Plasma Exprés; poder y sentimientos en la era ciberpunk

Por Ricardo Cartas

Después de haber hecho la lectura de Plasma Exprés (Planeta, Destino; 2017) de Gerardo Horacio Porcayo (1966), confirmo la idea de que la literatura no son más que una serie de mentiras que nos llevan a verdades profundas. Y es que no son pocos los estudios que se refieren a las obras de Ciencia Ficción como un apoyo que nos ayuda a entender los escenarios en los cuales vivimos o podemos llegar a vivir. A veces la realidad es tan poco lógica, que necesitamos la ficción para aspirar a entenderla.

En algunas entrevistas Porcayo ha declarado que el origen de Plasma Exprés es una crítica hacia el abuso de la tecnología en nuestra vida cotidiana; nos dice también que no hay nada más triste, que ver a una pareja en un parque cada uno con su teléfono en lugar de estar besándose. Esto lo expone de forma detallada en la novela:

CIENCIA. “El síndrome de realidades se presenta hoy en día como la afección número uno que domina y distorsiona la sana interacción familiar. Según estudios realizados por el INEGI, más del 70% de la población pierde contacto de manera acelerada con los índices de productividad y eficiencia una vez que se adhieren a cualquier red social o servicio de realidad virtual. Acceder al ciberespacio implica la inmersión completa en un mundo ideal. La diferencia entre ese mundo idealizado y el real, según los arquitectos e ingenieros de Confort Vital, es lo que propicia ese síndrome, que en muchas ocasiones no obliga al usuario a abandonar la realidad virtual, sino, en todo caso, a buscar nuevas opciones de desarrollo dentro de esta”.

Cada poder tiene su resistencia. La obsesión por las tecnologías relacionadas con las múltiples formas del poder siempre tiene miradas opuestas. Hoy nos queda claro que no hay poder que no se constituya sin el uso de la tecnología; pero también de su correspondiente resistencia. El poder vigila, condiciona y ordena a través de la tecnología; sin embargo también provoca el síndrome de realidades, el cual atenta contra algunos de los valores básicos de una sociedad de consumo: la improductividad y la ineficiencia; las cuales, también podemos entenderlas como formas de resistencia enmascarada.

Es aquí en donde quisiera apoyarme un poco en el sociólogo James C. Scott, especialmente en unos cuantos conceptos que ha dejado plasmado en su libro Los dominados y el arte de la resistencia, en donde plantea una relación entre poderosos y subordinados a partir de una especie de acuerdo, con ciertos guiones de comportamiento que ambas partes respetan en conveniencia mutua. Es decir, los poderosos juegan su papel de ejercer el poder, actúan, hacen como que tienen el poder, y los subordinados juegan, hacen como que obedecen; sin embargo, eso no quiere decir que no existan muestras de resistencia; claro que las hay, pero se dan de forma enmascarada, en clave, en zonas marginales; acciones que nos hacen recordar nuestra ingenuidad, los años en que supuestamente era la red era un terreno menos vigilado y con la suficiente libertad “concedida” para los subordinados.

Y regresamos a la novela:

CAPITAL. “Nada marcha ya por las viejas sendas. Los antiguos paradigmas han quedado obsoletos y, a cambio, intentamos proponer leyes desequilibradas que ni siquiera estamos seguros de que puedan cubrir el número mínimo de problemáticas que la cultura digital ha impuesto como un gran intransigente e inhumano dictador.

Pecan de ingenuidad quienes afirman que una cibercultura más libre, abierta al tráfico irrestricto de datos a través de los medios informativos, habría generado acuerdos más certeros.

 Las trescientas páginas de Plasma Exprés son la crónica de esa ruptura del acuerdo entre Poderosos y Subordinados; el intersticio en donde el otro, el marginal cobra poder, inteligencia, mientras que el poderoso se observa débil, perdido. Cabe señalar que la estructura de la novela de Porcayo es también un collage de capítulos y recortes periodísticos breves, mensajes que se van uniendo conforme consumimos la historia. En ese lapso Porcayo dinamita el “supuesto” determinismo social a mano de los Vricolacas. Hay que detenernos un poco en la personalidad o en las múltiples personalidades que se observan en estos seres:

“CAPITAL. Desde el principio se ha malinterpretado nuestra estética, nuestro gusto por las figuras míticas, nuestra protesta. Somos vricolacas, los vampiros que el mundo natural no dio; no con sus ventajas, tributos o poderes, sólo con sus estigmas, con sus condenas. Somos los miembros despreciados de la sociedad que han decidido revestirse con el ropaje de los temidos. Usamos sólo una variante más de la tecnología de la que estamos enamorados para hacer realidad nuestros sueños, para consolidarnos como pesadilla de aquellos que empezaron a rechazarnos cuando aún no establecíamos nuestra identidad”.

La gran metáfora que logra construir Gerardo Horacio Porcayo en Plasma Exprés es la imagen del Vricolaca, la cual representa al subordinado en estado de resistencia que fabrica un discurso oculto, enmascarado, con una identidad impostada, romántica. Los Vricolacas no creen en el poder, optan por la destrucción total, por el placer de ver arder a la moribunda Ciudad de México que siempre los marginó.

Plasma Exprés