¡Rob!… ¡Not!

En el tercer acto de la obra maestra animada de Pixar, Ratatouille, el crítico culinario Anton Ego, inspirado por la serie de eventos que desenlazan en una sorpresiva revelación, escribe una inspirada reseña que incluye este fragmento:

En cierta forma el trabajo de un crítico es fácil, arriesgamos muy poco. Gozamos de una situación superior de aquellos que nos ofrecen su trabajo. Vibramos con las críticas negativas que son fáciles de escribir y leer.
Pero hay una amarga verdad que los críticos debemos enfrentar y que son que en el gran esquema de las cosas, un simple bocado de basura tiene mayor significado que todas nuestras críticas juntas.
Pero existen ocasiones donde un crítico arriesga algo y es en el descubrimiento y la defensa de algo nuevo.
El mundo es a veces injusto con los nuevos talentos, las nuevas creaciones y los nuevos amigos.
 
Ésta escena no sólo es uno de mis momentos favoritos en la historia de la humanidad, su moraleja intento mantener en mente al escribir una reseña de cualquier tipo.
Creo firmemente que toda expresión artística goza de mayor mérito que cualquier juicio emitido sobre ella. El simple hecho de crear algo, lo que sea, siempre será/tendrá más valor que su análisis y más aún, su destrucción.
A pesar de esto, siempre existe una excepción a la regla. Aquellas ocasiones donde presenciamos un acontecimiento tan insólito, tan único e irrepetible, que es capaz de unir miles de voces generalmente discrepantes en una sola. Algo que no admite lujos como la indiferencia del silencio.
Instintivamente, los primeros segundos de ¡Rob! advierten que estás ante la presencia de algo histórico. Piensa en las infinitas posibilidades de la creación artística. En aquellas representaciones que mejor han capturado un momento de la más pura genialidad, uno cuya belleza y trascendencia pueda ser descrita sólo a través de los términos más superlativos: La transformación de Dave Bowman tras tocar el monolito en 2001: A Space Oddissey. La epifanía de Stephen Hero en The Portrait of the Artist as a Young Man de James Joyce. Los tres minutos finales de Citizen Kane. La primera línea de Gravity’s Rainbow de Thomas Pynchon.
La nueva serie creada y estelarizada por Rob Schneider –que no lleva ni un mes al aire– es el equivalente contemporáneo a la suma de todos estos instantes… sólo que en su opuesto polar absoluto.
¡Rob! es la celebración del común denominador más bajo. Es humor condescendiente y predecible en medio de historias formulaicas, vomitadas en un violento e imparable proyectil de mal gusto.
Justo en el momento en el que la televisión disfruta de su era dorada creativa, se desploma de golpe y salpica de aparatosa manera este hediondo pañal relleno de todos los clichés que le merecieron al medio el lamentable mote de “la caja idiota”.
Considerando a Community como la cúspide evolutiva del sitcom contemporáneo, entonces ¡Rob! sería la vertiginosa rebobinación a su peldaño más de-evolucionado.
Si a la comedia le asignáramos una importancia mayor a la que verdaderamente tiene (válido en este caso, si consideramos que el contexto es el de una columna de TV/cultura pop y no de asuntos verdaderamente importantes), podríamos aseverar que los veintitantos minutos que duró el primer episodio de sólo se podrían comparar con crímenes de guerra. Algo tan atroz, que no me extrañaría que cualquier noche despertara empapado de sudor frío, rememorando aterrado alguno de las chistes genéricos más abominables que haya tenido el terror de presenciar. Este show es mi Vietnam.
Tan repulsiva fue mi experiencia, que The Big Bang Theory, la serie que le precede en la programación en Estados Unidos, parece Monty Python’s Flying Circus en comparación. Y eso viene de uno de los detractores más vocales de tan popular bodrio.
Ahora bien ¿por qué darle tanta importancia a un programa de los muchos horribles que abundan en el cuadrante? Si vamos a hablar de excreciones difundidas masivamente, bien podríamos ondear a profundidad en alguno de los sospechosos comunes: Keeping Up With The Kardashians, Two and a Half Men o Soy Tu Fan por sólo mencionar tres, vaya que si sobran las opciones.
Mi miedo, no, miedo, no… mi pánico radica en el arribo del inevitable momento en que el programa llegue a México y se convierta en un éxito aún más grande. ¿Y por qué habría de hacerlo?
Sencillo: De entrada, con dos episodios en su historial ¡Rob! es un éxito de ratings en los Estados Unidos, lo que la hará más atrayente para que el canal de cable que la termine transmitiendo en Latinoamérica la promueva agresivamente.
El segundo punto de venta para que se coloque esta serie como un éxito rotundo a nivel local tiene que ver con su historia y su elenco: ¡Rob! lidia con un arquitecto norteamericano simplón que contrae matrimonio con una voluptuosa mexicana (premisa original ¿No? Ningún mito ha sido tan propagado con tanta insistencia en el sitcom gringo malo que la pareja de feo-gordo-diosa). Las diferencias culturales entre Rob y la tradicional familia católica de ella son notables desde el primer encuentro, resultando en toda clase de “divertidas ocurrencias”. A estas alturas no sería necesario decir que sobran las burlas sobre las siestas, el guacamole y el catolicismo.
El papel del jefe del clan de la familia, es interpretado por Cheech Marin, mientras que el tío Hector lo encarna… Espera…Un poco más… Ahí va: Eugenio Derbez.
Eugenio Derbez. ¿Es necesario continuar?
El primer paso en un crossover que inició con el comercial de más de noventa minutos pútrido más allá de las palabras Jack and Jill, esta nueva serie continúa su ascenso en pos de conquistar el lucrativo mercado latino en los Estados Unidos.
La colaboración entre Rob Schneider y Eugenio Derbez es la intersección del peor humor gringo con su homólogo mexicano. El triángulo de las Bermudas donde se presenció el volar del humor inteligente para nunca volver.
¡Rob! pronto llegará a México (no es una aseveración basada en datos, simplemente una corazonada) y será un éxito como pocas comedias lo han sido en tiempos recientes.
Su humor común y simplón se unirá a ese sentimiento de “apoyar lo mexicano” engendrando un imparable leviatán de descomunales proporciones. Y no es que no crea en la idea de apoyar lo mexicano. Creo en apoyar las cosas de mi país que considero increíbles y no las que francamente me dan pena.
Siguiendo ese hilo de ideas, contrastablemente, fue un mexicano quien el año pasado estuvo detrás de uno de los proyectos más innovadores y alabados en la TV. Y como era de esperarse, la reacción fue una de ensordecedor silencio e indiferencia.
Invariablemente, la reacción es de sorpresa cuando le he comentado a aquellos que lo conocen, el hecho de que Louis C.K. es mexicano. “No tiene cara de mexicano”, “Pero… ¡Es pelirrojo!” son las dos variaciones más comunes de la estupefacta respuesta.
Hijo de padre mexicano y madre estadounidense, Louis Szekely, nació en Washington DC y vivió en la ciudad de México desde que tenía un año hasta los siete. Su lengua natal es el español y a la fecha conserva la doble nacionalidad, visitando la ciudad de México constantemente y hablando orgulloso del hecho de ser mexicano.

