A pesar de lo que parezca esta es una columna de TV… Sea usted paciente.

Con la notable excepción del basketball, nunca he sido devoto de los deportes. No se debe a una falta de esfuerzo: Años atrás intenté establecer un vínculo con mi padre por medio del fútbol americano (pocas cosas que me remiten de manera más poderosa e instantánea a mi infancia que escuchar la narración de Toño de Valdés). Lamentablemente, me fue imposible sumergirme de lleno en ese mundo y rápidamente el experimento caducó. Afortunadamente, años después un subsecuente intento de su parte por interesarse en el baloncesto sorpresivamente dio resultado y lo que inició como un intento de un padre de acercarse a su hijo adolescente, concluyó en una genuina apreciación por el deporte ráfaga.
Mi postura respecto a Michael Jordan fomentó una intensa rivalidad padre-hijo. Oponiéndome con férrea convicción al 23 de Chicago, fue común ocurrencia encontrarme del lado de las burlas (“Mira… ¡Ya sacó la lengua! Cuando saca la lengua siempre anota” recuerdo agregaba en un particular tono que vacilaba entre burla y regocijo de ese que sólo es capaz de ser emitido por un padre mofándose de un hijo y verdadero asombro y admiración). Lamentablemente, el ocaso de la carrera del astro del baloncesto en Chicago, coincidió con los últimos días del Solari mayor, por lo que mi revancha nunca pudo ser consumada.
Sabio hasta el final de sus días, supo retirarse justo en el momento preciso. A diferencia de Jordan.
Salvo la excepción, todo intento de mi parte por establecer conexión significativa con cualquiera otra disciplina de esta especie ha resultado infructuosa. Y por más que he querido, ni siquiera el fervor patrio que contagia a la humanidad durante el Mundial exalta en mi la menor emoción hacia un juego donde la posibilidad empatar a cero es aquella más viable. Siento que me divertiría más observando y esperando que el tallo de un frijol dando vida en un algodón dentro de un frasco de Gerber.
A pesar de esto, me fascina lo que representan y la relación que sostenemos como sociedad con los deportes. Son un marco a través del cual todos nuestros impulsos – positivos y negativos – pueden ser representados.
Las historias deportivas más memorables son aquellas que cuentan con estructura narrativa: sus personajes siguen una curva de aprendizaje; ascienden y descienden aleatoriamente y al final conquistan grandes retos. Un partido o una serie de postemporada es capaz de proyectar grandes ideas y emociones, representan toda clase de metáforas sobre nuestros miedos, anhelos y aspiraciones y en sus mejores momentos, son capaces de capturar temporalmente nuestra imaginación colectiva como pocos otros fenómenos.
El Internet ha sido de gran ayuda para llevarlo a un audiencia aún mayor. Ha traído a nuestras vidas un acceso sin paralelos a una realidad de minucioso análisis, una plétora de opiniones y comentarios sobre toda clase de acontecimientos y particularmente sobre aquellos que los protagonizan.
Twitter por ejemplo, ha permitido a individuos adversos a este mundo como un servidor, formarse una opinión de estas figuras, a base de dosis menores a 140 caracteres. Sólo así he sido capaz de ingresar y entender de manera rudimentaria y sólo aquello que me interesa sobre este mundo de nuevas posibilidades.
Como ejemplo: Mi desinterés por el fútbol americano es directamente inverso a mi fascinación por la existencia de Tim Tebow, mariscal de campo de los Broncos de Denver y devoto de la fe cristiana. Se hinca en oración en un rodilla durante juegos (el suceso conocido como “tebowing”) y jura obediencia a una vida de pureza y castidad que sólo podrá ser interrumpida por el matrimonio.
El hecho que produzca victorias a pesar de una aparente mecánica imperfecta es sólo un giro más en una historia llena de ellos.
Siguiendo la misma idea, me encuentro pensando en frecuencias sólo audibles para los perros muchas más veces al año de lo que hago sobre la Federación Mexicana de Fútbol (en otras palabras, en rarísimas ocasiones), pero escucharé con peculiar atención cada vez que cualquiera tenga algo que agregar respecto al Chicharito, aquel que detrás de facciones querubinescas y sonrisa del millón de dólares, no sólo esconde el instinto del más furtivo depredador a la hora de meter goles, sino que también carga el peso de las expectativas de toda una nación.
