#EnMisTiempos - Jovencita, usted me da miedo

#ENMISTIEMPOS

POR ARTURO J. FLORES

Como cuando te duele la boca de tanto besar. Sin llegar a más. Apenas una caricia furtiva sobre la ropa. La gota sexual que se te escapa por culpa de la excitación reprimida. Todos hemos tenido una tarde de besos.

Se te duermen los labios. Te saben a una saliva ajena. Cerraste tanto tiempo los ojos que cuando por fin los abres la luz te marea. Como cuando abandonas el cine después de dos horas. Besar es un deporte de alto rendimiento. Sudas como si escalaras una montaña. Aunque el resto de ti apenas cambie de posición. Sentado. Acostado. De pie. La energía se concentra como una explosión de estrellas en la punta de la lengua, que se retuerce igual que un animal húmedo y perezoso. Como un manatí rosado intentando asfixiar a otro.

Besar es sostener una discusión sin palabras. Decir lo que uno se atreve. Tragarse la voz del otro. Se parece mucho a decir la verdad, porque sólo se puede besar de frente. Se besa para que los segundos pasen más rápido. Aunque no tienen medida de tiempo. Los hay de horas enteras, que de tan exquisitos parecen haber durado un segundo. Hay otros que apenas significan un rozón en los labios pero se ha esperado tanto por ellos que parecieran haberse extendido toda una vida. Algo mantienen todos los besos de aquel primero.

A los besos se les hacen pero no existen por sí solos. Necesitan de besadores para ser besos. Se habla de ellos. Se les recuerda o se les añora. Habitan en la imaginación del que se muere por besar, pero se le niega el permiso. Se les niega el derecho a existir. Eso es lo más cruel.

Se debería besar en silencio. Habría que ensordecer voluntariamente cuando uno le abre la boca a otro aliento. Porque el beso corroe como termita. Se extiende en tu alma como mancha de humedad.

Pero he caído en la tentación de besar mientras suena una canción. De saborear el alma de una persona para rumiar muchos años después su recuerdo cada vez que vuelve a sonar la misma melodía. He besado de día, de noche y de madrugada. Sobre todo por la tarde. Debería estar prohibido besar al cobijo de la tarde. Cuando el se desangra y la luna se alista para saltarnos encima.

Algo tienen los besos a esa hora que saben distinto.

Los de una mujer joven, por ejemplo. Sobre todo cuando han bebido.

El regusto de la cerveza en su boca desata un maremágnum erótico en quien recibe el elíxir. Si además la depositaria del deseo es fumadora, a la receta del beso hay que añadir el perfume de las hojas secas. Sumado al nivel prohibitivo de la escena –porque si además se trata de un beso robado cuando la moral se distrae–, la experiencia se torna irrepetible. Porque no hay beso idéntico a otro. Incluso con la misma persona.

Me gusta más besar al Diablo que a Dios. A quien te muerde los labios como si quisiera arrancártelo, que dejan caer los dientes como guillotina. A la que se prende de tu boca con el apetito de Rómulo y Remo a los pezones de la loba.

Las tienen metal en la quijada. Las que con un soplo te revientan los huesos. Las que inspiran poesía disfraza del fuck you expelido por las guerreras del cine porno. A las que acompañaría uno, hipnotizado y sumiso, hasta el cenote maya para que nos sacaran el corazón azulado después de darle un beso de despedida. Las que te hacen soñar con abrir de piernas a la princesa Ixtab para besarla en la ingle.

Las que besan con la pasión de la marea. Las que te dicen que no y te dejan sed de brisa Marina.

Como cuando te duele la boca por no besar.

 

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