Daniel Johnston: Escenas bipolares de pecado y rock and roll

El próximo 17 de mayo, Daniel Johnston se presentará por primera vez en nuestro país. La ocasión será dentro del marco de la cuarta edición del #FestivalMarvin. Para celebrar la llegada de este importante suceso, te presentamos un cuento inspirado en este artista.

TXT:: Juan Carlos Hidalgo

I

—¿Cómo pudo conservar la calma cuando su hijo logró desconectar el motor de la avioneta?

El anciano se atusó la barba. Al rascar la parte frontal de su cabeza levantó un poco la gorra.

—Hay dos cosas por tomar en cuenta. Primera. Esperar que la voluntad de Dios se lleve a cabo. Él tiene un plan maestro. Sabe por qué sucede cada cosa. Siempre he aceptado de buena gana sus designios. Uno no es nadie para contrariar sus decisiones. Segunda consideración. Más mundana pero efectiva. Mi experiencia como piloto de guerra. Yo recibí muchas lecciones para saber planear. Hay que controlar el aparato e intentar llevarlo con todo y que el motor no funcione. Ese tipo de avionetas no vuela excesivamente alto.

—¿Y cómo consiguió arrancar la llave?

—Daniel siempre ha tenido un físico considerable. Aunque ahora esté mucho más gordo. Fuerza no le faltó y me supera en complexión. Manoteamos mucho antes de que estirara la mano y me ganara. Luego la tiró por la ventana y poco quedaba por hacer. Él entra en ese estado como de trance. Hasta la energía se le multiplica.

—Debe ser impactante ver a alguien en ese estado, mucho más si es tu hijo.

—El asunto es que Daniel no piensa que está haciendo algo malo. No puede imaginarlo siquiera. En las sesiones de terapia ha repetido que él quería imitar a Gasparín. Ese fantasma de mierda siempre ha sido su ídolo. Quería imitarlo. Estaba seguro de que podría volar y llevarme en brazos. Venía muy contento de aquel concierto en Austin. Pero de repente toda esa energía que le corría por las venas se transformó.

—¿Y qué trataba de hacer usted?

—Me aferré a los controles. Le hablé todo el tiempo mientras veía que lo de Gasparín y la idea de volar se iban posesionando de él. Trataba de mantenerlo en el Daniel Johnston que conozco; el que es mi hijo. Pero en instantes era el ente de los desastres. Gracias a Dios en aquel momento no llegaron esas cosas de los demonios y nuestros pecados. Allí no apareció la idea de que los seres humanos somos malignos y que el diablo nos ha convencido. No dudaba que podría convertirse en alguien idéntico a Gasparín. Puto fantasma amigable. Me juró que era igual que él, que era su hermano. Estaba cien por ciento convencido de que podría volar. No imaginaba dificultad alguna.

—¿Qué vino entonces?

—Las palabras no sirvieron. Tampoco los jaloneos. Él vio que su plan no funcionaba. Planeé lo mejor que pude hasta llegar a ver la arboleda en que nos estrellamos. Cuando la divisé tomé la opción de utilizarla para amortiguar el golpe. Y ya ve. Funcionó. Todavía no puedo creer que hayamos salido sin daños graves. Rasguños, moretones y esas cosas. Físicamente quedamos ilesos. Pero tuvimos que llevar a Daniel a una clínica de manera temporal. Necesitaba pasar allí un largo rato para conseguir mejorarse. 1990 nos dejó profundas huellas. Para su madre no fue sencillo aceptarlo. Lo quiere mucho.

—Muchas gracias por regalarme un poco de su tiempo. No debe ser fácil hablar del asunto.

—De nada. Ya lo hemos superado. Creo.

 

II

Las tardes en que no hace un calor excesivo te gusta sentarte en el patio frontal de la casa que le compraste a tu padre. Tú prefieres vivir en el patio trasero. Llevas un litro de refresco con hielo y un par de comics. Alguno dibujado por Jack Kirby. Lees sin prisa y bebes tragos cortos. Dejas que el tiempo transcurra y pase rodando frente a ti como una bola del desierto, de esas madejas de varas que son arrastradas por el viento.

