#EnMisTiempos - El amor en tiempos del becariato

#ENMISTIEMPOS

POR ARTURO J. FLORES

Los he visto reproducirse. Como dice Ska-P en una canción, “proliferan como bacterias en una infección”. No lo digo en sentido peyorativo. Porque son los menos culpables de las causas que los originan.

Pobres becarios: tan cerca de la esclavitud moderna y tan lejos de un trabajo justo.

No recuerdo que existieran cuando era yo estudiante.

Entonces uno se llamaba “novato” o en el argot de la más Vieja Guardia, era un “Hueso”. El reportero comodín que cubría lo que nadie quería. Recogía agradecido las sobras. Era receptáculo de gritos y sombrerazos. Le rompían la cuartilla en la cara. A veces también lo enviaban a comprar los cigarros, las tortas y los refrescos de los venerables tlatoanis de la comunicación.

Pero uno se crecía al castigo. Tarde o temprano aquellos ancianos abundantes de experiencia derramaban su sapiencia en las jóvenes esponjas. Yo siempre he sostenido que el periodista que soy se o debo a la dureza de los editores que tuve.

Pero el becariato es otra cosa.

Porque los “huesos” veíamos la luz al final del túnel. Sabíamos que a costa de nadar a contracorriente, de comerse la mierda a puños, tarde o temprano nos ganaríamos un lugar en las redacciones. Obtendríamos un trabajo, un sueldo, un prestigio.

Ya no más. A los becarios sólo les queda la incertidumbre. El señuelo de la promesa.

“Si le chingas, te contrato”.

La mentira.

“Nos recortaron los recursos”.

El espejismo del respeto.

“No te puedo pagar, pero ganarás mucha experiencia”.

Los becarios se extienden igual que un hongo que duerme poco, come casi nada, no se queja ni cuestiona, que resuelve y deja la vida, el hígado, los datos de su propio celular (sobre todo si es CM), transforma su tiempo libre en una extensión de la jornada de trabajo, utiliza su propia computadora, se pasa las “vacaciones” conectado a la red en espera de los latigazos virtuales del jefe que se asolea desnudo a miles de kilómetros de la agencia.

El becariato hace honores a lo que la Mala Rodríguez dice en su flow: “Sólo los esclavos saben lo que vale un día de su vida”. Pero aún así, los becarios le entregan su vida a la que parecer la única opción de ocuparse. Cinco años de Universidad estudiando una carrera de Comunicación, de Diseño, una Ingeniería, Leyes o Contaduría, parte terminar como un peón desechable para la maquinaria.

“Se solicita becario” publicado en las redes debería provocar un pavor mucho más grande que la risa de Pennywise.

Pero una falsa oferta de trabajo pautada cien veces en Facebook termina por volverse real.

Parece que hoy vine a hablar de todo menos de música. Tal vez el octavus interruptus de la Selección mexicana en el Mundial, el vacío de conocimiento que genera la huelga de Wikipedia o el proceso electoral que vivimos me puso sentimental. Quizá sean mis nervios. Pero hoy pensé en mis becarios.

Los que teclean a mi lado sin salir de comer. A los que he visto desfilar en las oficinas entregando los bríos de su juventud. Espero de todo corazón que estén conspirando en lo oscuro, que se reúnan en la Puri cuando el sol se esconde, que se destapen una cerveza para despistar al enemigo para planear la Revolución.

Sueño con que un día filen los lápices para usarlos como armas, que suban a Instagram emojis de Karl Marx y se decidan a derrocar ese aplastante engranaje que se alimenta como un vampiro de sus ilusiones. Porque estoy seguro que más allá del becariato existe un futuro.

Donde te pagan.

Donde respetan tu horario.

Y no están prohibidos las relaciones entre empleados.

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