Bajar la cadena del retrete universal

#EnMisTiempos

Por Arturo J. Flores

Cada vez que alguien cercano muere, la escucho otra vez.

Desde la primera vez que supe de su existencia, la canción se convirtió para mí en una especie de Ángel Sonoro. Un mantra repetido a fuerza de guitarrazos.

I am mine, de Pearl Jam, incluida en su Riot act, de 2002.

No recuerdo si él estaba o no ahí la primera vez que la oí, pero es muy probable que sí. En tiempos que parecen estar –dijera Soda Stereo– a años luz de casa, las disqueras invitaban a los periodistas especializados en música, a entregas mensuales de material.

Esto quiere decir que nos obligaban a invertir una mañana completa en visitar sus oficinas. Nos recetaban soporíferas e interminables conferencias acerca de los logros comerciales de sus elencos, con el pretexto de entregarnos sus nuevos discos “de primera mano”.

En tiempos anteriores a Spotify, aquella era la única manera de engordar tu colección de discos. Poco importaba si de los siete álbumes que una disquera, llámese Universal, Sony, Warner o alguna cuyo nombre el tiempo se ha encargado de empolvar en el olvido, te interesaba sólo uno. Los Jefes de Prensa, pomposo título nobiliario que también ha perdido respeto y poder, se las arreglaban para “secuestrarte” pacíficamente, a cambio de un pedazo de plástico que hoy sabemos vale nada o muy poco.

Para que se den una idea. En una de esas “presentaciones de novedades” (que paradójicamente se organizaban cuando el lanzamiento ya no tenía nada de nuevo) se soplaba uno estoico los videoclips de cualquier nuevo artista grupero, con tal de recibir, al final del suplicio, la edición perforada en una esquina (sello distintivo de los discos “de prensa”) del más reciente álbum de Radiohead.

Pero algo de bueno tenían aquellas insufribles tertulias. Veías a los amigos.

Porque un reportero siempre tiene sed, pero nunca tiempo. Prisa, pero no dinero. Y sus colegas se convierten en cómplices de esa gitana existencia. Coincidimos sólo en la trinchera.

El “hoyito” de los los discos de prensa.

Así que enclaustrados en el auditorio de alguna disquera, juntos contemplábamos el desfile interminable de A&R’s y Label Managers que desde el estrado ponderaban los milagros de sus Luismigueles y Academios.

Entre una y otra participación, los disquerócratas nos proyectaban el más reciente video de algún ensombrerado berreador profesional.

Y ahí estábamos los “rockeros”, con nuestra insoportable aura de superioridad. Destilando inmamabilidad a raudales a causa de nuestro “exquisito” y “refinado” gusto musical. Dejando pasar no sé cuántas cumbias para no ensuciarnos los oídos cincelados a fuerza de Pink Floyd y Tool.

Pasaban lista en esas mañanas en el limbo Jesús Tepepa, Ismael Frausto, Natalia Cano y otros esclavos de la droga redactora. Ignoro, dije líneas arriba, si Francisco Zamudio estaba ahí cuando nos entregaron una copia del Riot Act y nos proyectaron el video de I am mine, el primero que el grupo grababa en 4 años. Pero seguro así fue. Él debía estar presente.

La letra de la rola me incendió las neuronas.

Desde ese día, cuando se me presenta una duda y titubeo, si me cuesta tomar una decisión, pienso en los versos de la canción. En Eddie Vedder masticando cada una de las frases detrás del micrófono.

“Sé que nací y que un día he de morir,

lo de en medio es sólo mío,

yo soy mío”.

Este fin de semana Francisco Zamudio murió. Incorregible periodista de rock, sicario al servicio de la tinta, despilfarrador de sabiduría, amigo incondicional y profesional intachable. Ahí estaba siempre enorme, porque medía poco menos de dos metros, vestido de negro y sentado en primera fila. Defendía a ultranza el rock hecho en México. Devoto de la palabra Beatle y enemigo del revival del vinilo.

Aquí Zamudio impartiendo una conferencia en el Foro Alicia, contando sus desventuras con la manager de Saúl Hernández.

Los Jefes de Prensa le tenían pavor. Porque preguntaba lo que nadie se atrevía y en más de una ocasión, lo vetaron para proteger la seguridad de sus artistitas de pacotilla.

Desde hace una eternidad, Zamudio, excolaborador de Marvin, mantenía a raya un devastador cáncer. Hasta que la muerte de su esposa, llamada simbólicamente Esperanza, se llevó sus deseos de pelear.

Hace un mes o un poco más estuvimos en su casa varios amigos. Dijimos que llevaríamos cervezas, pero en vez de eso bebimos refrescos y devoramos frituras. No sé porqué no pusimos música, aunque en el departamento de Paco había cientos y cientos de discos compactos apilados sobre los muebles.

Trofeos todos de aquellas presentaciones “de novedades” de las que hablo.

Por un cazador que nunca se arrepintió de las decisiones de vida que tomó. Como la de prevalecer rockero cuando el mundo se empeña en hacernos saber que el rock ya no importa. De mantenerse periodista cuando ya nadie paga por leer una artículo.

De llenar su madriguera de CD’s cuando los oídos se dejan seducir por el streaming.

Y de sonreír aunque se supiera enfermo. Nunca vi una foto suya en la que no lo hiciera.

Porque Paco se sabía dueño de sí. El miedo le pelaba los dientes.

“El océano se llena porque todos están llorando,

la luna llena busca amigos cuando sube la marea,

La tristeza se agranda cuando negamos nuestro dolor,

Y yo sólo sé lo que hay en mi mente:

Yo soy mío”.

La semana pasada fui a una conferencia de prensa. De toda aquella pandilla de la Vieja Guardia quedan muy pocos.

Algunos ya ni siquiera hacen periodismo musical.

Pero sabemos que entre que nacemos y que alguien baje, como decía Paco siempre con buen humor negro, la cadena del retrete universal, lo que hay es sólo nuestro.

Somos de nosotros.

Si en este momento no estás haciendo de tu vida lo que te da la gana, manda a la mierda este texto y empieza.

#ENMISTIEMPOS – BOWIE, LA MÚSICA DE LOS MUERTOS

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