Te has acostumbrado a que las burbujas de la soda te hablen. A veces te acercas el vaso al oído para escuchar con más claridad el mensaje. Se trata de una conversación privada que te deja buenos consejos. Al estallar, cada burbuja cobra una voz diferente. Es todo un coro que te va contando lo que debes hacer. Sabes que no debes contarle a nadie más aquellas instrucciones o sugerencias.

Te acuerdas de una mañana en que te sentaste en las mesas frontales de un Carl´s Jr. a comer un par de hamburguesas con queso, papas grandes y refresco con refill ilimitado. Allí fue cuando las burbujas de soda te revelaron que en algún lugar del espacio existe un planeta dominado por el mal y al que valía la pena combatir.

Se acababa el refresco de cereza cuando diste un sorbo con el popote y escuchaste con claridad:

—¿Estás de acuerdo en que si hay en la galaxia un planeta de Satán puedes tramar un plan para combatirlo, Daniel?

—¿Y cómo podría hacerlo?

Otra burbuja te aclaró el panorama.

—¿Y el Capitán América no tiene una causa? —Esa voz era muy parecida a la de Kirby.

—¡Claro, Jack, debo dibujar mi propio cómic!

Ya ni siquiera acabaste la última hamburguesa. Al llegar a tu sala de dibujar te volcaste en tu cuaderno para trazar los primeros bocetos. Lo demás fue sencillo. La gente acepta de buena gana tus dibujos. No tenían por qué no querer una historieta.

Como dibujante tienes que buscar nuevos retos. Acomodado en una silla abullonada dejas que otras burbujas suelten sus consejos. Esas vocecillas suelen contarte cosas muy interesantes. Por eso te gusta darte el tiempo para escucharlas con atención. Bueno, cuando llegan. Algo que no ocurre todas las tardes.

 

III

Él estaba sonriendo a través de su propio infierno

lanzó su último centavo deseando lo mejor

estaba muy cerca de la esperanza y entonces cayó

ahora es Gasparín, el fantasma amigable.

 

IV

Su madre casi no se aparta del televisor. Durante la semana tiene un itinerario fijo: de su cama (en la recámara hay televisor) a la cocina-sala (con aparato grande). La gran excepción es los domingos para ir a la iglesia (donde no tienen televisión).

A Daniel le resulta fácil calcular sus movimientos. Casi puede sentirlos. Cuando atraviesa el patio trasero cubierto de cajas de cartón, envolturas diversas, hierba y basura, percibe su andar lento. Se desplaza como Godzilla atravesando el mar y preparándose para destruir ciudades japonesas. De hecho, su intención al cruzar el solar es en parte destruir su mundo. Es un intento que se repite unas tres veces por semana.

Daniel trata de concentrarse en escribir las letras de sus canciones. Pero cuando siente la vibra de su madre que se acerca suelta el cuaderno donde anota frases e ideas sueltas y echa andar su grabadora de reportero para registrar lo que ella dice. A veces son salmos; otras insultos no tan inspirados. Aquellas incursiones son breves; nunca duran más de cinco minutos e incluyen preguntas acerca de si ha comido bien y tomado su medicación.

Cuando se marchó supo que había tenido suerte. Le tocó registrar una frase iracunda y hermosa: “¡Eres un siervo inútil de nuestro Señor!”. Lo más gracioso es que tal aseveración le parecía muy cierta. No sabía hacer otra cosa que dibujar comics y escribir canciones destartaladas que no tenían mucho efecto en la gente. Esperaba algún día ganar algo de dinero con sus obras.

Anotó la frase en su cuaderno con la indicación adjunta de escribir una canción a partir de ella. Abrió la ventana que daba a la calle trasera y luego volvió a sentarse delante de su teclado electrónico para completar una canción acerca de un artista.

Al retomar el trabajo Daniel se llevó la sorpresa de que el tema también se relacionaba con su madre: “El artista sabe que los demás están equivocados y que el sol no brilla en sus televisores”.

Afuera hacía un sol espléndido. En esa época del año las abejas se cuelan por las puertas abiertas y las ventanas. Se quedó pensando en si incluir aquello de “lo mejor de la vida es gratis”. Pensaba que era un hombre que se componía de clichés y trozos de vidas ajenas.

