El día que me vaya no se lo diré a nadie

Un vistazo a la primera novela de Kiko Amat

Ácido, Cruel y Pop
Una columna de Juan Carlos Hidalgo

Con cada libro uno busca salir al encuentro de pasajes y frases memorables; a continuación uno de ellos: “Julián encuentra el disco que estaba buscando en el sitio totalmente incorrecto y se acerca al plato otra vez. Se pregunta si a ella le gustará la cinta, a lo que responde que seguro, y se pregunta si ella entenderá cómo esos discos le han enseñado a vivir, le han hecho llorar, le han hecho bailar, le han hecho sentirse más fuerte y le han ayudado cuando estaba triste. Nada en su vida puede explicarse sin esos discos. Todos esos discos le han salvado la vida, por decirlo de alguna manera”.

Tan rápido ha cambiado el mundo que muchos ya ni se acordarán de lo importante que era grabar un cassette para una conquista o posible romance; se trataba de un total manifiesto, de una proclama… de una lista de principios de la manera en que se veía al mundo y, además, el lanzamiento de un anzuelo sentimental. Parafraseando a Luis Eduardo Aute, en cada compilación a uno le iba la vida en ello.

Y para un melómano era un ritual de máxima importancia –la misa de la música-. ¡Qué a prisa marcha todo por estos días! En este momento los discos son casi un objeto en extinción, por más que los vinilos estén de vuelta y algunos nostálgicos editen sus producciones en cassette. A la postre, las tiendas de discos como tales están destinadas al olvido –su formato tiene que cambiar y ampliarse-. Pero a muchos los discos nos siguen fascinando; les rendimos culto. Y es por eso que cada lector se puede quedar atrapado en una especie de trance o mundo paralelo –como le ocurre a Julián, el protagonista- mientras avanza, página a página, de una novela que ama la música y que cuando se publicó por vez primera en 2003 ya tenía ese toque vintage, bien conocido como uno de los mejores exponentes de la literatura rock: el catalán Kiko Amat (1971).

00106520236016____2__1000x1000

En la mayoría de la obra de este asequible y entrañable novelista hay cierta evocación por el pasado, una visión amorosa hacía esos tiempos idos descritos por muchos como el momento aquel de “cuando fuimos los mejores”. Ya en su momento repasó qué se sentía ser el primer punk en un ignoto pueblo de provincia enmohecida –Rompepistas (2009)- e incursionó en una camarilla bohemia armando un ataque terrorista medio hippie para sacudir a Barcelona –Cosas que hacen BUM (2007)-, antes de pasar a husmear en el pasado inmediato –todo presente mientras se escribía- y tocar el movimiento de los indignados desde la crisis de los cuarenta –Eres el mejor, Cienfuegos (2012)-.

Al margen de su trabajo periodístico (que ya suma dos libros, de los que Chap Chap circula en México vía Blackie Books), resulta interesante y peculiar acceder a su primera novela, que de alguna manera es una historia de amor irrealizado. Comienza con un desarrollo en paralelo de las vidas de Julián y Octavia. Ambos fastidiados de las rutinas que llevan, y corroídos por el aburrimiento y la falta de ilusión. Él laborando en una librería de poca relevancia y ella siendo una locutora especializada en voces para sistemas de atención telefónica, además del transporte público –es la anunciante de paradas de camión y metro en Barcelona-. Ambos son completamente disfuncionales y llevan consigo divertidos y alucinados monólogos interiores (en su interior reinterpretan a la realidad).

El desarrollo supone que habrán de encontrarse en algún momento y es el oficio del escritor lo que deslinda a la novela de los lugares comunes sin que en ningún momento pierda ese toque indie que la caracteriza; aunque Kiko no es precisamente indie sino un amante de otras músicas huidizas, entre las que se encuentra el Northern soul –es el más inglés de los críticos musicales españoles-. Su habilidad le permite dar una vuelta de tuerca al típico true romance y cuajar la historia.

Por supuesto que muchos apasionados de la literatura que transpira música recordarán en esta novela a la querida Alta Fidelidad de Nick Hornby –y no viene nada mal-, mientras que también evocarán el tiempo en que aparecieron películas como Pretty in pink (1986) y Something Wild (1986). Lo interesante es que a través de los años la historia no pierde vitalidad y encanto. ¡Queremos seguir perdidos entre discos, amando nuestras manías y buscando apartarnos del resto de mediocres! ¿Será romanticismo? Seguro un poco, pero la utopía muere al último… si es que muere.

Vale la pena hurgar en aquella polaroid de un tiempo en que existían todavía las cabinas telefónicas (sin celulares y redes sociales) y algunos barrios de Barcelona sublimaban su encanto –Gracia era una fiesta-. En suma, nos emociona esa visión de unos chicos desencantados y ansiosos por hallar su ruta. Ya bien lo dice Octavia: “El día que me vaya no se lo diré a nadie. Que pasen los días sin saber adónde voy, y sin saber su opinión sobre mi viaje. Que me miren en el tren y no sepan quién soy. Que no tenga que sonreír si no quiero. Hablar si no quiero. Comer sin hambre. Reír sin ganas… El día que me vaya no se lo diré a nadie”.

Hay novelas que se quedan para siempre y con ellas, sus canciones. Acá llegamos a la cumbre mientras suena “The tears of a clown” de Smokey Robinson and The Miracles. A la gloria se llega con música.

Los comentarios están cerrados.