Persépolis: despertares subterráneos

Por: Toño Quintanar

Teherán, principios de la década los ochenta.

Marjane mira por la ventana del departamento que comparte con sus padres y su abuela. Teherán es una criatura gigantesca la cual se abre ante ella en toda su brumosa e inequívoca totalidad. A lo lejos, puede verse una cortina de humo levantándose como una torre negra. Otro edificio acaba de ser bombardeado.

Aún recuerda cuando, hace un par de meses, ella misma caminaba de regreso de la escuela y un estertor extraído del fin del mundo se adueñó de sus sentidos.

Cuatro cuadras más adelante, yacía un edificio reducido a escombros. El mudo testigo de una tragedia cotidiana. Un cadáver gigantesco quien conserva los ojos y la boca perpetuamente abiertos mientras que, en sus entrañas, entre los compartimentos secretos de un recién construido inframundo, un hervidero de extremidades humanas se debate de forma agónica.

Muy poco tenía de haberse instaurado el régimen islámico cuando su tío fue requisado por la policía. El anuncio de su ejecución no fue algo que realmente tomara por sorpresa a su familia. Simplemente se trataba de otra confirmación de esa pavorosa cotidianeidad que, de a poco en poco, había comenzado a ensancharse en Irán, escapando del plano hipotético para adquirir rigor en el plano de la realidad.

Los amargos pensamientos de Marjane –demasiado amargos para una niña de doce años quien recién despierta a un mundo de texturas inéditas- se ven súbitamente interrumpidos por un estímulo inmediato e irreductible: el dulzón aroma del opio.

Su abuela la observa desde las sombras de la sala, entornando sus ojos como los de un lince quien es capaz de extraer la esencia de cada objeto a través de su mirada tajante. El humo blancuzco que escapa de su gigantesca pipa es una especie de hilillo fantasmal que revolotea por el departamento, atravesando la penumbra hasta perderse por la cocina.

“Tienes una cara muy triste”, le dice la anciana a su nieta antes de darle una nueva y revitalizante calada a la fiel pipa.

La abuela de Marjane ostenta en su fuero interno todo un tratado filosófico acerca del consumo de opio entre las mujeres iranís. Según ella, la civilización excesivamente patriarcal que predomina en Oriente obliga al género femenino a buscar nuevas formas de libertad subjetiva: pasadizos mentales que permitan a los individuos reprimidos instalarse en refugios que la mano del estado jamás podrá alcanzar.

La niña se cuestiona si la vida tendrá algún tipo de significado secreto: si la existencia humana ostentará un objetivo concreto, o si ésta será simplemente un ejercicio estéril, una actividad irrelevante que forma parte de ese prisma insondable que es la historia del universo.

Quizás la vida sólo existe si ésta es registrada; rescatada de las garras del olvido a través de las posibilidades quiméricas de la imaginación y la creatividad.

Marjane se pregunta a sí misma si algún día tendrá el valor suficiente como para retratar su propio paso por este mundo. Plasmar las emociones, específicas e irrepetibles, que se encuentra experimentando durante ese preciso instante. Detener el tiempo a través del arte, apresar su historia mediante un documento que constate que, alguna vez, ella estuvo viva.

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