Aguas de marzo

Una columna de Hugo García Michel

 

Al contrario de mucha gente, mi primer contacto consciente con la música brasileña no se dio con Roberto Carlos o con Nelson Ned (a Dios gracias), sino con Nadia Milton y Nacho Méndez, quienes a mediados de los años sesenta pusieron una obra de teatro musical llamada H3O, en la que incluían el tema “Você”, con todo el estilo de Antonio Carlos Jobim, aunque según me parece recordar el tema era del propio Méndez. Nunca vi la obra, pero sí escuché el LP que sacaron con la música de la misma (hoy una joya dificilísima de conseguir) y que obraba en poder de mi hermano mayor.

Luego descubrí que junto con la samba, el bossa nova era uno de los géneros más representativos de la música brasileña y que tenía mucha relación con el jazz, por lo que los grandes compositores del bossa, como el ya mencionado Jobim, Vinicius de Moraes o Joao Gilberto, entre muchos otros, solían grabar al lado de las mayores figuras jazzísticas estadounidenses (desde Charly Bird hasta Stan Getz) y que incluso Frank Sinatra había grabado un disco con canciones de Jobim y orquestaciones de Claus Ogerman.

Desde un principio, me di cuenta de algo: la música del Brasil no se parecía a ninguna otra en el mundo. Era un universo aparte. El equivalente musical a lo que es la fauna en Madagascar, es decir, esa fauna extraña y peculiar, en ocasiones extravagante (es la tierra de los lémures), que sólo existe en aquella gigantesca isla africana del océano Índico. Así es la música brasileña: singular, única y elegantemente extravagante e insular; insular, sí, porque el país carioca es como una gran isla, integrada físicamente al continente sudamericano, pero aislada, de una y mil maneras, de los muchos vecinos que lo rodean: en lo social, lo racial, lo idiomático, lo cultural y, por supuesto, lo musical.

Para enfocarnos en este último punto, el factor de la música, habrá que señalar que las diferencias entre la sensibilidad artística brasileña y la de cualquier otra parte del mundo se dan tanto en las melodías como en las armonías y los ritmos. Éstos, a pesar de provenir en su mayor parte de África, poseen en Brasil otros matices. Las melodías, por su parte, suelen ser de una gran dulzura y de una alegre melancolía (valga la paradoja). Pero es en las armonías donde se dan las distinciones más marcadas, en especial en el bossa nova. Aquí lo que reina son los más peculiares acordes, dominados por una serie infinita de complicados semitonos que dan a esta música su sonido tan particular y su belleza sin par. Por eso, canciones como “La chica de Ipanema”, “Insensatez”, “Chega de saudade”, “Desafinado” y la inconmensurable “Aguas de marzo”, entre miles más, poseen ese toque tan distintivo y singular.

La música brasileña es a la vez universal y local. Universal, porque su belleza ha conquistado al mundo desde hace medio siglo, pero local porque está tan enraizada a la geografía de Brasil que no se le puede imaginar lejos de Río de Janeiro, de Bahía, de Sao Paulo, de Minas Gerais, de Porto Alegre.

Sus grandes compositores e intérpretes también tienen esa dualidad entre ser ciudadanos del mundo pero brasileiros de cepa. Tom Jobin, Badem Powell, Toquinho, Elis Regina, Milton Nascimento, Gilberto Gil, María Bethânia, Tom Zé, Caetano Veloso, Astrud Gilberto, Bebel Gilberto, Gal Costa y tantos más así lo demuestran.

Respecto al rock brasileño, este no ha brillado tanto y quizá Os Mutantes ha sido su máxima expresión (junto con la gran Rita Lee). Sepultura no cuenta tanto, porque su heavy metal tiene más que ver con el que se hace en el mundo anglosajón y la raíz brasileña se diluye fatalmente.

Brasil tiene en el futbol, la literatura y la música a sus tres grandes distintivos culturales. Los tres absolutamente gozosos, absolutamente vibrantes, absolutamente vivificantes.

Ojalá que su selección gane el Mundial 2014.

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