#EnMisTiempos - Bowie, la música de los muertos

#EnMisTiempos

Por Arturo J. Flores

A mi abuela le gustaba ver películas mexicanas en blanco y negro. Largometrajes en los que aparecían actores a los que yo no ubicaba. Cada vez que le hacían un close up a alguna vetusta figura, vestida con traje de solapa ancha, mi abuela exclamaba: “¡puros muertos!”.

Se refería a que muchos de aquellos habitantes del séptimo arte, filmado antes de la década del 70, habían fallecido ya.

Pero en la televisión parecían cautivos en una especie de purgatorio. Obligados a representar un personaje, a repetir el mismo diálogo y hacer los mismos gestos, cada vez que alguien viera la película. Algo así como un episodio prematuro de Black Mirror.

Hace unos días estuve en una fiesta en el Foto Museo Cuatro Caminos. A propósito de la inauguración de la muestra Mick Rock StarMan, con imágenes del fotógrafo inglés de la vida y obra de David Bowie. Además de unos tragos y la oportunidad de saludar a viejos amigos músicos, periodistas y otros allegados a eso que llamamos “La Escena”, compartimos algunas canciones seleccionadas por los DJ’s.

Uno de ellos fue Bonnz, de Hello Seahorse.

De lo que recuerdo, sonaron los Kinks, los Ramones, los Stones y otros tantos a los que sólo en México conocemos como “los”. Igualmente saltamos enloquecidos con tracks del finado anfitrión de la party, David Bowie.

Me vino a la mente mi abuela, quien falleció por cierto hace 23 años. Terminé la cuarta cerveza y pensé para mis adentros: “¡puros muertos!”.

Coincidentemente –no conocía yo el Cuatro Caminos– junto a donde se llevaba a cabo el jolgorio, había un cementerio. Se alcanzaba a ver desde la terraza.

“Los únicos vecinos que nunca se van a quejar por el ruido”, me dijo Iván Farías, un compañero escritor.

La música se puede medir en muertos.

¿Cuántas camisetas tienes de grupos que ya no existen, de gente que se disparó en la cabeza, se ahorcó con un cinturón, se tomó una sobredosis de pastillas o se abrió las venas?

¿Cuántas canciones de músicos que son incapaces de hacer ruido habitan en un teléfono?

¿Cuántos documentales existen en Netflix acerca de algún malogrado hacedor de canciones?

¿A cuántos de ellos quisiste ver en vivo, pero se llevaron tus ilusiones a la tumba?

Si lo pensamos fríamente, escuchar la música de los muertos tiene algo de espeluznante. Se parece a la comunicación que se da a través de la Quija. De voces que provienen de una dimensión indeterminada a la que los vivos no tenemos acceso. De guitarrazos que nacen en el inframundo, de sampleos de tiempos pretéritos que viajan a través del tiempo hasta nuestros oídos.

¿Nos mirarán los muertos desde el más allá? ¿Emborrachándonos, enamorándonos y aullando como desquiciados cuando alguien hace sonar uno de sus discos? ¿Les causaremos gracia? ¿Pena ajena?

La vista desde la terraza del Foto Museo Cuatro Caminos.

Stephen King escribió un cuento acerca de un pueblo fantasma habitado por los espíritus de varios célebres rockeros muertos. Elvis Presley es el sheriff y Janis Joplin la mesera de un merendero. Todas las noches se lleva a cabo un concierto y aunque a primera vista suena increíble, para los protagonistas –una pareja que se pierde en la carretera y llega hasta allá– y fiel a la usanza de King, termina por convertirse en una auténtica pesadilla.

Pinches muertos, pensé a mitad de la fiesta.

¿Cómo diablos hicieron para estar tan presentes en el día a día de los vivos?

Para jodernos la vida. Haciéndola maravillosa.

¿Cuántos muertos mide tu gusto musical? ¿A cuántos has embalsamado en una playlist?

A todos nos gusta la música nueva, sí. Descubrir bandas, dj’s, productores, cantantes, compositores, MC’s y hasta bubble pop stars.

Pero recuerda: tarde o temprano todos estarán muertos.

Incluso tú y yo. Agusanados.

 

#ENMISTIEMPOS – LO VIVE Y LO LATINO, EL BALANCE

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