Jambinai: un estruendoso ritual que viene desde Corea del sur

Por Juan Carlos Hidalgo

He regresado con las manos vacías desde tan lejos…

Las flores silvestres, mudas, sonríen para que me quede.

Así que el diablo de la poesía me regaña en todas partes”.

Kim Kuk-Ki

 

No son pocas las culturas en las que aparece el símbolo de una serpiente que se muerde la cola; y también se cuenta con la versión transformada en dragón. Existen evidencias que ciertas especies de serpientes pueden recurrir a dicha práctica de autofagia, pero lo importante es la interpretación que se le ha asignado. Tanto en Egipto como en Grecia y los posteriores tratados alquímicos de la edad media, El uróboros simboliza un ciclo completo que, sin embargo, empieza infinitamente. También representa la unidad fundamental o la persistencia de ésta en el tiempo.

Aludo a esta representación en el entendido de que hay formas del arte que al buscar proyectarse al futuro no hacen sino regresar a un estadio primitivo del mismo; se trata de una eclosión de pasado y futuro en el presente. Y me refiero especialmente a cierta música y en específico a la que producen los coreanos del sur de Jambinai, un poderoso estruendo que dejará pasmado a más de uno.

Porque podría decirse que se trata de un proyecto que alcanza cotas muy altas de pesadez, y eso es cierto, pero también me quedaría corto, porque lo que hay es un retorno a esos tiempos primigenios en que la música era algo ritual, cuasi sagrado; una puerta de entrada hacia una dimensión desconocida. Ellos buscan una exploración sonora que genere máxima tensión a diferentes velocidades; pueden alentarse hasta casi rozar el drone y su esencialismo, para luego explotar en saturadas atmosferas mucho más abigarradas.

Resulta fundamental que el trío provenga de un entorno musical muy distinto; Corea posee su propia concepción de la música y ellos la viven a plenitud, aunque el mundo occidental los coloque en el territorio sonoro del post-rock, a modo de tener un asidero descriptivo. Porque si partimos directamente de los instrumentos, el resultado tendría unas propiedades únicas. Ilwoo Lee, toca la guitarra y el piri, una especie de oboe fabricado con bambú; Kim Bomi, se encarga del haegum, un instrumento coreano de cuerda; y Eun Youg Sim del geomungo, un simil asiático de la cítara. A ello hay que considerar que en sus directos incluyen a Byeongjo Ju en el bajo y Jae Hyuk Choi en la batería.

Vienen trabajando juntos desde 2009, una vez que se graduaron de la Universidad Nacional de Artes de Corea. Se conocían desde estudiantes, pero una vez fuera se plantearon como mostrar de otra manera el acervo tradicional y combinarlo con otras tradiciones. Desde un comienzo sabían que provocarían un choque de grandes proporciones.

Que este año se confirma con la aparición de A hermitage, un segundo Lp que cohesiona a la perfección toda la serie de ideas que confluyen en el proyecto; un complejo collage sonoro que implicaba todo un reto para lograr que las piezas encajaran. A la postre, se volcaron sobre 8 temas de larga duración que garantizan una experiencia plena e intensa, que además nos recuerda que el ruido también es una apreciable forma de arte.

La propuesta de Jambinai se destaca al surgir de un país atascado de un pop plastificado y pasteurizado que parece extenderse como una plaga en el resto del mundo. Se trata de un contrapeso áspero y bien rugoso para la melosidad y cursilería del K-pop. Si se les atribuye el encargo de cargar con la vanguardia de su país, pues lo resuelven con maestría y transgresión por igual. Tan es así que han encontrado sitio en varios de los festivales más influyentes del panorama internacional. Apenas entre 2014 y 2015 pasaron por el SXSW (E.U.A.), Roskilde (Dinamarca), Primavera Sound (España) y Glastonbury (Inglaterra), entre otros.

Ahora están mostrando al sucesor de Différance (2012) y el impacto que provoca hace que algunos los ubiquen como parte del llamado post-metal mientras que para otros lo que hacen es folk del futuro. Crean una maraña de intensidades que, sin duda, nos remonta a ese instante primitivo del trance y reivindica los fundamentos hipnóticos de la música. Con ellos, lo más avanzado es lo que nos remonta a la invención misma de esta forma de arte.

A Hermitage también constituye su llegada a la disquera gourmet británica Bella Union, que potenciará la difusión de su obra. Lo que comenzó en el más estricto underground coreano tomará mayor magnitud, tal como lo ha hecho una música robusta y elusiva, que va de la apertura con “Wardrobe” al cierre con “The y keep silence” (utilizado como sencillo).

Jambinai han concretado lo que para muchos artistas es una búsqueda que les llevará la carrera entera, es decir, propiciar una experiencia sensible irrepetible y sui generis, que no se queda sólo en lo instrumental sino que también presenta un peculiar uso de la voz en “Abyss”. Durante mi exploración para enterarme sobre lo que hacen en un escenario no me sorprende que la periodista española María Callizo Monge se refiriera de la siguiente manera a la sensación de presenciar una de sus actuaciones: “¿Habéis sentido alguna vez cómo os sacaban de vuestro cuerpo y os convertíais en un ser ingrávido, indoloro y libre? ¿Habéis conseguido llegar a ese nivel de paz interior?”.

Jambinai nos hace sentir hombres primitivos realizando un ritual dentro de una caverna y alrededor de la hoguera. En algún momento hará falta salir por más leña y el encargado se llevará la gran sorpresa de que aquella gruta flota a mitad del espacio. A fin de cuentas, el universo es lo que uno imagina y la herramienta fundamental es el arte; eso es lo que nos confirma como humanos.

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