#EnMisTiempos - La música sicaria: enviada a matarnos

#EnMisTiempos

Por Arturo J. Flores

La música hiere. Incluso mata.

Cuando era reportero del periódico Récord, me tocó darle seguimiento al deceso del bajista de la banda catalana Dusminguet. Sucedió en Guadalajara en 2002. Luego de ofrecer un concierto que por causa de la tragedia se volvería memorable, justo en el encore, Carlos Rivolta se encontraba empapado en sudor. Decidió descansar un minuto en la escalera metálica situada a un costado del escenario. Al contacto, recibió una descarga eléctrica fulminante. La física impuso que la humedad de su cuerpo sirviera como conductor para la electricidad.

Con todo y el riesgo que implica practicarlo, el matrimonio entre el slam y la música, sobre todo en los géneros más estridentes, resulta indisoluble. En ocasiones, los caballazos cobran víctimas.

A un amigo lo sacaron en ambulancia en 2008 luego de romperse el omóplato mientras Ozzy Osbourne interpretaba Paranoid en el Foro Sol, en su segunda visita como solista a México. Hasta donde sé, aunque sus huesos soldaron, pero le quedó cierta inmovilidad en el brazo y un trauma post-slam similar al de los sobrevivientes a la guerra de Vietnam.

Me tocó estar en un concierto de Dimmu Borgir en 2008 en el que la banda noruega tuvo que interrumpir su actuación. Los músicos se guardaron en sus camerinos mientras los paramédicos trasportaban en ambulancia a un chico que había volado por los aires y aterrizado en el concreto. Lo mismo me tocó atestiguar con Green Day en su primer visita a México. 1999 en el anexo del Palacio de los Deportes.

La música nos fascina. A algunos los salva de desbarrancarse. Apenas la semana pasada charlaba con Karla Reyna, la Niña Dioz. Me contó que estuvo en cuatro ocasiones en el Reformatorio entre los 14 y los 17 años. Lo que evitó que cayera una quinta en la cárcel de los adultos, en el hospital o en el cementerio, fue que aprendió a rapear.

Caso contrario a la de Dashboard. Banda mexicana de metal que en 1990 publicó un único y genial disco, 1900. Su guitarrista Cuauhtémoc Montaño falleció y después de su muerte, la agrupación se disolvió. Un amigo que presuntamente los conocía me contó que después de la presentación de su álbum, los músicos se fueron a la playa a celebrar, pero Cuauhtémoc se ahogó. Hasta ahora no he conseguido conocer a alguien que pueda corroborar la historia.

Pero la música también hurga en las heridas. Les pone sal. A Fito Páez no le es fácil cantar Ciudad de pobres corazones en sus conciertos. No importa que hayan pasado poco más de 30 años desde que el psicópata Walter De Giusti asesinó a sus abuelas. Para él, cada vez que canta “En esta puta ciudad, todo se incendia y se va”, la rabia vuelve a germinar en su estómago. Por más que tenga enfrente a un público eufórico.

De ejecutantes a los que ha besado la muerte sobre el escenario recuerdo dos historias, además de la del bajista de Dusminguet.

El cantante japonés de punk Masami Hosoya, que colapsó a la mitad de un concierto en 1989 y se mantuvo en estado de coma hasta su muerte en 1992; y Mark Sandman, el bajista y cantante de Morphine, víctima de un ataque cardiaco que le arranco la vida mientras ofrecía un concierto en Italia.

La música es el espejo del dolor. Todos tenemos una canción que nos recuerda algo o a alguien. La que no podemos escuchar sin sentir que se nos encoge el estómago. Aquella que nos gusta, pero asemeja el filo de una espada que se hunde lentamente, destrozándonos las entrañas. La que nos obliga a desear que ojalá la musa nunca hubiera visitado al compositor.

Música que nos trae al pensamiento algún amor saboteado. Un familiar ausente. Un tiempo que pensábamos mejor que el presente.

Puede ser que no hagamos música, sólo la escuchemos, que nunca hayamos subido al escenario. Pero de una forma u otra, todos acabamos siendo víctimas de su influjo. Raspados, con los huesos rotos y en carne viva, no queda de otra que levantarnos y seguir escuchando.

Una de las mías:

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