1 cuento erótico y 7 canciones que escucharás en Ceremonia

#EnMisTiempos

Por Arturo J. Flores

Cobain resucitaría si te hubiera visto con estos pantalones negros. Tan ajustados como si tu sombra hubiera saltado de la pared para adherirse en tus piernas. Igual que Venom a Spider-Man. Y algo satánico hay en tus caderas también. Por eso te gusta el reggaetón, el R&B y el hip hop.

Dijiste que tenías hambre y fuimos a comer pizza.

Pero me quedó claro que lo que tenías era sed. De esa, como si un desierto se instalara en tu boca. Se te formara una tormenta de arena en la garganta, que amenazara con arrasar tus entrañas.

¿Y qué criatura viva no ha sido víctima de la sed?

Aquella tarde todos la sentíamos. Tú de esos litros de cerveza que te bebías con urgencia de náufrago. La noche tenía sed de la tarde porque se la estaba bebiendo a tragos enormes.

Y yo, ¿para qué negarlo? Tenía de sed de tu boca que se fumaba un cigarro detrás otro.

Pero Mala Copa tenía sed de ti y de mí.

“Fumando Marlboros…

Lolita está llorando”.

Y Mala Copa es un animal rastrero. Se pasea por el suelo de los bares. Entre charcos de vómito y colillas de cigarro, acecha la bestia de la pesadilla millennial. Espera el momento preciso para atacar. Muerde como pitbull. Te encaja los dientes y una vez que se prende de tu razón, ya no hay forma de destrabar su quijada.

A mí me hacía imaginarte como una leona. Una fiera que se relamía los labios porque sabía que al final de la noche sería alimentada. Porque este ciervo (¿siervo?) que yo era, acabaría como carne deshebrada en tu estómago.

Todavía no te daba ni un beso y ya imaginaba cómo te verías fumando en la cama.

Mala Copa es un mal consejero. Me dijo que consiguiera otro cigarro con algún desconocido (los tuyos se habían terminado), para ofrecértelo como tributo. A cambio de una boca como la tuya, seguro se han profanado iglesias.

¿Qué más daba que yo me llenara los pulmones de humo, aunque lo hubiera dejado, con tal de llenarme las manos de ti?

“Quiero con tu saliva embriagarme

Y en tus costillas enjaularme”.

“Nada más tráeme mi cambio y nos largamos”, le dije al mesero. Tres veces vino a decirnos que le bajáramos a nuestro desmadre. Porque borracho a uno parece que debe gritar. Hasta que Dios en las alturas se tenga que cubrir los oídos.

Mientras me cobraban, ahora yo visité el baño. Hasta aquel agujero escuché llegar tu voz. Escupiendo un flow que hubieran hecho sonrojar a Shakespeare. Con todo y que en Macbeth escribió más de cien veces la palabra sangre. El tuyo era un espléndido repertorio de palabrotas. Puritita gasolina poesía sexual.

Agradecí que nos echaran de la pizzería, porque tenía ahora la impostergable necesidad de estar a solas contigo.

Quizá tú también.

Porque ya no te importaba abrazarme. Cobijarte como una niña debajo de mi brazo izquierdo. A sabiendas de que a tu lado parecía un antiguo jarrón de cerámica.

Algo que en vez de asustarte, parecía calentarte la sangre.

“Debería decir:

¿Podemos ir a la cama?”

“Tenemos que seguirla”, ordenaste adivinándome el pensamiento. Me tomaste de la mano para indicarme un camino que ni tú misma conocías. Así debió conducir Beatriz a Dante hasta el after de los 9 círculos del Infierno.

La sed era inclemente. Pero saciarla, sencillo. Necesitaba besos y cerveza. Besos que supieran a cerveza y cerveza revuelta con hilos de labios.

Y un poco de amnesia que nos permitiera olvidar nuestras fechorías antes de que se hiciera de día. Porque el amanecer también tenía sed y tarde o temprano se bebería hasta el último resto de noche.

A esas alturas de la noche pensé que la profecía sería irrevocable. Cuando dos seres de barro hacen match en Tinder, nada ni nada puede evitar su fusión.

“No puedo dejar de pensar en your body

Imaginando cuando fuimos al party,

Y vivo soñando con un momento a solas”.

He de confesar que me asustó tu sabor. A juventud, desfachatez y fresas recién cortadas. Me dio miedo generar una adicción a tus labios. Con cada nuevo beso, se detenía el tiempo.

Algo pornográfico existe quienes se desean, aunque no se toquen. Ni la mesera se atrevía a acercarse. Como si temiera quemarse si nos rozaba. Pero nosotros no dejábamos de beber y pedir más cerveza.

Y tú, a merced como yo también del imperio de Mala Copa, me pediste que te acompañara al baño.

Mala Copa me susurró que sería la oportunidad de encerrarnos en un lugar diminuto, donde para sobrevivir tendríamos que meternos el uno en el otro.

Te digo que es pésima consejera.


“Y aquí todos cogen,

todo mundo coge”.

Imaginé que mientras orinabas detrás de esa puerta, yo mismo me volvería líquido y me escaparía por el drenaje. Mi cuerpo ebrio se sentía de gelatina.

Saliste y regresamos a la mesa, besándonos por todo el camino. Ahí nos esperaba la cuenta y la invitación no negociable a largarnos con nuestra pornografía a otra parte.

En la calle, se amontonaron palabras en mi garganta que no atreví a pronunciar.

Hubiera sido más fácil decir “muerte” que “sexo”. “Iglesia” que “hotel” o “rifle de asalto” en vez de “condón”.

Aún así, encontré el valor para proponértelo y tú dijiste algo que Mala Copa interpretó como un sí.


“Ven a mi en mis sueños húmedos,

y trata de decirme que les ponga cara”.

Así nos recuerdo. En medio de la nada. La calle quizá. Trenzados en un abrazo. Arrancándonos la boca a dentelladas. Sedientos.

¿Querías dejar tu huella? Porque me tatuaste geometrías invisibles en la espalda. Hasta que te pedí que sin marcas. De cualquier manera me rebanaste la piel con la lengua. Porque todas noches sales armada. Con tus piernas alargadas, tus ojos de serpiente y ese culo que colocabas sugerente en el centro de mi universo. Mientras esperábamos nuestro cohete.

De no haber sido por tus pantalones negros habría explorado tus galaxias.

Pero en el último minuto decidiste perdonarme la vida. Quitarme el revólver de tu boca y evitar que hiciera lo mismo que Kurt Cobain.

Susurraste antes de que me apeara:

–Vamos al Ceremonia y después vemos, ¿va?

Me dejaste con el beso en la boca y te llevaste prisionera una rosa.

Maldigo a Mala Copa por no haberse quedado ahí con nosotros.

Es una traidora.

“Me han dejado cicatrices por todo mi cuerpo

tus uñas de gel”.

BOWIE, LA MÚSICA DE LOS MUERTOS

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