¿Significa que estaré al pendiente del próximo juego de los Broncos de Denver o de la Selección mexicana? Seguramente no, pero no por eso me interesan menos los arquetipos que representan o las historias que en este momento están contando.
Aún cuando amo el basket, hoy día me encuentro aún más fascinado por el meteórico ascenso de Jeremy Lin, el graduado de Harvard de descendencia Taiwanesa, cuya historia parece extraída de una película de Disney, que por ver cualquier juego de los Knicks de New York que actualmente comanda.
Estos ejemplos nos hablan de temas importantes en nuestra forma de relacionarnos en comunidad: religión, raza, estatus económico, patriotismo, aún así están alejados de cualquier clase de realismo social. Son solamente instantes, momentos capturados de un arco de narración que salvo notables excepciones en su totalidad no resultan interesantes.
La historia de un atleta es una que por naturaleza, en términos narrativos está en un estado de permanente imperfección. Todos los recuentos de enfrentar adversidades tienen una fecha de caducidad. Me viene a la mente la cita de Harvey Dent en The Dark Knight.
“Te mueres como el héroe o vives lo suficiente para verte convertirte en el villano.”
¿Qué mejor ejemplo que el de Tom Brady? Hace diez años, fanáticos y periodistas del deporte alababan el relato perfectamente estructurado de cómo inició como el mariscal de campo suplente y la lesión de la estrella titular, Drew Bledsoe lo obligó a convertirse en titular. Y en una mágica temporada, contra todos los pronósticos de Las Vegas llevó a su equipo a convertirse en los campeones de la NFL.
Dos anillos del Super Bowl después de este primero, un matrimonio con Giselle y millones de dólares después, en los últimos cuatro años ha interpretado el papel de Goliat renuentemente en dos ocasiones en contraparte del David de Eli Manning, quien no tarda en a su vez transformarse en Goliat. Es el orden natural de las cosas.
Esto no es el hilo negro. Es simplemente, la manera en que como humanos consumimos historias. Joseph Campbell, Kurt Vonnegut y Dan Harmon ya lo han mencionado en términos más elocuentes y de formas mucho más profundas de lo que yo jamás podré.
Ya bien lo dijo Abed en Community después de verse atacado por Jeff:
“Conozco la diferencia entre la TV y la realidad, Jeff. La TV tiene estructura, tiene sentido, tiene protagonistas agradables. En la vida real, tenemos esto. Te tenemos a ti.”
 
Las historias de la vida real nunca se podrán comparar con aquellas escritas. Los sucesos asombrosos son una larga continuación de un acontecimiento improbable tras de otro. La fama y la fortuna inevitablemente corrompen (a menos que tu nombre sea Ian MacKaye o Bill Watterson) y aquellos que vitorearon los ascensos, serán los primeros en exigir las cabezas en las guillotinas pasado un tiempo.
Los finales de película rara vez ocurren, pues entran en oposición directa contra dos de las certezas más grandes de la realidad: las matemáticas y la naturaleza humana.
Es por eso que mi historia favorita de un atleta no es la de uno que vive, transpira y podemos ver sus mejores jugadas en ESPN.
La más grande historia de un atleta actualmente es la de Kenny Powers de Eastbound & Down, serie que regresa para su tercera temporada este domingo en los Estados Unidos y que pronto será estrenada en México por la versión latinoamericana del canal.
En el futuro, nos referiremos a Eastbound & Down como una de las comedias más innovadoras de la era dorada de la TV. Increíblemente bien escrita, con un lúgubre score musical cortesía de Wayne Kramer (de los legendarios MC5) y una cinematografía vistosa y vibrante, la serie fue creada por Ben Best, Jody Hill y su estrella Danny McBride, los tres doblando labor como escritores del show.
Es producida por Adam McKay y Will Ferrell (este último ha aparecido en algunos episodios) y la dirección ha corrido a cargo de Hill y el aclamado director de cine independiente David Gordon Green (George Washington, All The Real Girls, Pinneapple Express y el próximo remake de Suspiria).
