Pero qué público más tonto tengo

Por Arturo J. Flores

 

No tenía minúscula idea sobre qué escribir para esta última columna cuando la inspiración vino en forma de un posteo de Facebook. Un amigo compartió el video de un nuevo remix de J Balvin en el que usa una chamarra de cuero con estoperoles. En la espalda una imagen de Mickey Mouse muerto. Como era de esperarse, los “dueños del punk” se le fueron encima. Entre los comentarios más absurdos estuvo uno que llamaba a iniciar una guerra entre tribus urbanas y otro que le increpaba al colombiano estar destruyendo la escena punk.

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Curioso que baste que un reggaetonero se ponga una chamarra para acabar una ideología que sus principales exponentes –empezando por el exvocalista de Sex Pistols, John Lydon– aseguren que hace mucho tiempo luce agusanada.

¿Se acuerdan que el pasado 28 de noviembre el hijo de Malcom McLaren y la diseñadora Vivienne Westwood, Joe Corre, prendió fuego a la ropa de sus padres junto a grabaciones raras de los Sex Pistols, en el 40 aniversario del lanzamiento de “Anarchy in the UK”? Lo que Corre sostuvo es que el punk nunca debió convertirse en una herramienta de marketing que te vendiera cosas que no necesitas.

Curioso que lo dijera. Hasta el mismo Glen Matlock, exguitarrista de la banda, lo tachó de idiota. Porque si recordamos la razón por la que su papá formó a los Pistols fue precisamente para que sirvieran como maniquíes vivientes de los diseños de su mujer. En pocas palabras, para vendernos trapitos cool. Nunca se propuso iniciar una revolución cultural como sucedió. La mayoría de los grandes movimientos contraculturales nacen de forma espontánea e involuntaria; de lo contrario no se logran. McLaren se fijó en Johnny Rotten por su camiseta de “I hate Pink Floyd” y sus dientes amarillentos antes que por sus talentos musicales. Ni hablar de los de Sid Vicious.

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Me entero del escándalo por la chamarra de J Balvin justo el día en que por la mañana visité la exposición “Punk. Sus rastros en el arte contemporáneo” en el Museo Universitario del Chopo. Puede que sea yo un ignorante pero algunas de sus piezas me parecen –como me sucede con muchas pertenecientes al llamado arte contemporáneo– una tomadura de pelo. Digo, una piedra puesta encima de un mameluco en el suelo no me provoca por donde le veas.

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Sin embargo, existen otras que sí que proyectan el espíritu nihilista, subversivo, agresivo, sexual, existencialista, desencantado y anarquista del punk. Por ejemplo, un collage en el que un artista re-escribió los Diez Mandamientos de la ley de Dios, a partir de recortes de letras. Algunos de ellos son: “Matarás”, “Odiarás a Dios por sobre todas las cosas” y “Avergonzarás a tu madre y a tu padre”. Eso, por lo menos, tiene la suficiente carga de humor negro para recordarte un buen tema de los Butthole Surfers.

Lo que me quedó claro es que si algo queda de punk en el mundo está más allá de una canción. Por muy buena que sea. Como el nuevo sencillo de los Flying Vaginas, Gamechanger, que se estrenó el pasado 2 de diciembre.

 

 

El punk se mantiene en la incorrección política de los artistas, en su talento para sacudir a una sociedad con sobredosis de social media, que parece ya no asustarse-conmoverse-indignarse-sorprenderse por nada.

Quizá el verdadero punk ya no radica en subirse a un barquito, como los Pistols, para cantar “God save the queen” en el cumpleaños de la Reina mientras se navega por el Támesis. Tal vez ahora hay que incomodar, no a la iglesia, el gobierno o la Sociedad de Padres de Familia, sino a los punks mismos. Esos viejos punks que se hicieron ancianos sin darse cuenta. Los que ahora critican a los millennials porque su juventud les recuerda lo ancianos que son. Los que hicieron del punk un conjunto de reglas y principios que regulan una ideología que se basaba precisamente en el cuestionamiento de los límites.

Como una estrella del reggaetón atreviéndose a usar una chamarra que, de acuerdo con los cánones y el buen gusto del disgusto, sólo deberían utilizar los monjes del punk. Ignoro si J Balvin lo hiciera con esa intención. Pero de que consiguió herir a los ortodoxos de la sinrazón en lo más profundo de su orgullo no cabe duda. Paradójicamente al hacerlo se vio mucho más punk que ellos.

Llegó el momento que al punk, igual que un tigre al que se cayeron los dientes, sólo le queda gruñir delante del espejo para intentar mirarse amenazante.

 

Tan irónico como que en una exposición sobre el punk en un museo esté prohibido tocar los objetos. Muchos de ellos basados en otros objetos que fueron vandalizados, intervenidos, rotos, graffiteados, para convertirlos en significantes de otra cosa.

Así las cosas.

Me acordé de un artículo que mi colega Vania Castellanos hizo para Playboy y que se publicará en febrero. Un dj le confiesa: “Nunca me sentí tan punk como cuando empecé a tocar reggaetón”.

Y recordé también una vieja canción de la banda pionera del punk en España Kaka De Luxe.

Nos vemos en 2017. Felicidades a todos.

 

 

 

 

 

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