La Central de Abasto: allá donde la vida empieza

TXT:: PABLO PULIDO

#MarvinCDMX

Apenas si restan algunas horas para dormir, sobre una cama improvisada hecha con un par de costales y una chamarra, Martín apenas cierra los ojos y su inconsciente se abre camino entre el olor a cebolla y el gas carburado. Para cuando vuelve a acomodarse, un compañero lo despierta con una ligera palmada. “Órale, wey, ya llegó el camión, hay que descargar”. Apenas Martín termina de bostezar, cuando un costal de 20 kilos de cebolla blanca ya lo está esperando para ser depositado en la bodega.

No se queja, porque ésta es la rutina que aprendió junto a sus papás. Tiene muy grabado ese recuerdo, de acompañar a su padre a cosechar bajo un Sol que lo mismo daba y quitaba, y que para eso de la 1 de la tarde, su madre venía bajando del pueblo con una canasta con tortillas a mano y albóndigas en salsa roja. “Un manjar para un campesino”, decía su progenitor mientras éste se secaba el sudor con una mano todavía con rastros de tierra. No hay tiempo para etiquetas.

A los 15 años, Martín tuvo que viajar a la Ciudad de México para ganar más dinero, ahí trabajaría con un tío en una bodega del andador J, el pasillo más transitado y popular de compra minorista. A los pocos meses, le tomó gusto a su nuevo trabajo. Definitivamente era un ambiente más colorido, más vivo, cierto que extrañaba todos los días a su familia, pero estaba ahí por ellos, para apoyarlos, así que tomar siestas sobre costales sucios no era ningún problema.

Pasaron los años y Martín trataba de ahorrar lo suficiente para hacerse de su propio espacio. Con el dinero juntado (que se escapaba a veces en caguamas y en compras impulsivas en la nueva plaza comercial frente a la Central) pudo hacerse de un pequeño local en la zona de subasta. El inicio no fue tan difícil, su tío le ayudó a conseguir proveedores y hasta lograba colocar en mostrador los productos cosechados por su padre. Lo difícil era conseguir los clientes.

Familias, restauranteros (as), tiendas de abarrotes y hasta mercados gourmet se pasean y consumen todos los días el esfuerzo de campesinos y vendedores que tratan de dar el mejor precio y productos. Un centavo puede marcar la diferencia entre el interés y la decidía; para cuando Martín escucha un “¿De a cuánto, joven?”, él sabe que está frente a un comprador o compradora en potencia, y para cuando observa que éste o ésta ha inspeccionado de 2 a 3 zanahorias o cebollas (analizando textura, color y hasta olor) y saca su lista de compras como calculando el gasto, él se acerca rápidamente con su charola: “¿Cuántos kilos le vamos a dar?”

Después de una gran venta, que se reducía considerablemente entre pago de renta y propina camioneros, Martín sabía que no debía perder ningún minuto que Dios le daba para aprovechar el trabajo, así que no descansaba ningún día: “Mucho descansaré cuando yo muera”, siempre contestaba cuando algún amigo le recomendaba tomar un descanso, por lo mejor un par de días en Acapulco.

Así como Martín, existen cientos de comerciantes que diariamente van y vienen, venden y compran, promueven y consumen la canasta básica de la alimentación en México. La Central de abastos es uno de lo puntos comerciales más importantes en el país, incluso es considerado –como mercado– como el segundo centro comercial más importante del país después de la Bolsa de Valores.

Inaugurada en 1981, como parte de un programa de ampliación en la red de distribución de alimentos en la Ciudad de México, la Central de abastos no sólo complementó las tareas comerciales que el Mercado de la Merced ya no lograba satisfacer, sino que se convirtió en el punto inicial de la alimentación capitalina y sus alrededores, como hace 600 años lo hacía su antecedente el gran mercado Tlanechicoloyan. Hoy, la Central de abastos es la base, el comienzo: el lugar en donde inicia todo.

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