Guía práctica para reconocer una cinta misógina

TXT: Toño Quintanar

IMAG: Film4 Productions

Todo tipo de placer que se desprende del Séptimo Arte se encuentra relacionado con un fenómeno específico e inconsciente: la escopofilia, pulsión la cual, en propias palabras de Freud, nos transforma en potenciales vouyeristas quienes encuentran cierto goce al observar a otras personas de manera detenida e ininterrumpida, como si éstas fueran objetos.

Conforme las teorías feministas comenzaron a emparentarse con el formato fílmico, el concepto de la escopofilia fue estudiado de forma cada vez más detenida con el fin de evidenciar ciertos vicios discursivos los cuales forman parte consustancial del cine.

Autoras como Margara Millán, Teresa de Lauretis y Laura Mulvey han evidenciado la suerte de “colonización” que el fenómeno de la imagen en movimiento ha experimentado desde su surgimiento; misma situación que alcanza límites insospechados cuando es estudiada a partir de las perspectivas de género.

El Séptimo Arte basa su poderío psicológico en la identificación del espectador con el protagonista; ente quien representa un cúmulo de valores generalmente viriles los cuales hacen que el público se conmueva de manera inconsciente.

Sin embargo, un asunto muy diferente sucede cuando una mujer aparece en pantalla. El espectador no se identifica con ella sino que, a través de la perspectiva de los personajes masculinos, se limita observarla a través de una mirada fálica que pretende enjuiciar sus rasgos físicos y psicológicos.

Es así como nace el concepto de la “mujer-objeto”; ente cuya representación se encuentra en función de una serie de rasgos patriarcales los cuales exponen un determinado régimen moral.

La mujer-objeto generalmente se mueve entre dos directrices: la niña ingenua y la llamada femme-fatale (heredera directa de La Vamp escandinava). Mientras que la primera se distingue como la recompensa (generalmente pasiva) del héroe quien debe de salvar a su sociedad de los ejes corruptores del mundo salvaje, la segunda tiende a fungir como una criatura ambivalente que se debate entre las pulsiones del bien y el mal. Su desenlace se divide en dos vertientes sumamente distintas pero igualmente didácticas: puede olvidar su pasado turbio y entregarse a una vida “decente”, o puede ser consumida de manera absoluta por los demonios de la permisividad.

A continuación, quisiéramos explicar dos métodos teóricos que, según sus respectivas creadoras, pueden funcionar para reconocer de manera objetiva a una cinta de carácter misógino.

El primero es el test propuesto por Alison Bechdel y Liz Wallace; mismo que formula tres sencillas preguntas que deben de ser ejercidas sobre la trama de una determinada cinta con el fin de identificar si ésta presenta ciertas tendencias patriarcales en su discurso:

  1. ¿En la cinta aparecen al menos dos personajes femeninos?
  2. ¿Dichos personajes hablan entre sí en algún momento?
  3. ¿Esta conversación incluye temas que no giren alrededor de un hombre?

Tal vez resulte obvio, pero te sorprenderá la amplia cantidad de cintas –desde Star Wars hasta Trainspotting– que no logran pasar esta prueba.

El segundo test es el llamado “Principio de la Pitufina”, formulado por Kattha Pollit. Tal y como su nombre lo indica, esta prueba se refiere a aquellas cintas las cuales sólo tienen a un personaje femenino. Misma práctica que, por consiguiente, supone la presencia de múltiples entidades masculinas las cuales representan la normalización de un orden de superioridad viril mientras que la participación femenina se ve reducida a algo extraño y excepcional.

Sin duda alguna, un par de cuestiones que sería interesante tomar en cuenta la próxima vez que disfrutes de una pieza filmográfica.

 

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