¿Cómo rehabilitar el rockcito nacional?

La primera pregunta sería: ¿se puede rehabilitar lo que nunca ha estado habilitado? Parecería que no. Sin embargo, tratemos de ser positivos y digamos que sí, que resulta posible aplicar métodos de rehabilitación a esa especie de enfermo terminal que ha sido a lo largo de medio siglo el rockcito que se hace en nuestro país.

Una vez establecida esa premisa inicial, intentemos buscar los puntos malsanos, los síntomas del padecimiento, en dónde se encuentran las dolencias, las alteraciones, los malestares, los achaques.

 
Desde sus inicios, el rockcito nació con taras. Los grupos de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta del siglo pasado (qué raro se siente escribir “del siglo pasado” cuando parece algo aún tan cercano) se dedicaron alegremente a realizar versiones de las canciones más exitosas del rock ‘n’ roll estadounidense, a las que adaptaban letras más o menos ingeniosas en español. Pero con alguna que otra excepción, a nadie se le ocurrió escribir temas originales.
 
Luego vino la terrible época de los baladistas fresas, seguida por la etapa de la psicodelia chafa que culminaría con el híper mitificado festival de Avándaro, con sus banditas que trataban de hacer música original… en inglés.
Los setenta estuvieron signados por el confinamiento del rockcito en la casi clandestinidad de los hoyos fonquis de las periferias urbanas y así transcurrieron cerca de dos décadas más, hasta que a finales de los ochenta llegó la puntilla que terminó con cualquier esperanza de hacer un rock sin diminutivos.
 
De 1958 a 1987, los roqueritos mexicanos cuando menos tenían presentes las raíces negras del género y las adaptaban de una u otra manera en su música, por más agreste y primaria que ésta fuera. No obstante, luego de 1988 las cosas cambiaron dramáticamente con la llegada del rock pop español y argentino, combinado con el predominio televisivo de los grupitos inventados por Luis de Llano Macedo. A partir de ahí, la puerca torció más aún el rabo y el rockcito firmó su carta de defunción, al transformarse en un híbrido de Soda Stereo, los Hombres G, Flans y la Banda Timbiriche. Cualquier asomo de blues, soul, funk o rock a secas fue debidamente extirpado y con ello se perdió toda esperanza (esto para no hablar de la eterna actitud infantilista de los roquerines nacionales).
 
Así ha sido durante los últimos veintitantos años. El rockcito ha derivado en rockcitito y es lo que hoy se oye y se promueve: una música que lejos de alimentarse de negritud, se nutre de lo peor del pop, la cumbia y hasta la música grupera (escúchese a la sensación del momento, esa cosa llamada Enjambre, para saber de qué estoy hablando).
 
¿Existe pues alguna posibilidad de rehabilitar al rockcito? Francamente lo veo muy difícil, por no decir que imposible. Se requeriría de una reeducación total de los músicos y de los medios. Haría falta un severo ejercicio de autocrítica y una culturización exhaustiva. Habría que aplicar métodos radicales que incluyeran una revisión completa de la historia del rock, a fin de que la gente supiera que el padre del género es Chuck Berry y no Gustavo Cerati.
 

Sería una labor titánica y a estas alturas del partido, la verdad, qué flojera emprenderla. Mejor sigamos en el conformismo y la comodidad del “entrañable” rockcito. Después de todo, muchos Vive Latino quedan por delante.

 

Notas Relacionadas