#FestivalMarvinCDMX - Los Buzzcocks me hacen llorar

#ENMISTIEMPOS

POR ARTURO J. FLORES

La culpa es de Valeria. Así no se llama, pero soy incapaz de escribir su nombre real. Se cuenta el pecado, pero no con quien se cometió. Además, es posible que estas líneas lleguen a sus ojos.

Existe una regla no escrita que afirma que todo lo que uno publica en Internet, será leído por la persona que uno menos quisiera.

Nos conocimos borrachos, en un bar de la Roma. A ella le gustaba bailar. Nos estrellamos a la mitad de un slam con Viva la Revolution! de los Adicts. Valeria descendió volando, como un cometa vestido de negro por encima de mi cabeza. Estuvo a punto de tirarme un diente.

¿Quién diría que a la postre lo que me destrozaría sería el corazón?

Le ayudé a levantarse del piso y seguimos bailando. Ahora juntos. Al final de la canción, me animé a invitarle un trago. Pero ella me dijo que primero la acompañara al baño. En aquel reducto infernal, donde las cervezas calientes se sirven calientes, no funcionaba la puerta del sanitario. Había que agarrarla con la mano para que algún intruso no interrumpiera la descarga del cuerpo. Valeria me pidió que me parara delante de la puerta… pero por dentro del baño.

Apenas nos conocíamos y me dejó observarla orinar. Encerrados en un asfixiante cuartito graffiteado y saturado de hedores, bien habría podido acabarse el mundo. Moriríamos abrazados aunque fuera en un charco de mierda.

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Mientras Valeria se vaciaba, le miré las piernas llenas de cicatrices de otros slams. Estaba a punto de husmear en la línea rosada de su entrepierna, cuando ella se levantó de la taza, se subió los calzones y se alisó el vestido.

Vamos por una chela, dijo.

Nos vimos otras veces. Casi siempre delante de una botella de vidrio. Me contó que perdió su virginidad a los 15, que vivió con un exnovios en un cuarto de azotea, que estudió una carrera técnica y que a veces solía coger con algún chico que acaba de conocer. No siempre les alcanzaba para el hotel, pero cualquier resquicio entre las ruinas del Centro les bastaba para obsequiarse placer. Caía ocasionalmente en las garras de uno que otro patán. Siempre mayores. Aunque a Valeria le gustaban los animales salvajes y a mí, la maldad sólo me alcanzó para volverme su mejor amigo.

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Un día me invitaron a un Encuentro de Escritores y le pedí que me acompañara. No se opuso a que compartiéramos habitación. Para ella, yo era su compa. Para mí, Valeria opacaba el sol. Después de dictar mi conferencia, fuimos a un bar. Cerca de la medianoche, volvimos dando tumbos hasta el hotel. Aún nos quedaban un par de cervezas ahí. Si con esas balas en el carrusel del revólver no conseguía seducirla, nunca lo lograría. Le dije que tenía una fantasía desde que la conocí y ella me preguntó cuál era. Hacerte un dibujo en la espalda. Valeria se quitó la blusa. Hazlo, me ordenó. Para eso somos los compas.

Se tendió bocabajo en la cama. Le pasé la punta de un estilógrafo por la piel hasta completar un unicornio. Sorprendentemente Valeria no tenía. Pero sus 21, su piel era un catálogo de moretones y cicatrices, producto todos de su afición a danzar canciones de los Ramones entre caballazos.

Yo en cambio, a mis 30, nunca había usado las manos para otra cosa que no fuera escribir.

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Terminada mi obra, me animé a besarla y ella lo consintió. Le puse la mano en el pecho y lo consintió. Yo había dejado de fumar cinco años antes y su lengua sabía a nicotina. Yo hubiera querido llenarme los pulmones de sus humos hasta estallar. Estuve a punto de desabrocharle los jeans, cuando Valeria me detuvo y buscó su blusa en el suelo. La que había recortado ella misma con unas tijeras para que pareciera la de un zombie recién nacido.

–Somos compas, no.

–¿De veras no te vas a debrayar aunque sea una vez conmigo?

Aquellos ojos siempre delineados de negro me miraron como se mira a un condenado a muerte y la blusa volvió a caer sobre la alfombra.

–Sólo esta noche, porque estoy saliendo con alguien y creo que es el bueno.

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Cuando amaneció, aún tenía  el olor de Valeria en el cuerpo. Una mezcla de hojas secas, cigarros húmedos de cerveza y tierra de cementerio. Ella descansaba a mi lado, bajo las sábanas empapadas de nuestro sudor. Recuerdo el ombligo que brillaba en medio de su vientre y su entrepierna afilada igual que una guillotina. A punto estuvo de partirme en dos.

Transcurrieron un par de años antes de saber de Valeria. Me llamó en medio de la madrugada. El llanto no me dejaba entender lo que decía. Salí corriendo para ayudarla. Estaba medio desnuda, afuera de su casa. Su último compañero sentimental había intentado ahorcarla. Me acordé de la escena final de Sid & Nancy, la película de Alex Cox.

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Después de esa vez no volví a verla. Sube que Valeria se convirtió en madre, dejó las drogas, la fiesta y el alcohol. Ya no se delinea los ojos de negro.

Dicen que el punk no muere, pero se enferma de jubilación.

Los Buzzcocks vienen al Festival Marvin CDMX. No he reunido valor para ir.

¿Y si se arma el slam y llueven hermosos cometas vestidos de negro?

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