El Imperial ha muerto, ¡viva El Imperial!

#ENMISTIEMPOS

POR ARTURO J. FLORES

Dicen que esa noche no hubo taxis para llevar a la gente a su casa. Ni valet parking tampoco. Hasta el señor que vendía cigarros sueltos se dio el lujo de hacer a un lado el trabajo. Todos entraron a fiestear.

“El de los taxis dijo: el Imperial ya me dio de comer muchas noches. Hoy sí quiero reven”, me cuenta Vince Monster, de Rebel Cats.

El cantante y baterista estuvo presente la noche del sábado 7 de julio. Llegó tarde, porque venía –irónicamente– de un velorio. No se imaginó que asistiría también al funeral de cuerpo presente del club ubicado en Álvaro Obregón 293.

Parecía otra desvelada cualquiera. Porque en el Imperial lo mismo podía encontrarse uno al bajista de una banda indie con menos de 3,000 seguidores en Instagram, que a una estrella del tamaño de Tom Morello, un actor porno como Ron Jeremy o a un escritor como Irvine Welsh. No hacía ni 15 días el autor de Trainspotting había puesto en los players, durante su actuación como DJ utilizando la camiseta de la Selección, Puto, de Molotov.

A la media noche se rompió el encanto, como en los cuentos. Lo que hasta ese momento se esparcía como rumor, se hizo oficial en boca de Atto y El Chamuco. Aquella sería la última noche de El Imperial. 10 años.

–¡Que no se acaben, güey! –les gritó alguien a mitad del discurso.

Tres días después del cierre, recibo la respuestas de Atto. “¿Por qué?”, le escribo en Whatsapp, como seguramente muchos asiduos al bar aún se preguntan. “El ciclo se cumplió. Después de 10 años, mi socio Jorge González y yo, queríamos pasar a nuevas etapas de nuestra vida, para dedicarnos de lleno a otros proyectos que también tienen que ver con el arte y el entretenimiento”.

–¿Volverá alguna vez El Imperial?

Su respuesta es breve, pero contundente: “No, definitivamente terminó”.

En su Facebook, Atto escribió un extenso agradecimiento a las personas que formaron parte de la historia de El Imperial. También recordó las razones que los llevaron a él y a Jorge a abrirlo, en 2008. “Lo único que tuve que hacer fue pensar en mis 25 años como músico y en cómo me hubiera gustado que me trataran en los cientos de lugares en los que he tocado”.

Resumido en pocas líneas: un audio decente operado por un ingeniero y un staff dispuestos a ayudar, un camerino limpio, una buena decoración, tragos bien servidos y un pago justo. Lo que debería ser regla en la escena musical en México representaba la excepción en El Imperial. Un sueño dorado.

“Te hacían sentir como rockstar”, me cuenta por teléfono Vicente Jáuregui, guitarrista de Capo y exeditor de Marvin. Me dice que asistió en la inauguración hace diez años y regresó a su clausura el sábado pasado. Tres días antes había recibido una invitación por correo electrónico en cuyo asunto se leía: “INVITACIÓN | Fiesta Aniversario #ElImperial10”. Llegó temprano porque se quedó de ver con unos amigos que a la mera hora no fueron. Pensaron que su abrevadero festivo consentido estaría esperándolos la semana siguiente.

Los seres humanos tenemos esa mala costumbre de dar por sentado las cosas. Para ellos ya no habrá otra noche de Imperial.

La invitación no decía nada. Ni siquiera un asomo de duda arrojaba. Habría que ser muy perspicaz para adivinar en su texto un asomo de epitafio.

“El Imperial cumple 10 años y quiere celebrar con todas las personas que han hecho de este lugar uno de los más emblemáticos de la Ciudad de México después de dar más de 3,500 conciertos y escuchar a más de 2,000 bandas.”

 

Vince y Vicente recuerdan haber visto gente llorar cuando se hizo oficial la noticia. Quizá alentados por la barra libre, pero también por el golpe de recuerdos que se les vino encima.

Los DJ’s Bonz y Astro lucían desencajados. El baterista de Hello Seahorse! tuiteó en las primeras horas del domingo:

El candelabro permanecía inmóvil. Testigo mudo de una historia que ese día escribía su punto final. Así como a las estrellas de rock les gustan los 27 años para morirse, el Imperial se fue a dormir justo cuando apagó 10 velitas en su pastel. No quiso esperarse a que le pasara como al CBGB, que falleció en medio del olvido y las deudas de sus propietarios. Atto prefirió que El Imperial se despidiera en pleno uso de sus facultades, con llenos regulares y transformado en lo que Vince define como “un imán de la fiesta, ni siquiera teníamos que ponernos de acuerdo para terminar ahí”.

Dicen que el rock está muerto. Atto argumenta que aunque los formatos se transformen, nada superará a la experiencia de ver a una banda en vivo. Vicente Jáuregui, que en sus años de periodista acudía al Imperial a descubrir bandas nuevas, observa que últimamente había más DJ’s que grupos sobre el escenario. Al final, esa última noche en El Imperial Vince Monster y su colega de Capo celebran que no se haya escuchado electrónica sino canciones de AC/DC, Franz Ferdinand y Led Zeppelin.

Es probable que al final de la fiesta alguien haya hecho honores a la rola de The Doors y cerrara la puerta antes de irse.

When the music’s over

Turn out the lights…

Pudo ser una estrella de rock… o un taxista.

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