 

V

Todo el mundo que ha visto al maligno suele platicar que teme la llegada de la noche. Caen las sombras, el tiempo pasa, y las apariciones no tardan en surgir. En mi caso no es así. Usualmente duermo a rienda suelta. Lo más seguro es que la medicina haga su labor. Apenas si destiendo las cobijas y casi no me muevo de mi lugar. Sueño muchísimo.

Pero al amanecer las voces se multiplican. Las cosas me hablan. Los cantos de los pájaros se convierten en susurros del infierno. Termino muerto de miedo, despistado y, lo peor de todo, ya casi clarea. Las primeras luces se manifiestan y anteceden la presencia del diablo.

Y vaya, no es que lo vea con cuernos o en forma de un monstruo aterrador. Jamás pierde su forma humanoide pero hay algo en su mirada que proyecta el mal. Jamás he dudado de lo que llega a provocar ese brillo torcido que sale de sus ojos. Utiliza ese poder para poseer a las personas. Todavía no me explico cómo he podido resistirme.

Una vez que se va y el miedo disminuye me atrevo a mirarme en el espejo. Verifico hasta el más mínimo detalle en mi rostro. Incluso me jalo los párpados para revisarme los ojos lo mejor posible. Compruebo que mi mirada no esté infectada. Busco señales que demuestren que mi mente sigue conmigo y que ni el Señor del mal ni las cosas terribles se han adueñado de mí.

 

VI

Me da pena contarlo, pero mis peores canciones vinieron cuando trabajé en McDonald’s. Pensé que aferrarme a una rutina cambiaría mi estado de ánimo. Contar con un poco de dinero fijo a la semana no me caería mal y la gente dejaría de decir a cada rato que soy un inútil sin remedio.

Limpiaba mesas, baños, lo que fuera. No se me dio bien estar preparando hamburguesas. Casi siempre se me quemaban. Es que a veces me llegaba alguna buena idea y me concentraba en ella. Cuando me daba cuenta, lo que estuviera preparando se había estropeado. Me descontaban de mi sueldo lo que echaba a perder. Además pagaban una mierda.

El colmo fue el día en que un gerente de porquería me prohibió escuchar a The Beatles en el establecimiento. En ese momento me quité la ridícula gorra, el gafete y todo lo demás. Lo mandé a tomar por el culo y me largué. Ni siquiera regresé para cobrar lo que me debían. ¿Será que al día de hoy habrá generado intereses? Debería reclamarles.

 

VII

Hace tiempo –no puedo recordar si unos cuantos días o algunas semanas– estaba sentado en el porche de la casa bebiendo un litro y medio de Mountain Dew 7up cuando comencé a recibir señales que llegaban como si fuera un telegrama ya decodificado.

Mi mente se convertía en una gran pantalla de televisión y entonces pude ver a los space ducks pidiendo ayuda. En una galaxia lejana tienen que sostener una cruzada contra unos enemigos malvados.

¿Por qué recurren a mí? Porque soy alguien que puede creer en ellos y ayudar a contar su historia. A veces no basta el armamento avanzado. Ellos están seguros de que su causa puede ganar. Pero necesitan a gente de fe y buen corazón que dé testimonio de lo que les sucede.

No puedo negar que me sorprendí cuando me revelaron que más allá del más allá existe un planeta con un gran letrero de neón: ¡el planeta de Satán! Allí es donde se libra la guerra. Nunca está de más sumar esfuerzos contra el maligno. Los space ducks saben que pueden contar conmigo.

¿Qué puedo hacer desde mi casa en un rincón texano? ¿Acaso podría acompañarlos? Nada de eso; reconozco mis límites. Tan sólo puedo dibujar la historia y componer algunas canciones. No es mucho, pero de alguna manera hay que ayudar.

 

VIII

—Créeme que me costó encontrarla. Laura es una persona muy reservada. ¿Cómo podría no serlo una mujer que se casó con el heredero de una funeraria?

—¿El marido no se opuso a la entrevista?

