El Puño de Hierro: Trainspotting a la mexicana y en la década de los 20

TXT: Toño Quintanar

Desde que los hermanos Lumiere tuvieron a bien incluir entre sus múltiples registros audiovisuales la grabación de un par de adictos quienes ante el ojo escrutador de la cámara se encontraban degustando de una pipa de opio; pareciera que el Séptimo Arte tomó como una de sus inquietudes más arraigadas el reflejar ese complejo fenómeno que es la drogodependencia.

Prueba de ello son cintas como Los Fumadores de Opio (1962) y Pánico en Needle Park (1971); sin embargo existen películas mucho más antiguas las cuales dan fe de esa relación indivisible que persiste entre el celuloide y los conflictos propios de los drogadictos.

Clara muestra de ello es El Puño de Hierro, cinta mexicana de 1927 dirigida por el cineasta Gabriel García Moreno.

En ella vemos retratada un crisol de abominables circunstancias las cuales giran alrededor de un grupo de amigos y cómplices quienes comparten una misma afinidad: su gusto por las drogas inyectadas.

A diferencia de lo que podría pensarse, el contexto de este filme no transcurre en un plano ajeno para el espectador moderno; sino que guarda una serie de codificaciones iconográficas las cuales, por momentos, parecieran antecedentes de la psicología que encontraríamos varias décadas más adelante en producciones como Trainspotting y Requiem for a Dream.

Mismo fenómeno en el que se percibe una mezcla entre esos perfiles desvergonzados y transgresores que son propios del cine de heroinómanos (los personajes por momentos nos recuerdan a Mark Renton y compañía) junto con un ánimo de advertencia el cual, por supuesto, cumplía con una función didáctica que pretendía alertar a la población acerca de los peligros de la drogadicción.

Anteponiéndose a la llegada del cine sonoro, esta cinta ya nos ofrece desde los dulces albores del Siglo XX una visión descorazonadora de un tema el cual cobraría suma relevancia dentro del cine contemporáneo.

Mismo asunto que se vuelve un asunto revolucionario para su época gracias a su casi documentalista acercamiento hacia los bajos mundos de la criminalidad.

Escenario el cual se ve visitado intermitentemente por un grupo de jóvenes quienes aderezan sus pasiones con los roces propios de la droga. Mismo experimento que da como resultado una metáfora acerca de la belleza y la plenitud que yace trémulamente vulnerable en medio de los pantanos de un inframundo inédito para las buenas conciencias de una época la cual, ni por equivocación, se atrevía a vislumbrar las marginales formas de vida que moraban en su subsuelo.

 

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