El discreto (y algo morboso) encanto de los Tríos

Por Juan Carlos Hidalgo

Los hijos únicos siempre tenemos con los padres una relación triangular, Ane me despierta otra vez con sus palabras. Yo no sé si atino: Puede que quizá no haga falta que los hijos sean únicos para vivir con los padres un triángulo”.

Dos grandes amigas beben y se cuentan cosas. Una de ellas pretende remontarse a la atracción que sintió por otra mujer, aunque nada tenga que ver con lo lésbico. La otra la escucha sin revelarle que en algún momento de su vida fue participe de un menage a trois con dos hombres y que fue una experiencia algo decepcionante con todo y su aroma a hachís y novela de Paul Bowles.

A fin de cuentas, Ane cuenta la misma historia a dos personas en distintos puntos del tiempo y el espacio. De tal suerte que los triángulos se multiplican y esparcen. Y precisamente tal es la intención de la compilación de cuentos editada y prologada por Paola Tinoco para Anagrama. Cada uno de los once participantes debió enfrentar el reto de plantear una situación a tres bandas de la manera más peculiar posible.

Sin duda que la española Marta Sanz lo logró con suficiencia en “Carita de Jeanne Moreau”, accediendo a las intimidades del universo femenino –del que procede la cita que abre esta nota-. Seguro que muchos lectores comenzaran el libro a partir del morbo que provocan los triángulos amorosos para luego enterarse que tales tensiones no siempre se producen entre amantes. Ahí es donde se destacan dos cuentos.

En “Los parcos” se muestra a una terna de torvos sujetos que regentean una funeraria de poca monta. El negocio no despertaría interés entre la gente del barrio si no es porque se enteran de que los tipos poseen ciertos conocimientos que les permiten ir y venir del territorio de los muertos; son muchos los que desearían que les permitieran acompañarlos para conocer el destino de las personas a las que han amado. Una vez más Alberto Chimal luce sus habilidades para crear ámbitos llenos de misterio y fascinación que muestran una parte más oscura y hasta metafísica de la gente. Mezcla fantasía y cotidiano a la perfección.

Por su parte, el hidalguense Yuri Herrera exhibe los códigos propios tanto de las sociedades secretas y los carteles para presentar un breve malentendido entre miembros de algún tipo de clan que llevan el encargo de asesinar a alguien. El más mínimo error puede modificar la tarea de los sicarios e implicar a otro miembro que tan sólo estaba ahí como un testigo circunstancial. “El lúser” es preciso y barriobajero a partes iguales.

Aunque uno de los rumbos más inesperados de la entrega lo emprende Mariana H en “Súper para uno”. Aquí un departamento ocupa uno de los lados narrativos, mientras que en los restantes se colocan una nueva inquilina y los resabios de la anterior habitante. Aquí una mujer decide emprender una nueva vida y tiene que descubrirlo todo de su nuevo hogar por el que desfilan algunos rastros de quien antes vivía ahí. El momento plasmado en el relato es el pretexto para que surja una larga lista de interrogantes que lo llenan de vitalidad.

Pero por supuesto que hay sexo y enamoramiento –no podía faltar-; Sara Mesa abre el volumen con “Escarabajos”, una historia de iniciación con una niña y una adolescente que asisten a un campamento de verano en el centro. Hay Tríos de todo tipo involucrados en historias que suelen dar vuelcos. Es por ello que esta entrega sin desperdicio cierra en lo más alto cuando Juan Villoro en “Dios compensa” nos muestra a dos oficinistas ya mayores involucrados con mujeres mucho más jóvenes que provocan ellos un amor-odio que puede tener consecuencias devastadoras.

Con todo y su brevedad, es un recorrido panorámico sobre implicaciones entre tercias y sus variopintas circunstancias. Sus lecciones pueden ser lapidarias, porque como anota Andrés Barba en “Trío en Súper-8”: “Toda tristeza es disfraz, toda alegría es desnudez”.

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