La mexicanización del cine: racismo a la vista

TXT: Toño Quintanar

Nota: las opiniones de este texto son responsabilidad de su autor.

Hace una semana, disfrutando de Deadpool 2 –qué buena está-, me topé de bruces con un pequeño detalle el cual, hasta la fecha, me ha estado comiendo la cabeza. Fui a ver la cinta en su idioma original y resulta sorprendente –en el mal sentido de la palabra- la constante mexicanización que la adaptación de los subtítulos sostiene ante el contenido de los diálogos originales.

Las referencias a Arjona y a otros elementos “latinos” no se hizo esperar; como si los mexicanos fuéramos entes de otro mundo imposibles de relacionarse con una cultura o contexto que no sea el nuestro.

Esta situación alcanzó un momento verdaderamente grotesco cuando, durante la secuencia en la que Wade y Vanessa están deliberando acerca de los nombres que habrán de ponerle a su bebé –la mayoría de éstos propios de la cultura redneck-, en los intertítulos aparecían nombres como “Brayan” acompañados de una contextualidad un tanto denigrante.

Es sorprendente la forma en que el racismo –Brayan se ha vuelto un aceptadísimo estereotipo de tintes étnicos y socieconómicos- no sólo se ha afianzado de forma definitiva dentro de los recovecos más inmediatos del mundo de las redes sociales, sino también dentro de empresas cuyas políticas deberían de abogar por un mundo libre de prejuicios.

Lo que sucede es que la práctica de crear paradigmas socialmente digeridos con respecto a determinados grupos humanos ya se ha convertido en un modelo plenamente institucional.

La fabricación de estereotipos es una de las formas de racismo más antiguas; sin embargo, resulta espeluznante la proliferación que dicha práctica ha tenido durante los últimos años en una industria fílmica la cual, supuestamente, se encuentra luchando por extinguir prácticas aberrantes que antes eran comunes.

¿Por qué la industria actual del cine se ha esforzado en hacer del mexicano un grotesco estereotipo? ¿Por qué se nos premia de forma reiterativa en festivales de altísima alcurnia para después, ya en el discurso fílmico –que es el que realmente importa-, transformarnos en entes exóticos, sin derecho a ninguna clase de contemporaneidad?

Las muestras son muchas y van, desde la edulcorada reapropiación cultural ofrecida por Coco, hasta la cuestionable actuación de un Diego Luna -nos referimos a Rogue One- cuyo uso de un acento hispano verdaderamente artificioso parece diseñado para complacer las matrices racializantes de una Hollywood quien parece dispuesta a imponer su visión de lo que deben de ser los latinos del mundo.

La fonética es otro asunto importante dentro de este fenómeno. ¿Por qué la mayoría de las personas mexicanas que aparecen en serie o películas hollywoodenses hablan su idioma autóctono como si fueran estudiantes norteamericanos de secundaria quienes recién están aprendiendo la lengua? ¿Acaso esto responde a una forma de colonialidad? ¿A una estandarización que pretende convertirnos en una cricatura? El mundo ya ha avanzado lo suficiente como para dejar de tolerar estos despliegues de fascismo.

¿Por qué se nos arrebata nuestro derecho a expresarnos de manera ágil? Como si el idioma español no pudiera ser pronunciado con sofisticación, sino siempre de forma tropezada . Como si todos los mexicanos del mundo no pudiéramos hablar con fluidez nuestra propia lengua madre. Un estereotipo más que responde a las concepciones de una entidad hegemónica que continua haciendo del racismo el modelo de producción por excelencia.

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