En su primera temporada, Louie rápidamente se colocó como una de las mejores comedias de los últimos tiempos. La sorpresa fue que aún sentando un estándar tan alto, lo sobrepasara de una manera tan extraordinaria en la segunda, convirtiéndose en uno de los más grandes logros televisivos. Y no, no es una exageración hiperbólica.
The AV Club la consideró la mejor serie del año pasado. Un servidor la colocó en el tercer peldaño, pero cualquiera de las que ocuparon los tres primeros puestos fácilmente pudo haber estado en el primero. Intelectuales, comediantes, escritores y cineastas no escatimaron en elogios ante su grandeza.
Louis C.K. no sólo fue capaz de humanizar a los participantes de un conflicto armado, sino que también lo hizo con Dane Cook y Joan Rivers. Los temas que trataron incluyeron suicidio, masturbación, muerte, la guerra, el divorcio, la familia…
Louie es en todas las formas posibles el antónimo de ¡Rob!: inteligente, cruda, emotiva, experimental, cálida, innovadora, inventiva, profunda. Sus personajes gozan de conocimiento acumulado y personalidad ambigua y las situaciones pueden ser increíblemente incómodas y oscuras.
Pocas series han sabido capturar la experiencia humana de la manera que Louie lo hizo en su segunda temporada.
Y aunque es una producción totalmente independiente (C.K. no sólo estelariza, sino que también dirige, escribe y edita el programa) los valores de producción son sorpresivamente altos. Influenciado por el cinéma vérité, Woody Allen y surrealismo, cada episodio se sentía como una película independiente personal y descarnada. De cuando te quedas sentando por minutos, asimilando y analizando algo después que terminó que te ha movido lo más profundo de tu ser.
Patton Oswalt, probablemente el único comediante que sea par en cuestión de influencia, popularidad y ambición a CK, describió en un tweet perfectamente el sentir universal sobre Louie:
 

Ya es hora que el culto en México a Louis C.K. no se límite a una íntima secta de aquellos que se sienten cómplices de un portentoso secreto. Louis C.K. es un tesoro nacional y es hora de celebrarlo de tal forma.
Seguro, no faltará quien lea estas líneas y argumente que este hombre no cuente con la idiosincracía de nuestro humor o siquiera comparte idioma. Ambos argumentos serían a propósito, increíblemente absurdos.
Si uno de los más grandes genios en la televisión y uno de los dos comediantes de stand up más importantes de nuestros tiempos, se considera parte de este país como para mencionarlo orgulloso y mantener la doble ciudadanía ¿Por qué no sentirnos orgullosos de ese hecho? Por lo menos yo así lo hago.
El canal FX de Latinoamérica está cometiendo un error de proporciones garrafales al no transmitir Louie. Existe un enorme número de personas que están dispuestos a darle oportunidad a algo verdaderamente trascendente y artístico. A diferencia de no sé… ¿¡Rob!?

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