TXT: Toño Quintanar

Mucha expectativa –y algún que otro gesto de escepticismo- causó entre los fanáticos de los cómics el anuncio de la adaptación del relato clásico de Neil Gaiman, How to Talk with Girls at Parties, al formato fílmico.

Tras múltiples retrasos, esta producción finalmente ha arribado a las salas de cine y el resultado, aun cuando resulta un tanto imperfecto, no carece de cierto atractivo conceptual.

Analizar de manera justa a esta producción requiere de enumerar tanto sus aciertos como sus errores; ambos aspectos que se desprenden de la elección por parte de John Cameron Mitchell de darle especial importancia al contexto punk en el que se desenvuelve la narración.

En primera instancia, la cinta logra ubicarnos de manera sumamente inmersiva en una serie de atmósferas que capturan de forma plena las esencias que eran consustanciales a la Inglaterra de mediados de los setenta. Las perspectivas urbanistas, la estética del fanzine y la estridencia emotiva se transforman en los ingredientes más acertados de una experiencia cuasi virtual que nos introduce de lleno en una serie de momentos sumamente intensos.

Situación a la que se suma un despliegue performático (las secuencias en la casa de los extraterrestres son el mejor ejemplo) que por momentos nos remite a los happenings incubados durante los albores de la contracultura sesentera.

Sin embargo, también es justo destacar que los personajes presentados a lo largo de la cinta muchas veces se antojan más como una caricatura del movimiento punk que como auténticos representantes de dicha escuela. Mismo fenómeno que no es justificable ni siquiera tomando en cuenta el carácter cómico de la cinta.

Es evidente que el género de la comedia romántica permite ciertas licencias; sin embargo, es imposible no preguntarse si a Cameron Mitchell no se le pasó la mano con la melcocha al momento de idear a sus protagonistas ya que, por momentos, éstos hacen del punk un verdadero cliché, un fenómeno apeluchado –despojado de toda su corrosiva y casi diabólica incorrección- que se adapta más a los cánones añoñados de la época actual que a las tendencias autodestructivas de los setenta.

El objetivo de la cinta se cumple de forma efectiva: nos hace pasar un buen rato y, por momentos, logra emparentarnos de forma plena con los elementos más seminales de una época que siempre resultará cautivadora. Sin embargo, es imposible no preguntarse qué hubiera pasado si el director hubiera elegido adaptar de manera fiel las inquietudes introspectivas que son propias del texto original. Muy probablemente, el resultado hubiera sido una obra más emparentada con el relato fantástico de horror y no con la comedia cursi.