Mucho ruido y… mucha música

Una columna de Hugo García Michel

 

“¡Bájale a tu ruido!”. ¿Cuántas veces habré escuchado esa orden estentórea de parte de mis padres durante mi adolescencia? Teníamos un tocadiscos en la sala (una extrañísima especie de consola cuadrada que no se de dónde salió, cuya marca no recuerdo y que jamás he visto en otra parte) y acostumbraba tirarme en el sillón grande algunas noches, con la luz apagada y el aparato que sonaba a todo volumen. Yo tenía 15 o 16 años y ponía mis primeros vinilos: el álbum debut de Led Zeppelin, el In-A-Gadda-Da-Vida de Iron Butterfly, el Álbum Blanco de The Beatles, el Let It Bleed de The Rolling Stones, el I Got Dem Ol’Kosmic Blues Again Mama! de Janis Joplin y algunos más (incluidos algunos EPs de 45 rpm). El disco de Janis, en especial, causaba un efecto de alta irritabilidad en mi mamá, quien cuando sonaba “Maybe” o “Try”, salía furiosa de su recámara para exigirme que quitara a “esa vieja que canta como gato”. El blues de la “Bruja Cósmica” era ruido para sus oídos. Manes de la lucha generacional de fines de los años 60 y principios de los 70 del siglo pasado.

Lógicamente, lo que para mis progenitores y otros adultos de su generación era ruido, para mí era la música más dulce, cálida y acariciante que existía. A fuer de ser justo y objetivo, debo aceptar que el estilo gritante (llamémoslo así) que Robert Plant empleaba en “Communication Breakdown” o que Mick Jagger soltaba en “Monkey Man” o que el normalmente melodioso Paul McCartney dejaba salir de su garganta en “Helter Skelter” y que me emocionaba durante aquellas solitarias noches de escucha casera podía resultar molesto para mi señora madre o mi señor padre, acostumbrados como estaban a Frank Sinatra, Ray Conniff, Cuco Sánchez o la Rondalla de Saltillo, cosas que a mí me resultaban infectas, aunque no fueran estruendosas. De alguna manera equivalente, eran ruido para mis oídos.

El ruido, entonces, resulta relativo y puede ser música. El ejemplo más claro lo tenemos en ese subgénero que precisamente se llama noise. Pero ruido hay en el punk, en el grunge, en el shoegaze, como también lo hay en el free jazz o en la música concreta. Little Richard y Chuck Berry eran ruidosos a mediados de los 50, como de alguna manera lo eran compositores cultos de los tamaños de Edgar Varèse, Arnold Schoenberg, John Cage y el mismísimo Igor Stravinsky. ¿No hay composiciones de John Coltrane o de Sun Ra que convierten al jazz en ruido discordante? ¿Y qué decir del álbum Metal Machine Music de Lou Reed o del Arc de Neil Young, basados ambos en el más estrambótico y extremo uso del feedback de la guitarra? Es ruido que puede ser disfrutable y que no necesariamente nos repele, aunque suene insoportable a una mayoría de personas.

De los grupos ruidosos, es decir, aquellos que en forma declarada hacen del alto volumen, el feedback y las más espesas paredes de sonido su credo y su estilo, mi favorito es Sonic Youth. Sin embargo, a pesar de estar yo acostumbrado a las distorsiones sonoras, en un principio me costó algún trabajo entrar a los terrenos propuestos por Thurston Moore, Kim Gordon, Lee Ranaldo y Steve Shelley. El álbum Dirty de 1992 fue mi puerta de acceso a la música del cuarteto neoyorquino. Lo escuché en su momento y al principio no supe qué pensar. No obstante, tras varias escuchas me fui adentrando en la fascinación de aquellas composiciones y de discos como Goo, Washing Machine, A Thousand Leaves, Murray Street y, por supuesto, el inconmensurable Daydream Nation, su obra maestra.

Sé que hoy Sonic Youth puede sonar incluso convencional para muchos; por ejemplo, aquellos que desfallecen de excitación ante el nuevo trabajo discográfico de Aphex Twin o frente a la discografía completa de Sunn O))), a los cuales respeto sobremanera.

Cuando algo nos hace ruido no siempre es que se trate de una cosa negativa. Hacer del ruido un arte musical es tan válido como hacerlo con el ritmo, la armonía o la melodía. Como lo es, del mismo modo, hacerlo con el silencio.

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