#EnMisTiempos - Algoritmo de mierda

#EnMisTiempos

por Arturo J. Flores

Todos tenemos un Sensei. Alguien que nos ha enseñado a utilizar La Fuerza en la tradición de un maestro Yoda. Nos aleccionó para limpiar con la mano derecha y pulir con la izquierda, como el señor Miyagi a Daniel San. El Mickey cascarrabias que a gritos condujo a Rocky por los caminos de la iluminación.

Musicalmente, el Sensei es a quien debes la forma con la que moldeaste tu gusto personal. La persona que te recomendó un disco, una canción, una banda o un artista. En quien confías ciegamente porque sabes que toda perla de sabiduría que deposite en tus manos te causará placer.

En mi vida, he conocido a muchos seres humanos con espíritu de Sensei. Uno de ellos, ya he hablado de él en muchos textos, es un primo dos años menor que yo. En tiempos donde aún no existía Internet, él tenía televisión de cable y la posibilidad de que le compraran discos mucho más seguido que a mí.

Cada fin de semana caía en su casa. Siempre me sorprendía con una nueva recomendación. Primero lo más popular: Metallica, Nirvana, Guns N’ Roses. Pero después, a medida que él mismo se iba sumergiendo en otras texturas mucho más complejas, me grabó cassettes de Liquid Tension Experiment, Shadow Gallery y Tool.

Con la música siempre quieres más. Así que empiezas a buscar otros Senseis que te desvelen nuevos misterios.

Algunos Senseis ni siquiera se dejan ver. Una vez encontré en casa de Alberto, en pretéritos días de preparatoria, una mochila con discos. Los había dejado un amigo suyo que nunca regresó a buscarlos. Le pedí que me los prestara. Entonces Alberto escuchaba sólo rock en español, así que no tuvo inconveniente en obsequiarme aquel tesoro. Supongo que hoy se arrepiente.

El Sensei que no se propuso serlo me heredó el conocimiento de los Buzzcocks, que este año servirán el plato fuerte del Festival Marvin CDMX, Glenn Danzig y Living Colour, entre muchos otros que no recuerdo.

Descubrir música nueva tenía cierto misticismo porque era un acto bárbaro y fortuito. Me explico: los discos, las bandas, los mixes y las canciones llegaban a nosotros por mera casualidad. Ejemplos de mi parte:

Una vez Santiago, el vecino gallego de mi primo, nos invitó a su casa. Su cuarto era una zona de desastre. Cuando di el primer paso dentro, pisé un disco. Lo levanté. La caja estaba rota, pero no el interior. En la portada aparecía la imagen de un bebé que nadaba detrás de un billete montado en un anzuelo. Así conocí a Nirvana.

Un compañero de escuela cuyo nombre no puedo acordarme nos invitó a fumar mariguana en su casa. Para acompañar la sesión nos puso un disco “que le acababa de llegar”. Por las bocinas comenzó a brotar un espectral canto de sirena. Así llegó Portishead a mi vida.

Me compré el primer disco de unos chilenos “Mama Funk” porque me pareció que una banda que llevara por nombre “Los Tetas” tenía que sonar bien. No me equivoqué. De haber errado, habría llorado mucho por el dinero que seguramente le habré sacado a mi papá de la cartera.

Los Senseis de carne y hueso han sido reemplazado, como casi todo aquello que involucre tomar una decisión, por un algoritmo. Un conjunto de operaciones sistemáticas que conducen a una solución. En este caso, con quién te relaciones (Facebook), a quién lees (Twitter), con quién te acuestas (Tinder) y qué música podría ser de tu agrado (Spotify) dependen de un algoritmo.

He descubierto mucha música que no conocía gracias al algoritmo. También otra que no me agrada. Pero en su mayoría, el robot del demonio adivina bastante bien mis agrados.

Eso me asusta. Me hace pensar en el Soma, la droga sintética que se administraba a los personajes de “Un mundo feliz”, la novela de Aldous Huxley, para mantenerlos apaciguados. Tan eficaz como el alcohol para curar la tristeza, pero sin sus efectos secundarios.

No quiero que el algoritmo me prive de las consecuencias de conocer música nueva por mero accidente. De las fiestas, las correrías, las aventuras.

Hace tiempo no conozco uno. Extraño tener un Sensai.

¿A eso le llaman crecer?

FUCK ME NANCY: LA MIRADA PERVERSA DE ARTURO J. FLORES

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