloca detrás de las computadoras y ametralla, conforme a su nombre artístico, una ráfaga de buenos pretextos musicales para que esta orgía de gente vestida o medio vestida no se detenga. En el escenario una chica lleva más de media hora arqueada, en posición de perreo, con un chico untado en sus nalgas.

El perreo saca a flote nuestra parte animal, la más honesta. La que no sabe de prejuicios. A la que no le importa sino sofocar esa cosquilla genital que todos sentimos, aunque nos ajustemos la corbata, nos calcemos el sombrero y lo neguemos. El diablo está complacido. Nabokov también lo estaría –pienso –si viera a esta chica poner a prueba la flexibilidad de su espalda y la resistencia de sus piernas. Porque sé que no hay placer más primitivo que el un cuerpo que se frota contra el tuyo por decisión.

Entre cuatro ayudan a subir al entablado a un chico en silla de ruedas. Porque la calentura, la fiebre, el incendio testicular y/u ovárico no conoce distingos. Dos chicas  perrean al que no puede caminar, pero sí sonreír.

Rosa anima a la audiencia con las manos. De vez en cuando se refresca la garganta. Lleva una red de color negro ceñida a su cuerpo. Su personalidad es la de las panteras que regentean la jungla. Trae una gorra con el logo de la banda metalera de Dino Cazares, Asesino, que sin pretenderlo actúa como manifiesto de su violenta actitud escénica.

Fue de hecho Rosa quien le dijo al periódico El País en una entrevista: “El verdadero punk de Latinoamérica es el reggaetón”.

Quizá sólo se cambiaron las crestas por las trenzas y el pogo por el perreo. Los cuatro acordes, por las percusiones latinas.

Porque la incomodidad que despiertan ambas músicas, minimalistas y salvajes, es la misma.

El perreo ya es uno de los mejores amigos del hombre. Por una noche en la vida, hasta los que tenemos 39 disfrutamos hacer el reggaetón y no la guerra.

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