Zoé en la prehistoria

 I.

Al parecer, no existen registros que lo puedan confirmar o testigos presenciales que sean capaces de hablar de ello. Nadie ha podido darme información fidedigna y en Internet, al parecer no existe un sólo dato al respecto. Me baso pues en el complejo y resbaladizo expediente de la memoria. No se culpe a nadie sino a mí, de lo que pueda ser real y de lo que pueda ser producto de los más traicioneros recuerdos.
 
A principio de los años noventa, mis hijos Alain y Jan –hoy veinteañeros inmersos en los terrenos de la música electrónica y el diseño gráfico– cursaban la primaria en el Centro de Integración Educativa Sur (CIE) de Tlalpan. Se trataba de un colegio de esos que se llaman activos (cualquier cosa que ello signifique) y en sus aulas se respiraba un ambiente liberal y ajeno a cualquier autoritarismo. Cada fin de cursos se llevaba a cabo un gran festival vespertino, y por allá en 1993 y 1994, dicha celebración culminaba con la presencia de una estupenda banda de rock conformada por jóvenes preparatorianos, varios de ellos –según se decía allí– alumnos del propio CIE.
 
Los chavos tocaban covers en inglés y temas originales (no recuerdo si en español) y lo hacían con sorprendente calidad interpretativa. Como buen padre rocanrolero, siempre me quedaba hasta el final con tal de ver a aquel grupo de cuyo nombre, por más que he tratado e investigado, no logró acordarme.
 
Años más tarde, alguien me contó que algunos de los músicos de esa agrupación eran los actuales integrantes de Zoé, y que quien tocaba el bajo con ellos era nada menos que el “Queso” Bronfman (de Resorte, y muchos proyectos más). Trato de hacer un ejercicio nemotécnico y me parece recordar a un muy joven León Larregui al frente de aquella banda juvenil, aunque lo visualizo guitarra en mano (ahora rara vez toma el instrumento en vivo N. de R.), es posible que mi memoria me engañe. Sería bueno preguntarle a él o algún otro de los miembros de Zoé si en su prehistoria tocaban en los festivales de fin de cursos del CIE.
 
II.
Los años pasaron y Zoé pasó de ser una bandita marginal, a una agrupación capaz de vender cientos de miles de discos e incluso a agotar el boletaje para ¡once! fechas en el Teatro Metropólitan. ¿Quiere decir que el actual grupo es mejor que aquel que mis remembranzas me hacen ubicar a principios de los años noventa? No necesariamente.
En la revista La Mosca en la Pared –que dirigí a lo largo de catorce años– algunos colaboradores y quien esto escribe, mantuvimos una actitud crítica sobre la música de Zoé. En lo personal, me resulta desganada, plana, desprovista de energía y sin raigambre rocanrolera. Son un buen grupo de pop, con excelentes músicos, pero nada más. En particular me brinca el modo de cantar de Larregui, quien pronuncia el español como si estuviera cantando en inglés, aparte de adoptar un manierismo que mucho le debe (y no me parece una cualidad) al rock pop argentino.
 
Sí, en definitiva me gustaba más aquel grupo lleno de frescura y poderío que tocaba en el CIE que el actual. Igual ni era Zoé.