—Pues no tengo en claro que le haya comentado. A fin de cuentas son asuntos de hace como 30 años, aunque a nadie debe agradarle que insistan en preguntar cómo su mujer se convirtió en la obsesión de un tipo extravagante, a quien nadie le hacía caso en la escuela y que luego alcanzó notoriedad.

—¿Todavía sentirá celos el marido?

—Pues no debe ser fácil que tu esposa y prometida desde la universidad sea el centro de muchas canciones que hicieron famoso a otro tipo. Incluso haciendo cierto escarnio de tu profesión.

—¿En qué sentido?

—En una de sus primeras cintas incluyó una canción que se llama “The what of whom”, en la que dice: “La única forma en que conseguirías que te mirara sería muriendo, ¿por qué no te mueres?”.

—Pues si la mujer trabajaba en la funeraria, no tendría de otra más que mirarlo si él llegara muerto al negocio. ¿Cómo dices que se llama?

—Laurie Allen. Por las fotos que hallé de cuando era joven, puedo decirte que fue muy guapa. Aunque ahora la verdad es que luce muy acabada. Hay quien dice que no hace bien trabajar en una funeraria, que te consume las energías.

—Muchos que laboran en esos negocios parecen zombis de mostrador.

—Pues a Laurie ya se le fueron los mejores años. Cuesta trabajo imaginar que ella fuera el centro de canciones que derraman miel. Daniel le escribía cosas como “Enamorado, todos los problemas desaparecen” y “No hay duda: el amor gana”. Hasta tituló alguno de sus casets como Un hombre obsesionado. Al menos encontró una fuente casi inagotable de inspiración.

—Eso fue antes de la llegada del demonio, las citas religiosas, el peso de los pecados ajenos y los patos del espacio.

—Pues sí, le dio vuelta a su temática. Te dejo, pues ya me van a dejar pasar a la casa de retiro para una buena entrevista. Luego te cuento.

 

IX

Son pocos los días en que recuerdo estrictamente el orden en que suceden las cosas. Y es que un acontecimiento como el de esta mañana no puede pasar desapercibido.

Había llovido por la noche. Pude levantarme sin complicaciones por la mañana y fui  al parque a beber una malteada grande de chocolate. Me senté en una banca, simplemente a disfrutar el batido. Miraba el pasto húmedo y no mucho más.

Entonces se acercó una rana dando pequeños saltos. Pensé que se trataba de un batracio común y corriente. Se instaló frente a mí y para mi sorpresa comenzó a hablarme. Estoy relativamente acostumbrado a recibir mensajes –buenos y malos–. A los enviados del maligno les tengo pavor. Pero hay seres y cosas buenas que me hablan y me provocan simpatía.

Así que puse atención a lo que me decía la rana. Quería recibir su mensaje con claridad. Me dejó impávido descubrir que no era un animal cualquiera. Me di cuenta de que los ojos no estaban incrustados en el cuerpo sino en la parte final de una especie de antenas. ¡Era una rana mutante!

No croaba como todas las otras. Emitía una voz destartalada que repetía muchas veces: “¡Hola, ¿tú quién eres?”.

Por supuesto, quedé descolocado y confundido. La rana mutante no dejaba de repetir su cantaleta: “¡Hola, ¿tú quién eres?”. En un punto respondí:

—Daniel, me llamo Daniel.

La rana repitió mi nombre: “Daniel”. Y no dijo nada más. Se fue dando saltos breves y diciendo mi nombre una y otra vez.

Decidí regresar a casa y, antes de que otra cosa pasara, dibujar a la rana en mi cuaderno de apuntes. Aunque un animal así no sea fácil de olvidar, más vale tener la imagen tal como uno la recuerda.

 

X

—De verdad, no se preocupe si no me da su nombre. No es necesario.

—Es que con la gente que llega a tener dinero nunca se sabe. Además, el papá de Daniel estuvo en el ejército y esos tipos son rencorosos y vengativos, aunque no tengan la razón.

—Pero si usted fue una víctima involuntaria.

—Sin duda, pero tuve que reclamarles una indemnización. Sobreviví de milagro. Siendo una jubilada, ¿cuánto dinero puede uno tener? Apenas para mal comer. ¿De dónde podía sacar para el tratamiento y las medicinas?

—Seguro es algo muy caro y la recuperación larga.