La historia trata de Kenny Powers (magistralmente interpretado por McBride), la más grande nueva estrella en las grandes ligas. Como pitcher lleva a su equipo a ganar la serie mundial. Parado en la cima del mundo, cae rendido ante las trampas del ego y las drogas y como consecuencia su capacidad atlética disminuye al grado de que ningún equipo lo quiere y se ve obligado a regresar a su pueblo a natal, a vivir junto a la familia de su hermano y tomar un trabajo como profesor de educación física en la escuela del pueblo.
A primera instancia, Kenny Powers es la exageración (realista) de todos los peores estereotipos del atleta norteamericano moderno: Misógino, homofóbico, ignorante, racista, jingoísta, vulgar, se refiere a si mismo en tercera persona y tiene una percepción extremadamente inflada de su grandeza.
Es al igual que George Brent (The Office UK) y Larry David (Curb Your Enthusiasm) uno de los pilares de la comedia de lo incómodo, de esos personajes que aparentemente no cuentan con filtro entre la boca y el cerebro y cuyas acciones resultan en una serie de situaciones donde no sabes si ahogarte de la risa o sentirme verdaderamente incómodo es lo correcto.
A medida que la serie avanza y conocemos a fondo a Kenny, va mostrando dejos de humanidad. A lo largo de las dos temporadas que hemos visto, observamos su crecimiento, mientras experimenta compasión, empatía, amor, desamor, madurez, todo esto mientras aspira cocaína de una pistola, experimenta un viaje de éxtasis en el baile escolar y tiene esta espectacular entrada cuando juega en la liga mexicana de beisbol en la segunda temporada.
Powers es la consecuencia y la desviación más oscura del precepto de Spider-Man: 
“Con gran poder poder viene gran responsabilidad”.
Somos parte de una cultura hambrienta de optimismo e historias de éxito. Jeremy Lin, Tim Tebow y el Chicharito son la representación de nuestro potencial consumado, ocasiones donde la realidad resulta más inverosímil que la ficción. Contrastablemente, Kenny Powers es un reflejo más realista de como terminaría la mayoría de nosotros después de tener un gran talento y desperdiciarlo, rindiéndonos ante nuestros impulsos más destructivos.
Kenny es la antítesis de Walter White en Breaking Bad. Es decir, en esta última tenemos un ciudadano modelo, una figura compasiva que lentamente desciende en una espiral oscura, mientras que el trayecto del titular de Eastbound & Down es uno de redención. El monstruo descubriendo su alma. Ascenso, descenso y ascenso. Ascenso al estrellato, descenso moral; descenso del estrellato, ascenso espiritual. El nacimiento de la “Flama Blanca”.
A diferencia de las historias de los atletas previamente mencionados, ésta no trata de proezas atléticas y promoción de patrocinadores. Es una más interesante pues es una historia humana, una en tres capítulos (se ha mencionado en diversas ocasiones la fuerte posibilidad de que esta temporada es el cierre de la historia de Kenny Powers) donde se vencen miedos y se alcanza la madurez.
Traté de no hablar mucho sobre todo lo que ha acontecido, pues bien vale la pena entrarle al mundo de este anti-héroe.
Al inicio de este artículo, mencioné de cómo ni siquiera el Mundial había sido capaz de contagiarme de ese orgullo patrio, por el cual siempre he sentido tanta envidia. Sin embargo, sólo pude entender ese sentimiento después de un momento donde Kenny da un inspirado discurso a sus compañeros mexicanos.
Fue ahí cuando entendí esa unión cuando la Selección gana y la gente corre a celebrar al Ángel. Cuando todos vitorean al unísono el característico “¡México, México!”, un torrente sanguíneo corrió a mi cabeza y experimenté piel de gallina y el estómago vacío. Fue una especie de revelación, una Epifanía. Ahí fue cuando entendí. Todo fue tan claro, esa unión, esa conexión, está en todos nosotros, no a todos nos llega con un gol del Chicharito. No fue un juego lo que la inspiró en mi, sino un programa de TV. Y uno de mis favoritos sin lugar a duda.

Gracias por eso, Kenny Powers.

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