“No se saben divertir”: una historia de Martín Rangel

#fosacomun
Una columna de Martín Rangel

A, de pie en la ventana —todo rush su cuerpo— enciende un cigarro mal y enseguida se apaga. M le extiende la mano con la flama encendida como diciendo “ven chiquita, aquí te cuido, vamos a hablar de una vez por todas sobre lo que pasó en la fiesta para dejar las cosas claras y listo”. A, de pie, inclina la cabeza hacia abajo; su cigarro brilla como agradeciendo todas las segundas oportunidades del mundo y por fin habla: “no entiendo a los ricos. Me aburren. No saben fiestear”.

A hace collages en su computadora. Los vende a revistas y los expone en museos raros. Lo que gana lo invierte en sus adicciones (sin olvidarse de pagar, puntual, la renta). No le gusta que la llamen “artista”, quiere evitar la responsabilidad. Si tú le preguntas “oye A, ¿a qué te dedicas?” ella dirá: hago collages.

M vive con A, pero no paga renta. Estudia, es decir, tiene una credencial de la universidad que tramitó únicamente para acceder a los descuentos y beneficios que en este país se ofrecen a los estudiantes cuando no se les está ocultando bajo tierra. Vive con A desde hace dos años. No le gusta decir que es su “novio” para evitar la responsabilidad. Si uno le preguntara a M “oye M, ¿qué es de ti A?” él diría: vivimos juntos.

Una noche, a A la invitan a exponer su obra en una galería rara del centro de la ciudad, muy cerca del departamento que comparte con M. Es una exposición rara: pagaron por adelantado, esa misma tarde, unas horas antes del evento. Enseguida A tomó el teléfono y dijo “te espero en el departamento a las seis”. Dieron las seis. D tocó a la puerta y A se levantó de sillón con el dinero en la mano. Puerta abierta, saludo, dinero de una mano a otra, despedida falsa (estrechón de manos) para encubrir el intercambio de sustancias, puerta cerrada. Espejo, tarjeta, línea, billete, nariz. A se maquilla y se viste y queda lista, sólo esperando que M termine de bañarse. M sale de bañarse y pregunta por las pastillas. A le dice “ahí”. M va y pastilla, garganta, agua, se viste y están listos para salir.

Ella lleva un vestido azul metálico. Él una camiseta de Bauhaus y jeans. Caminan hasta la galería y, recargada sobre una pared vacía, ven a L. L lleva un blog de arte en el que reseña el trabajo de artistas digitales de todo el país. A, a pesar de no ser artista, no logró salvarse y ahora su nombre aparece en la entrada más reciente del sitio. A no leyó el texto, pero igual agradece aunque sin sonreír como diciendo “vale, pero no soy artista, ¿ok?”. M sigue hasta el fondo de la sala y frente a un collage animado que se proyecta en el último muro saluda a H y Q. Ellos saludan de regreso, Q se acerca al oído de M y susurra “¿traes dulces?” como diciendo “saca” o “por favor pon una pastilla en mi boca no soporto estar aquí sobrio”. M mete la mano en su bolsillo y sobre la lengua seca de Q, sus dedos que mmmm después limpia sobre la tela de sus jeans.

A responde preguntas a los periodistas mientras bebe un trago caro (que no ha tenido que pagar) cuando descubre un hilo de líquido escapando de su nariz. Se cubre para disimular y camina hasta el baño. Celular, tarjeta, línea, billete, nariz. Más preguntas de los periodistas. ¿Dónde está M? Más respuestas. Más tragos al trago. Fotos, abrazos, la música comienza a volverse de fiesta. Una visita más al baño. Celular, 5 llamadas perdidas de M, una llama de vuelta (no hay respuesta), tarjeta, línea, billete, nariz. La bolsita se vacía y se va por el excusado.

Q y M, cuerpos desnudos en el asiento trasero del coche de H, mientras él fuma un cigarro y cuida que nadie se acerque. Las pastillas los convirtieron en máquinas de placer y en eso se ocupan. M revisa su celular ocasionalmente, quiere invitar a A a unirse, pero no le ha respondido. No cree que vaya a enojarse, pues lo han hecho antes, aunque nunca con esos amigos. Sudor después, terminan y se visten y fuman con H mientras él hace chistes.

Oficialmente madrugada, los dueños ricos de la galería ordenan cerrar el lugar, pero dejan que los asistentes que permanecen ahí sigan con su fiesta. A baila con N, uno de los organizadores. Beben y bailan, a veces se detienen a reír, hasta que, en un arrebato de confianza, A confiesa: “se me terminó la coca”. N entorna los ojos y como diciendo “vamos a la oficina y veré cómo puedo ayudarte”, sonríe.

Lugar: oficina. A y N, cuerpos desnudos. Mesa, tarjeta, línea, billete (de él), nariz. Sudor, gritos y futuros moretones. Celular, “M, ¿dónde estás? ya cerraron la galería, ok, apúrate”. Mirando hacia N: “¿Puedo quedarme lo que queda en la bolsa?” Guiño. “Es parte de tu paga”.

A y M caminando hacia el departamento, el sol insinuándose entre los árboles, las rodillas temblorosas, sudor seco y escozor. Silencio. Escaleras, puerta abierta, luego cerrada. Habitación, ventana abierta. Por última vez: celular, dos líneas, billete (todavía de N), nariz (tanto la de A como la de M). A, de pie—cuerpo todo rush—, con los ojos en la ventana abierta. Fuma. El día es una realidad y comienza a herir en las pupilas. M no habla, aunque quisiera hacerlo, como el fin de semana pasado y el anterior, pero eso exige un compromiso que, aunque quisiera, no posee. A es la primera en hablar. M escucha: “pinches ricos. No se saben divertir”. Y como diciendo “jajajaj”, asiente y cierra la puerta con seguro.

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