Dios me libre de ser melómano

Por Arturo J. Flores

 

Pocas cosas son tan insoportables como un melómano. Alguien que ha elevado la música a un escalafón tan alto, que le impide dejar de tomársela en serio. Lo siento. Desconfío de cualquiera que se tome cualquier cosa demasiado en serio. Al final creo, la música, la literatura, la fotografía, los deportes o la danza no están por encima del ser humano. Porque es el ser humano quien las hace vivir.

Diciembre. Tiempo de celebrar. Muchos de nosotros hemos coincidido en alguna fiesta de fin de año. Algunas con tintes inevitablemente oficinistas, corporativos y empresariales. Yo también. Lo escribo con la mano en el corazón. Al calor del alcohol, del compañerismo y la fiebre de la celebración, también he bailado cumbias, coreado baladas ochenteras y, dijera Neruda si hubiera conocido el reggaetón, “confieso que he perreado”.

 

Eso no quiere decir que haya dejado de escuchar Black Montain, Alice in Chains, Fitz and the Tantrums, HEALTH, The Cure, The Wolfangs, Crud o cualquiera de las agrupaciones, solistas o proyectos que han sonado en mi computadora en la última hora. Pero tengo amigos que son incapaces de divertirse si en las bocinas no suena algo que les guste. Tampoco les importe que una fiesta se vaya al carajo mientras ellos puedan escuchar la canción que quieren.

Me recuerdan tanto a muchos “DJ’s” que andan por ahí.

Tampoco sé bailar a la perfección. Me defiendo, eso sí. Lo importante, como afirmaba una vieja rola –tan vieja como la palabra rola –de Los lagartos: “yo no sé bailar, pero cómo me divierto”. Una buena cumbia no te hace menos metalero. Ni una quebradita te quiebra los principios. La música en su conjunto es una celebración. Y existen muchas músicas para diferentes tipos de personas.

 

¿De verdad se les antojaría que una banda de acid jazz amenizara una fiesta de oficinistas? Se armaría mejor ambiente en un velorio.

Es por ese gusto aparentemente “exquisito”, esa soberbia auditiva que la “hipsterización” de los sentidos conlleva, esa falsa superioridad que brinda un mundo globalizado en el que cualquier canción se encuentra a un clic de distancia, la que ha llenado el mundo de las orejas de intolerancia, pose y una solemnidad que me enferma.

Por eso les molesta tanto que en el Vive Latino o en Pa’l Norte confluyan bandas en idiomas que no son el español, DJ’s, sonideros, grupos de cumbia, norteñas o hasta el hijo de Verónica Castro dándose el gusto de cantar metal. Son esos mismos “puristas” que de pureza tienen lo mismo que el agua potable de la CDMX, quienes tuercen la boca, fruncen el ceño y observan reprobatoriamente a la prolePaulina Peña dixit –que comete el imperdonable pecado de divertirse. En lo que a mí respecta, si una persona paga el boleto para un festival, tiene el derecho total e inalienable a pasársela bien, sea con Calle 13, Sepultura, Carla Morrison o Los Ángeles Azules.

 


He discutido con muchos melómanos a causa de mis gustos. Discusiones que, me parece, nunca he empezado yo. A manera de broma publiqué hace una semana en Facebook una pregunta: ¿Caifanes o Maldita? Ambos grupos tocaban el mismo día. Algunos colegas intentaron convencerme, muchos en la intimidad del inbox, de la conveniencia de mejor asistir a la presentación de alguna banda “emergente, experimental y propositiva” en vez de acudir a la actuación de un “acto regurgitado”.

Me van a perdonar bastante, les dije, pero ya me organicé con mi familia y mis amigos para ir a Caifanes (en realidad desde un principio sabía que iría, pero me gusta escribir cosas en las redes sociales y contemplar los hígados arder), y ni modo que a estas alturas les salga con que mejor nos vamos a apoyar a una joven promesa de la música indie nacional. A veces sí lo hago. Pero esa noche no. Saúl Hernández lo definió mejor, desde el escenario, más tarde: “nosotros (o sea, la banda) somos sólo un pretexto para que eches desmadre”. Eso hicimos mi familia y yo. Cantar las canciones que cantábamos cuando éramos chicos y Caifanes se había desmembrado.

 

A veces la música sólo es el soundtrack de fondo que ameniza una reunión de amigos. Donde la protagonista es la conversación. Otras es el motivo para que bailemos como monigotes viejas canciones de pop, como hice yo hace una semana en la fiesta de mi trabajo, que cuando éramos más jóvenes detestábamos, pero al amparo de la nostalgia, nos empiezan a agradar. Saludos, Magneto.

Y sí, también hay momento en que sólo la música es quien importa y a ella le debemos toda nuestra atención. Me pasó cuando escucho con audífonos un disco de John Zorn.

 

Sólo que conozco melómanos que no saben diferenciar. Quisieran que viviéramos en un estado eterno de alta cultura. A lo mejor soy demasiado pedestre, pero qué flojera. De repente me gusta ver comedias románticas en el cine, porque estoy seguro que hay vida más allá de Tarkovsky. También leo libros de aventuras, como palomitas de maíz y escucho a las Jeans.

Porque llega un momento en que la intelectualidad me abruma y quiero poner mi cerebro en modo avión.

Una vez discutí con otro adalid de la música nueva acerca de las (des)ventajas de que mi primo de 50 años escuchara a The Police en 2016.

-Habiendo tantas bandas nuevas. De lo que se está perdiendo tu primo –me dijo el orgulloso melómano.

-Pero si mi primo es abogado, no periodista musical. Pasa 14 horas en los juzgados litigando, ¿qué de malo tiene que llegue a su casa, se quite los zapatos, destape una cerveza y se siente delante de su home theater a ver un concierto de The Police? Para él la música es su escape, lo que le devuelve la cordura y regenera sus neuronas, su LSD sonoro. ¿Tan mal está que quiera escuchar a una banda de los ochenta para desconectarse del estrés? ¿Su obligación cuasi militar estriba en escuchar música nueva, apoyar al rock mexicano, hypear?

Amo la música, pero Dios me libre de convertirme en un melómano.

 

 

 

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