—Sin duda. Yo quedé con heridas que nunca sanaron.

—¿Y a qué atribuye su reacción? No debe ser fácil tomar la decisión de tirarse por una ventana.

—Usted sabe que Daniel es un hombre corpulento. También hay que considerar el estado en el que se encontraba. Entiendo que se trataba de una especie de trance. Esas alucinaciones de tipo religioso suelen ser muy intensas, eso dicen los doctores. Alguien bajo ese influjo saca todo su poder.

—Debió ser impresionante.

—El hombre entró al edificio corriendo y gritando despavorido. Allí vivíamos únicamente pensionados. Muchos teníamos los nervios destrozados desde tiempo atrás. No es fácil asimilar los gritos tremendos de un oso poseído. Sus alaridos se escuchaban a mucha distancia.

—¿Y qué decía?

—¡Ahí viene el demonio! Satanás ha llegado. ¡Arrepiéntanse! El demonio está aquí para pedirnos cuentas. Algo así. La memoria me falla.

—¿Fue entonces cuando entró en pánico y saltó?

—Tengo la impresión que el sonido gutural me sobresaltó. Hasta un momento después caí en la cuenta de lo de Satanás. De verdad que los alaridos eran de un verdadero poseído. Tenían un toque como de alguien más allá de lo humano.

—¿Y le guarda rencor?

—Para nada. Hicieron frente a los acontecimientos. Se trata de alguien que necesitaba atención médica intensa. Creo que tuvo que estar en una clínica mental una buena temporada. Muchos meses después supe que era un artista.

—Muchas gracias por su tiempo.

—De nada; las mujeres solas, jubiladas y de mi edad no tenemos mucho que hacer.

—De cualquier manera, gracias por atenderme.

 

XI

“Dios va ganando. Si estuviera perdiendo, ¿cómo harías para comprarte un refresco?”.

Muchas gracias por venir. ¡Hasta pronto! Daniel se quita la guitarra, la deja en su atril y sale del escenario de una pequeña sala de concierto.

 

XII

He llamado unas seis veces hasta lograr que el papá de Daniel conteste el teléfono. El anciano cuenta que su hijo se la pasa yendo y viniendo. Trabaja en la casa de la parte de atrás, pero no sabe permanecer quieto por largo rato. También pasa por la vivienda frontal porque tiene que inyectarse insulina a causa de la diabetes. Me piden que no desespere e insista marcando. Que en uno de esos intentos tendré suerte.

Al séptimo intento escucho:

—Hola, habla Daniel. No tengo mucho tiempo. Por favor, trate de ser breve.

—La cuestión fundamental es plantearte que aun con una vida complicada como la tuya has editado más de 30 álbumes. ¿Cómo haces para no dejar de componer?

—Han existido lagunas en que no aparecía ninguna canción. Eso me deprimía muchísimo. He llegado a estar una semana sin salir de mi cama y fumando sin parar.

—Eso debe ser duro.

—En cambio, cuando termino un tema, conquisto la felicidad. Mi fórmula consiste en que si uno no deja de pensar y tener ideas no debe existir motivo para que las canciones no vengan.

—Al parecer en este momento tu optimismo es notable, ¿es así?

No llega una respuesta. La comunicación se corta y aunque repito la llamada unas cuantas veces más nadie responde.

 

XIII

Waller, Texas, es un buen lugar para vivir. Por fin pude comprar una casa para compartir con mis padres. De alguna manera reuní el dinero y aquí estoy. Este cuaderno dará cuenta de lo bien que me siento. Estar aquí es como llegar más tarde que temprano a un solar en el que existe algo de paz. Es simple. El cielo y el infierno son solo espacios donde vivir y ya he estado demasiadas veces en el primero.

De madrugada vinieron a visitarme los space ducks. Las cosas no van bien en el planeta del mal. De cualquier manera no puedo hacer mucho. Tomé mi guitarra y les dije que podía tocarles una canción para que se relajaran. Recordé una que tiene una frase que me gusta: “En el cielo todos nos volvemos famosos”. Espero que les sirva de algo, así sea de consuelo.

Notas Relacionadas

Los comentarios están cerrados.